Actualizado: 16/09/2019 12:05
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Batista, Grau, Guiteras

Efemérides de la Contrarrevolución Cubana

Batista se dio cuenta de que ya no podía seguir pensando que el ejército fuera una cosa y el gobierno otra

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El 5 de septiembre de 1933, el actor político más inteligente de la revolución del 30 o del 33 salió del Campamento Militar de Columbia con su escolta de estreno, a eso de la diez de la mañana, rumbo a la Avenida de las Misiones para ver al embajador americano Benjamín Summer Welles. Así comenzó el camino hacia la contrarrevolución.

Rubén Zaldívar, luego Fulgencio Batista y Zaldívar, había firmado, como sargento jefe de todas las fuerzas armadas de la república, una proclama redactada al instante por el periodista Sergio Carbó al formarse también al instante la Agrupación Revolucionaria de Cuba que, con su Comité Ejecutivo de cinco miembros, alias Pentarquía, tomó el poder como Gobierno Provisional revolucionario. Este episodio inédito en la historia política de Cuba venía precedido por otro igual de inaudito en su historia militar: la deliberación entre alistados, estrictamente prohibida en todos los demás ejércitos del mundo, la cual desembocaría en la rebelión de los sargentos con tanto pedigrí que, casi dos décadas después, a Fidel Castro se le ocurrió reciclarla contra el propio Batista y a tal efecto disfrazó de sargento a casi todos los asaltantes del Moncada.

La juntadera

A poco de caer el dictador Gerardo Machado, alias Asno con Garras o Cuatrero Mocho, el capitán Demetrio Castillo Pockorny, quien fungía como Secretario de Guerra y Marina del gobierno, sucesor presidido por el coronel mambí Carlos Manuel de Céspedes y Quesada, hijo del presunto Padre de la Patria, autorizó a los alistados para reunirse y elaborar demandas, que inicialmente andaban por mejorar el sueldo, el rancho e incluso el vestuario: usar siete botones en la guerrera, gorras con más plato y botas de cuero (en vez de lona) como los oficiales.

El sargento cuartel-maestre Pablo Rodríguez, presidente del Club de Alistados de Columbia, armó entonces una junta y en ella entró como secretario el sargento taquimecanógrafo Batista, quien andaba en un Ford trespatás —adquirido tras sacarse un billetico de lotería— y de vez en cuando trasladaba a otros sargentos hasta Hoyo Colorado (Bauta) para reunirse en la logia local. El 18 de agosto Batista clamó por una revolución de verdad al despedir el duelo de otro sargento que había sido asesinado en prisión por conspirar contra Machado.

Los demás integrantes de la junta eran el sargento-primero de Infantería José Eleuterio Pedraza, el sargento cuartel-maestre Manuel López Migoya, el sargento-sanitario Juan Estévez, el cabo de Infantería Ángel Echevarría, el soldado de infantería Mario Alfonso Hernández y el soldado sanitario Ramón Cruz Vidal. Rodríguez tenía el nivel escolar más alto (Bachiller), pero Batista era el más perspicaz. El tarado sifilítico Hernández y el lunático homicida Pedraza eran los hombres de acción más temerarios; los otros eran comparsa. Esta Junta de los Ocho se regó por los cuarteles y hubo reuniones sucesivas de uniformados e incluso una de ciertos sargentos con líderes del Directorio Estudiantil Universitario (DEU) y del grupo Pro Ley y Justicia en la azotea del edificio de la esquina de Toyo donde vivía Batista.

La revolú

El 3 de septiembre, Batista se dio un brinquito al cuartel del regimiento de Matanzas y encontró allí apoyo resuelto de los sargentos. Al regreso se sorprendió de que nadie había sido arrestado en La Habana. Por si acaso no durmió esa noche en Toyo, pero por la mañana salió a echar gasolina en Columbia convencido de que los mandos militares estaban desmoralizados.

Esa misma mañana el capitán Mario Torres Menier, ayudante del general Julio Sanguily, Jefe del Estado Mayor del Ejército, había ido a Columbia para averiguar qué pasaba con los alistados. Batista habló en nombre de ellos y Torres Menier pidió plasmar las demandas por escrito para recogerlas por la tarde. Nada más que salió de Columbia sobrevino el sargentazo, que incluyó coordinar con los sargentos de los demás cuarteles que siguieran la rima.

Esa misma noche Batista subió al escenario de la sala de cine del Club de Alistados y soltó: “De ahora en adelante no obedezcan más órdenes que las mías”. Juró por su mujer y su hijita que no aspiraba a grados y volvería a su puesto después que el gobierno accediera a las demandas, pero aquel sainete prosiguió con que los oficiales entregaron los mandos sin oponer resistencia. Quienes habían subido a la azotea en la esquina de Toyo arribaron a Columbia junto con otros líderes del estudiantado belicoso. Batista se dio cuenta de que ya no podía seguir pensando que el ejército fuera una cosa y el gobierno otra. Pidió entonces que buscaran a Carbó.

Su revista satírica La Semana había sacado el 26 de agosto en portada el titular “¿A qué se espera para empezar la revolución?” con un obrero y un estudiante, cogidos del brazo, junto a una mujer que representaba a la República. Ya pentarca, Carbó coronelizó al sargento Batista el 8 de septiembre; para el 10, la portada de Bohemia mostraba a un soldado junto a un civil con pinta de estudiante. Ese mismo día, por obra y desgracia del DEU, el pentarca Ramón Grau San Martín se decantaba como presidente del Gobierno Provisional revolucionario.

La contra

Al despuntar noviembre, Batista urdía ya con Summer Wells un golpe de Estado contra Grau. Su Secretario de Gobernación, Guerra y Marina, Tony Guiteras, planeó arrestar al coronel en casa de Carbó —donde se reuniría la Agrupación Revolucionaria para discutir qué hacer ante el peligro de intervención americana— y fusilarlo en el frontón del Cubanaleco (hoy FOCSA).

Grau y Carlos Prío acorralaron a Batista en la reunión, pero cuando el presidente le preguntó: “¿Coronel, usted promete no volver a tener conciliábulos con embajadas extranjeras (sic) ni con la oposición?”, Batista repuso: “Juro por mi mujer y mi hijita que tanto quiero, que no lo volveré a hacer”. Grau espetó entonces a los presentes: “Señores, estoy seguro de que, a partir de este momento, Batista será el hombre más fiel que habrá en la revolución”.

Batista salió de casa de Carbó como perro por su casa y el 15 de enero de 1934 derrocaría al gobierno Grau-Guiteras sin haber alardeado antes públicamente, como tuiteó José Daniel Ferrer la semana pasada: “Vamos contra ustedes con renovadas energías hasta tumbarlos y sentarlos en el banquillo de los acusados”.

Coda

A mediados de 1972, los brigadistas 2506 Juan José Peruyero, Luis Torné y Alfredo G. Durán dieron otro ejemplo del desespero exiliar al intentar una suerte de frente común entre el cuchillo (Batista) y la herida (Prío) contra Castro. Como si el pasado pudiera retornar luego de que Castro ganara la guerra civil precisamente contra quien, al derrocar a Prío el 10 de marzo de 1952, había exclamado: ¡El Ejército soy yo! Y como si Castro no se hubiera esmerado en infiltrar todas las juntaderas, fusilar o encarcelar al primer asomo de conspiración y asegurar que los alistados no puedan reunirse jamás a deliberar ni portar armas cargadas excepto para hacer guardia o prácticas de tiro.


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