Actualizado: 19/06/2024 16:42
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Economía

Dos agriculturas y un desastre

Frío, frío: La parcelación de ciudades no solucionará la crisis productiva de la Isla.

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Al entrar por carretera al municipio habanero de Güira de Melena se puede apreciar una enorme valla que define la localidad como "referencia nacional en la agricultura urbana". La confusión invade al viajero medianamente conocedor: ¿acaso esta localidad no ha sido reconocida históricamente como una de las más destacadas productoras de la agricultura tradicional?

La nueva condición que anuncia la mencionada valla es demostración inequívoca de la degradación estructural y generalizada de la economía en general y del sector agropecuario en particular. La parcelación de las ciudades es un intento de solución emergente que actúa como insuficiente paliativo al derrumbe de la producción agropecuaria, que en los últimos lustros ha complicado más la existencia del cubano, a cuenta de aumentar la escasez, los precios de los alimentos y, por consiguiente, el costo de la vida.

Otro tanto ha sucedido con la producción pesquera. A pesar de contar con una rica plataforma insular y haber conformado en décadas pasadas una poderosa flota que realizaba faenas de altura en lejanos mares del mundo, ahora se pueden ver recurrentes reportajes televisivos sobre el cultivo artificial de peces comestibles, producción que está muy lejos de hacerse sentir en el mercado o en la dieta cotidiana de los ciudadanos, para quienes el consumo de este importante renglón alimenticio sigue siendo un lujo.

La causa del fenómeno, lo más importante a fin de cuentas, viene a ser la misma historia vivida en el último siglo, desde China hasta el Caribe: los efectos demoledores que para la economía y la supervivencia tiene la vocación totalitaria de los grandes líderes del llamado socialismo.

Atrofia estructural

El panorama sigue siendo desolador. Mientras el gobierno conserve el control monopólico de la superficie cultivable y las capacidades productivas del sector agropecuario, se mantendrán gran cantidad de tierras baldías o subutilizadas, y los precios de los productos continuarán inaccesibles para la mayoría de la población.

Esta atrofia estructural ha provocado que un país con las condiciones naturales e historia productiva de Cuba necesite importar cada año el 84% de los alimentos que consume, con el "agravante" de que en el último lustro la mayor parte de ese monto se ha comprado a exportadores norteamericanos. Cuba debe ser a estas alturas una de las naciones de más baja tasa de seguridad alimentaria del planeta, además de tener a su principal "enemigo político" como principal proveedor.

¿Cómo es posible que las autoridades dispongan cada año de más de 1.000 millones de dólares para cubrir las compras al contado a Estados Unidos, mientras son incapaces de pagar más o menos en tiempo, y de manera decorosa, a los productores nacionales? Lo dicho es un ejemplo de la ineficacia administrativa que padece la economía de la Isla y la muestra de una muy sui géneris manera de hacer patria.

Está claro que el monopolio estatista de la economía garantiza en medida considerable el control político de la sociedad, además de implicar la parálisis y el retraso productivo-tecnológico, la desidia administrativa, el desbarajuste financiero —manifestado en la extensa cadena de cuentas por pagar y cobrar entre las empresas—, la pobre estimulación y el consiguiente desinterés de los trabajadores, así como el burocratismo y la corrupción.

Cada año, los altos funcionarios de la esfera económica aseguran que el Producto Interno Bruto (PIB) crece de forma exorbitante, pero lo que enfrenta el ciudadano de a pie es una subsistencia cada día más difícil y azarosa. A pesar de los cantos de sirena de la propaganda oficial, la economía muestra un deterioro sin precedentes, con perspectivas nada promisorias.

El único camino seguro

Los expertos y estudiosos buscan en la lejanía de los tiempos un año de tan baja producción azucarera como el que corre, cuyos resultados apenas cubren la limitada demanda interna. Después de liquidar y desmontar lo que fue por siglos la primera fuente de riquezas de la Isla, al alto liderazgo sólo le queda ver desde la barrera de un resentido hipercriticismo los nuevos derroteros que toma el sector en el mundo.

La relativa eficiencia económica de la llamada agricultura urbana se debe a que allí la remuneración de los trabajadores está directamente vinculada al resultado de la producción. La historia reciente lo ha demostrado en las más diversas latitudes: la apertura de espacios al libre desenvolvimiento económico de los que producen es el único camino seguro para alcanzar y garantizar cobertura y seguridad alimentaria.

Los discursos altisonantes, las consignas y las cifras infladas no llevan los alimentos a la mesa del hasta ahora desesperado consumidor. Cuba sólo podrá salir de esta crisis productiva, que ya se torna endémica, cuando la libertad económica de los ciudadanos deje de ser vista por los gobernantes como obstáculo insalvable a su voluntad de poder y control absoluto.


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