Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Iglesia Católica, Disidencia

El amor sigue esperando

En principio la Iglesia católica es la única confesión religiosa coronada por un Estado independiente: el Vaticano, con guardia y servicio de inteligencia incluidos

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“Si Dios conmigo, ¿quién contra mí?” Dejo el número del versículo de la Biblia como tarea. Porque Mateo 5: 10 dijo en otro: “bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos” y Corintio 3: 17 recalca: “El Señor es el espíritu y donde está el espíritu del Señor, allí hay libertad”. Dios parece estar así, según estos y todos los versículos de la Biblia, del lado del hombre genérico, protegiéndole en razón de la justicia con el fin supremo de la libertad. La pregunta es: ¿está también del lado del hombre y la mujer específicos? Desde la Biblia lo está.

Parece sin embargo que el Dios administrado les abandona. Al menos en Cuba. De donde concluyo que si los cubanos necesitan la religión, necesitan además otra jerarquía. Más temerosa de Dios que de los hombres.

Lo sucedido con los miembros del Partido Republicano de Cuba debe tener pocos precedentes en la historia de la iglesia mundial y en la historia propia de la Iglesia cubana. En un país donde la mayoría de las iglesias pos luteranas han hecho su elección preferencial por el poder, donde la profunda religiosidad de origen afro no logra extraer aún todas las consecuencias cívicas de su legado africano y donde, pese a los esfuerzos del laico Dagoberto Valdés en el espacio civil y del laico Oswaldo Payá en el ámbito político, no ha cuajado todavía una teología de la libertad ―no de la liberación― que sistematice, desde las vigorosas fuentes cristianas, la autonomía de la persona humana frente al poder, muchos ven en la Iglesia Católica el recinto de acogida de quienes no han pasado, como el elefante por fin lo hizo, por el ojo de la aguja.

Pero la Iglesia católica en Cuba intenta reinventarse como se fundó: de la mano del emperador, tachando los versículos molestos de la Biblia. Porque fue precisamente la Iglesia histórica la que instituyó lo que más tarde sería el derecho de asilo en los Estados modernos. De ella nace el refugio para todos sin distinción de origen, basado en la igualdad de los seres humanos que primero proclamaron los estoicos, y que el cristianismo derivó hacia la igualdad de todos ante Dios.

Las consecuencias de este derecho al refugio se concretan en dos hechos: la Iglesia no reconoce status humano superior al que otorga Dios, y a la casa de este no están invitados los ejércitos profanos. Se funda así una tradición que ha tenido en las iglesias de América Latina los mejores ejemplos y que consiguió en el salvadoreño Oscar Arnulfo Romero un mártir ejemplar.

Sobre aquella doble condición: la de todos iguales ante Dios y la de los ejércitos en los umbrales fue que surgió la institución sagrada de proteger: al delincuente que huye de la justicia, al perseguido que corre delante de la venganza, al menesteroso que busca techo y alimento, y al que simplemente busca la paz interior que real o supuestamente proporciona Dios. En el límite, Jean Valjean: el ladrón, el delincuente, el de Los Miserables de Víctor Hugo, quien atrapado en plena faena de sustracción de bienes ajenos por el cura que le daba albergue, es invitado por este a completar su valija con otros objetos que había olvidado o simplemente no había visto.

¿La lección? Dios convence del mal obrar a través de otros caminos más elevados. Al final, Jean Valjean regresa, arrepentido, y devuelve lo robado.

No hay en la tradición católica entrega a la justicia de los hombres sino ejercicio paciente e interior para lograr de los hombres la conducta moralmente recta. Menos, invitación a la policía para restituir el “orden” del templo: un “orden” quebrado pacíficamente. Eso fue realmente inconcebible, y tendrá consecuencias para la Iglesia católica en ese largo plazo en el que esta sitúa siempre su estrategia.

Y la pérdida de sentido estratégico que precisamente viene manifestando la Iglesia es de manual. Este caso es casi un paradigma de esa mala actuación que provoca la falta de nervios. Consecuencia, por cierto, de otros pasos erráticos.

Si se observan detenidamente el tipo de demandas de los 13, su background político y su spirit psicológico habría sido relativamente sencillo negociar con ellos y obtener ganancias netas en el orden que más debería interesar a la Iglesia católica: en el moral. Lo que habría fortalecido su poder, imagen y autoridad negociadores frente a quienes creen que ella puede servir de mediadora y frente a quienes dudan de su capacidad para negociar algo a favor del futuro de todos los cubanos. Visto a luz de semejante pifia, la Iglesia católica estaría dando la razón a quienes entrecomillaron su negociación humanitaria con el Gobierno a propósito de los ex prisioneros políticos y las Damas de Blanco. Ningún mediador medianamente serio llama corriendo a una de las partes del conflicto para que le resuelva un entuerto con la otra parte: y por la violencia.

Previo a este supremo error del negociador la Iglesia había cometido dos errores de bulto. Primero publicar lo que pareció un editorial en el periódico Granma, que no es un periódico nacional y sí un órgano de un partido político. Esto daña la percepción pública de autonomía que necesita una institución independiente. Segundo, cortar el agua, el baño y los alimentos a hijos e hijas “descarriados” de Dios. El humanismo de la Iglesia, que se muestra mejor frente a los que viven en “pecado”, sale roto de una manera que pocos podían anticipar. Los enemigos del clero ―pese a mis críticas reiteradas no creo contarme entre ellos― siempre le recordarán que durante un par de días de marzo de 2012 ella le negó el pan a sus hijos.

Tengo la impresión de que la Iglesia, además de por el nerviosismo, se decide a actuar bajo cierto estímulo de la corriente de opinión predominante. La mayoría de los actores cívicos, políticos, observadores y líderes de opinión compitieron por ver quién condenaba mejor y más pronto la acción de los 13. En la base de esta condena está una idea compartida que, sin embargo, no responde a los datos de la realidad. La idea es que la Iglesia no es política y que por lo tanto ésta no se ejerce en sus predios.

Esto no es verdad contrastando los hechos. En principio la Iglesia católica es la única confesión religiosa coronada por un Estado independiente: el Vaticano, con guardia y servicio de inteligencia incluidos. Y no conozco ninguno Estado que no haga política. Segundo, su tradición es la de una problemática y reticente separación entre religión y Estado. De hecho hay Estados que nunca han logrado esta separación como son todos los islámicos y, en el mismo occidente, como son los casos de Gran Bretaña e Israel. Tercero, su tradición latinoamericana, en todo el siglo XX, es la de involucración perfecta, a la derecha y a la izquierda, en los asuntos políticos. Con un estilo específico si se quiere, pero bien adentro del derrotero posible de los Estados y fuerzas sociales; y esto pese a ser minoría en muchos lugares. Quinto, allí donde la realidad política toca a los valores fundamentales, a contar entre ellos la dignidad humana, la Iglesia incide a través de su énfasis en estos valores; y como se sabe hay situaciones, escenarios y modelos políticos que dependen completamente de su negación. En estos la política aparece como puja y juego de significados humanos y sociales. Finalmente, aunque no es la última consideración posible, la Iglesia está obligada a negociar, en términos prosaicamente políticos, allí donde no logra construir o reconstruir todos los espacios y ámbitos que cree tener a partir de su legitimidad reconocida.

La Iglesia católica cubana viene haciendo política en todos estos niveles desde su misma fundación, y nunca ha dejado de hacerlo si quiere seguir siendo iglesia universal. De hecho, cuando se niega, por ejemplo, a reconocer y a mantener una interlocución pública y sistemática con otros actores en la sociedad civil lo hace basado en un análisis y cálculo políticos. Su demanda de paciencia a estos implica también un razonamiento político: la visión de que quizá no sea este su momento.

En última instancia, es totalmente falso que la religión y la política sean incompatibles. Para bien o para mal, el cristianismo no terminó su obra cuando logró introducir sus valores en el comportamiento, las justificaciones y el tipo de convicciones que fundamentan la política en occidente. Ella, la religión, también tiene intereses en el aquí y en el ahora que la proyectan en la política de un modo altamente visible; incluso en las democracias.

Por esa razón es falso el argumento de que la Iglesia no es espacio para la política: una misa a Hugo Chávez es una jugada política bien situada en el camino del poder dentro de Cuba. A no ser que, con las excepciones debidas en cada momento, se circunscriba el concepto de Iglesia a sus vetustos edificios y se saque de él, por ejemplo, a las publicaciones Espacio Laical y Palabra Nueva: dos órganos políticos si los hay, que se venden o distribuyen en aquellos edificios. La Iglesia sigue haciendo política como en el Medioevo: secreta, tras bambalinas, sin transparencia, en las alturas, no necesariamente de altura, y desde su condición minoritaria. Última condición esencial para jugar mejor en la trastienda, donde desafortunadamente se hace todavía la política real, porque así no tiene que responder a la presión de amplias bases católicas que le malograrían de algún modo el juego.

Aquel argumento no tiene por tanto validez empírica ni moral. Responde en cambio a una visión del espacio como fuero especial, lo que tiene cierto viso antidemocrático. La política se hace hoy en Wall Street, en los templos, en las casas, en los baños, en los parlamentos, en las calles y donde quiera que haya ciudadanos inquietos y con vocación pública. La democratización es exactamente eso: la ruptura de las barreras digamos que medievales que confinan el ejercicio político a espacios circunscritos u ordenados por los arquitectos que los conforman. Solo cierta reserva que aún queda en nuestra cultura autoritaria puede seguir sacralizando y definiendo los espacios donde se puede hacer esto, aquello o lo otro. Al final, esta visión solo favorece a quienes ven en el Estado y en los espacios que este concede los únicos lugares apropiados para la política. Volvemos así, involuntariamente, al autoritarismo y las mediaciones establecidas por los intereses. Lo que exactamente quiere el Gobierno cubano cuando nos invita a seguir los canales establecidos. Visto desde los espacios tradicionales del quehacer político, no habría lugar para el ejercicio ciudadano y plural de la política si al mismo tiempo consideramos legítimas las profundas exigencias de democratización que se hacen actualmente en el mundo. Todos los rincones van siendo necesarios.

Puesto en términos lógicos. Si se nos dice que un espacio específico no es para la política, se nos está indicando que la política no tiene espacios. Algo que dramáticamente revelaron los 13 con la ocupación de una iglesia, y que muy bien sabemos y sufrimos todos los demócratas cubanos. Por el contrario, si se puede hacer política en un espacio concreto, es porque esta es posible en cualquiera, lo que conduce por vía natural a maximizar aquel donde la política es más eficaz. Como sucede en las democracias. En ellas, a veces, el espacio se llama iglesia. Entonces, ¿en las democracias sí y en las autocracias no?

En esta perspectiva me extrañó sobre manera la condena a los 13. Ante todo porque su ocupación fue pacífica. Es cierto que el talante con el que se presentaron no les ayuda a forjar la mejor de las imágenes. Ese es, no obstante, el precio de la democratización: la entrada en la ciudadanía política de los sans coulottes. Lo opuesto es no hacer la distinción necesaria entre legitimidad e ilustración. El supuesto que vale para el cristianismo: todos los hombres son iguales ante dios, vale para la política democrática: todos los hombres y mujeres se igualan en su condición ciudadana. Todo lo demás puede llevarnos indirectamente hacia una suerte de democracia capacitaria, que reintroduce al aristócrata en nombre de la democracia.

Al no entender que los cambios en Cuba ponen de relieve las demandas altamente sociales de una cultura laicizada de varias maneras, la Iglesia pierde de vista que para su labor espiritual no basta con la liturgia y el acercamiento crítico al poder, es también necesario conectar la Biblia con actores sociales concretos. Probablemente por esta desconexión profunda tomó la decisión bien extraña de actuar en contra de su propio interés estratégico, pisando el acelerador y rompiendo la única sacralidad del templo: la que impide a ejércitos profanos entrar a su interior. Y donde el Gobierno podía haber ganado un tanto histórico, negándose a meter uniformados en la Iglesia, decide repetir su actuación de los años 60. Cierto que esta vez invitado.

Ello coloca a la jerarquía católica ante un dilema: o alcanza su completa legitimidad desde la conciliación o la logra desde el conflicto de valores. Como expresé en otro lugar, ambas legitimidades son posibles pero no ofrecen las mismas oportunidades de cara al futuro. Solo la última es la que permite fundar una capacidad mediadora en la medida en que facilita colocarse al centro, equilibrando el juego, y ligeramente por encima de las partes, teniendo como eje orientador aquellos valores en conflicto. La única manera de obtener autoridad moral: el poder público de la Iglesia.

Cualquiera sea o haya sido su decisión final en términos de futuro, los católicos deben tener claro que a su Iglesia se le juzga por su pretensión universal y fundamentadora de las posibilidades del hombre. Las críticas, a la cubana, no han hecho más que comenzar. Muchos esperan de tal modo que sus actitudes respondan a sus miras. A fin de cuentas, si según ella todos somos hijos de Dios, suponemos que no sea solo para la misa. Está en juego la posibilidad de que los niños de los padres que así lo quieran puedan decir algún día: seremos como Jesucristo.


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