Actualizado: 26/11/2020 16:04
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Crisis, Corrupción

¡Dinerismo o muerte!

“El desvío de recursos”, eufemismo utilizado para evitar la palabra “robo”, se ha convertido, prácticamente, en un concepto económico

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La crisis económica que aqueja a nuestro país cada día se hace más insoportable y caótica. Los problemas se encadenan unos a otros en una espiral interminable.

Un hombre pregunta en una tienda cubana recaudadora de divisas si no tienen para vender un detergente más barato. El que hay es un paquete que contiene 900 gramos y cuesta 5.75 CUC. Un kilo de leche en polvo cuesta lo mismo. La empleada le responde que hace meses no llega el detergente menos caro.

La duda del hombre es tan grande como la mentira de la mujer: ya se sabe que a los establecimientos llegan los acaparadores que compran interruptores, velas, estropajos, codos de tuberías y casi todo lo que se demande por la población para revenderlos en los lugares donde acude la gente: los agros, ferias, o sitios de mucho tráfico. Las tiendas, poco abastecidas, muestran sus estantes cada vez más “pelaos”. Pero los revendedores no podrían existir sin la complicidad de esos mismos dependientes que venden el producto deficitario desde el almacén y así van tragando su mordida. “El desvío de recursos”, eufemismo utilizado para evitar la palabra “robo”, se ha convertido, prácticamente, en un concepto económico. Y así casi todo.

En los centros de trabajo, los sindicatos han advertido a los trabajadores que no deben consumir agua de la pila, ni de los bebederos. Por causa del calor agobiante se han disparado las enfermedades diarreicas agudas y hay rumores de que el cólera avanza, lento, pero aplastante. ¿Desde cuándo no había cólera en Cuba? Esa fecha resulta un dato impreciso, del cual no se habla en las publicaciones oficiales. Cada trabajador debe llevar su propia botella de agua hervida y consumirla cuando la sed le atenace. Intentar comprarla en CUC es impensable: una botellita de 500 ml cuesta casi lo mismo que medio litro de gasolina. Pero ni siquiera en la propia Ciudad de la Habana todos sus habitantes pueden darse el lujo de hervir el agua pues hay quien recibe el gas racionado a través de pequeños balones. Y no les alcanza. En el interior del país, la gente ha vuelto a cocinar con leña porque encender cada día el equipamiento eléctrico que “les dieron” para cocinar, dispara la cuenta de la electricidad a niveles que en el verano se vuelven estratosféricos. Los niños de vacaciones están pegados al televisor porque no hay mucho más que hacer, todo es muy caro y pronto comenzará el curso escolar y hay que procurar, como mínimo, una mochila y un par de zapatos nuevos a los muchachos para el primer día de clases.

Con la afluencia de enfermedades como el dengue, la influenza, el cólera y las diarreas, el Ministerio de Salud Pública ha vuelto su mirada sobre los Consultorios del Médico de la Familia. Muchos han recibido alguna reparación y sus paredes han sido remozadas y pintadas con la colaboración de vecinos de la zona. Sin embargo, estos consultorios, enclavados en los edificios populosos, muchos en el corazón de las comunidades, no pueden impedir la existencia de tanques de basura repletos o fosas desbordadas de desechos líquidos y sólidos por esas mismas calles en que tienen la misión de velar por la salud de la población.

Y eso no es casual: destupir una fosa vale mil pesos cubanos (42 CUC) como mínimo, “por la izquierda”, porque si uno se pone a esperar a que Servicios Comunales venga a resolver el problema, se contamina todo el municipio, a pesar de que se supone que esos trabajadores deben impedir el desastre en aras de la salud ambiental.

Ante esta situación resulta amargamente divertido que las autoridades sanitarias afirmen que el pueblo tiene poca percepción de los riesgos que implican para su salud, el negarse, por ejemplo, a las campañas de fumigación que se desarrollan en la Isla. Y es que esas campañas la mayoría de las veces resultan arbitrarias, pues no se informa a la población a través de medios oficiales del verdadero riesgo que existe para la salud comunitaria. Llegan a las casas sin avisar, casi siempre cuando se ha detectado un brote de dengue en la cuadra y no antes y la gente se entera que fumigarán por el sonido de la bazuka y del humo. Se culpa a la población de ser el mayor responsable de los criaderos de mosquitos, pero fuera, en las calles, existen salideros, inmundicias y desbordes que también son fuentes de enfermedades contagiosas y de las que casi nadie se preocupa.

Si se cae en la desgracia de contraer el dengue, el destino será ser ingresado en el hospital “Doctor Salvador Allende”, antigua Covadonga, una vieja construcción hospitalaria de amplios jardines y altos pabellones donde escasea la higiene y, por las noches, pululan los ladrones. No ha dejado de tener su prestancia de antiguo hospital y también allí van remitidos casos graves de la zona. Pero trasladar a un enfermo en una silla de ruedas desde la sala de cuidados especiales a la reasignada para continuar con su recuperación puede convertirse en un asunto de horas que solo se resuelve cuando el familiar ofrece un par de CUC, mucho más que el salario diario de la persona encargada de realizar el traslado.

Los funcionarios de Salud Pública están francamente preocupados porque hay doctores que están cobrando a mansalva por los servicios que deben ofrecerse en los hospitales de forma gratuita. Todo tiene una tarifa: una cama en una sala, una operación de corazón abierto, una densitometría, una simple placa. Sin dudas algunos médicos arriesgan mucho, mejor diríamos que lo arriesgan todo. En definitivas, están trabajando sin recursos, sin medicinas, sobrepasados de pacientes, mal pagados. Algunos especialistas de mucho prestigio solo eligen residentes que tengan dinero para ser los tutores de sus tesis. Se podrían enumerar muchos ejemplos, todos escandalosos, de la corrupción existente en la salud pública cubana. Baste recordar los ancianos de Mazorra que murieron por falta de mantas, comida y atención médica adecuada porque todo el mundo se dedicaba a robar y no a velar por el bienestar de esos enfermos. Hubo sanciones, pero jamás se analizaron las raíces verdaderas de esta tragedia.

Los artículos de primera necesidad en Cuba se han vuelto cada vez más escasos y por consiguiente mucho más caros. A su vez, los servicios “gratuitos” son de peor calidad y cada vez cuestan más al precario bolsillo de la población. Y mientras afirmamos que son una conquista del socialismo, en la sala de la casa gritamos: ¡Dinerismo o muerte!


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