Actualizado: 20/07/2018 16:13
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Castrismo, Patria, Nación

El castrismo, ese pseudonacionalismo cubano actual

¿Qué sucederá si la mentalidad consumista de la elite castrista vuelve a aceptar una relación de dependencia con EEUU como la que se vivió en la Isla entre 1902 y 1933?

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I pledge allegiance to the flag of the United States of America…
Fragmento de una cierta oración que se recita
cada mañana en los colegios públicos de EEUU.

En Cuba, ¿por cuáles razones se supone que usted defendería a su patria? Pues porque lo instituye así la Ley de Defensa Nacional, y San Se-Acabó. Al menos es esa la única respuesta válida para la profesora de cívica de mi hijastro, estudiante de preuniversitario, como comprobó no hace mucho al recibir las calificaciones de una de sus recientes pruebas periódicas. De responder como él que porque es mi patria, qué carajos, la tierra en dónde nací y dónde habitamos desde hace ya un tiempo largo un conjunto de individuos, con fuertes intereses comunes relacionados con esa ubicación geográfica y larga relación histórica nuestra y de nuestros ancestros, o en fin con cualquier otra razón sentimental personal, las únicas razones que por demás merecen verdaderamente el adjetivo de patrióticas, usted será desaprobado.

¿Un error personal de la profesora?, ¿o en todo caso es esa precisamente la idea de quienes allá en La Habana elaboran los programas de educación cívica, y por tanto sobre la que se sustenta todo el ordenamiento político-ideológico cubano presente? Parece que sí, y que es precisamente esa la visión del patriotismo en la Cuba Socialista de Fidel y Raúl. La Constitución vigente en su artículo 65 declara que “la defensa de la patria socialista es el más grande honor y el deber supremo de cada cubano”, y a continuación añade que: “La ley (sic) regula el servicio militar que los cubanos deben prestar”. Nada de un derecho, por lo tanto, solo un deber honorable, pero ¡eh!, ¡eh!, ¡ciudadano!, no se nos mande a correr con lo de la honorabilidad: regulado por la Ley.

En realidad, la profesora o los compañeros del MINED en sus oficinas climatizadas solo expresan, implícita o explícitamente, la concepción más profunda de lo patriótico para esa ideología política: el castrismo. Y es que incluso si se equivocara la profesora y el programa de estudios no supusiera semejante visión del patriotismo, el hecho de que a sus estudiantes, a los familiares de estos, o a los demás miembros del claustro, que en ningún caso han cuestionado esa visión antes de la protesta de mi mujer, ni tampoco después, por lo que cabe suponer que en consecuencia les parece la correcta, demuestra la plena adaptación de todos ellos a la asfixiante forma de vida que el castrismo nos ha impuesto a los cubanos.

El asunto está en que la autonomía del individuo, o en definitiva su capacidad de decidir por sí mismo, son o intolerables derechos o graves pecados para el castrismo más ortodoxo (el único que merece ese calificativo es aquel que nace de la cabeza de un Castro). Para el castrismo la única instancia autónoma y con derecho legítimo a decidir, por lo menos en última instancia, es el Estado, en especial el castrista. O más correcta y tangiblemente, los únicos autónomos y con derecho legítimo a decidir son el individuo o los individuos que, desde su cúspide, controlen con mano de hierro a ese Estado (El Jefe o Los Jefes). Los demás, los de abajo, si queremos darnos el lujo de ser patriotas, lo primero y lo único que podemos hacer es demostrar nuestra más absoluta incondicionalidad y cumplir lo que dicten los privilegiados señores detentadores del poder político (y de paso económico e ideológico, porque hablamos de castrismo, un totalitarismo nato), supuestos depositarios en exclusiva del espíritu nacional. Sea que lo dicten en forma de leyes, cuando se deciden a hacerlo a través de ese Consejo Aprobativo (por Unanimidad) que es en la práctica la Asamblea Nacional, o como simples ucases o hasta manifestaciones difusas de la voluntad de quienes mandan, y que los instalados en las instancias inferiores del Estado se encargan de interpretar, para que el Jefe, o los Jefes, no tengan que caer en expliciteses que siempre habrán de resultar embarazosas para aquellos poderes que consisten por sobre todo en embarazar la iniciativa de los demás (¿y sí lo ordenado es un disparate práctico, o una inconsecuencia ética?: lo mejor es que siempre haya Marinos Murillos a quienes echarle la culpa de los elevados precios de las verduras y las malangas).

Esta interpretación del patriotismo como mero acatamiento de la ley, en una circunstancia en que la ciudadanía carece por completo de la capacidad legislativa, la cual monopolizan Los que Mandan, El o Los Jefes, lo reduce en sí a aquella actitud pancista que aconseja siempre obedecer a quien tiene el monopolio de la fuerza al interior de la Isla: a Castro el Mayor ayer, a Castro el Mínimo hoy… a un procónsul americano mañana, designado en virtud de una ley (¡faltaba más!), la Helms-Burton. Solo parecería ser una salvaguarda contra esa probable evolución el hecho de que el poder de los Castro, aunque cada vez en menor medida bajo el Mínimo, también se asienta además en lo que va quedando del misticismo revolucionario de los sesentas. O sea, en teoría, Fidel y hasta Raúl poseen una conexión mística con las masas, que les permite siempre conocer sus deseos, intereses y necesidades más profundas. Conexión mística a la cual la radical diferencia entre las condiciones de vida de uno y otros, entre Castro satisfecho y su pueblo al borde siempre de la subsistencia, no entorpece de ninguna manera, a pesar y en contra por lo mismo de aquel aserto marxista que sostiene que el hombre piensa cómo vive.

Pero imaginemos, por ejemplo, lo que podría suceder en unos meses. Para entonces ya no estará al frente del Estado un representante de esa generación, llamada histórica o del Primer Centenario del Natalicio de Martí, cuya legitimidad está asociada todavía, para un declinante por ciento de la nación, al discurso anti-norteamericano radical (Castro el Mínimo, con su absoluta falta de carisma, y hasta de personalidad, no ha podido más que dejar moribunda a la mística revolucionaria). En su lugar tendremos “a un comemierda como yo”, al decir de cualquier primer secretario provincial del PCC, o cuadro del Buró Político, cuyo poder dependerá ya no de una remota mística revolucionaria, sino de su demostrada capacidad de imponerse a la fuerza sobre todos esos otros potenciales aspirantes al poder supremo, o por lo menos al deseo de autonomía y hasta de independencia plena de cualquiera de esos compañeros en su región geográfica o el sector de la vida nacional que se les haya encargado “atender”. Su legitimidad, la del comemierda en cuestión, en un final ya no dependerá de presentarse a la manera de cualquiera de los dos Castro (en menor medida en el caso del Mínimo), como un mediador entre el cuadro administrativo del Estado y esa cosa siempre difusa que es “el pueblo”, sino como el individuo que domó al todopoderoso Estado Castrista y en consecuencia tiene al cuadro administrativo a su entera disposición. O sea, tendremos a un Jefe, o Jefes, sin nada de carisma o cercanía mística al pueblo, y por lo tanto sin otro compromiso que con la fuerza, con lo cual el patriotismo ya no podrá más que asumir su descarnada esencia final de incondicionalidad hacia quien tiene la fuerza.

En esta situación, sin nada de la mística nacionalista anti-norteamericana, y mucho menos de carisma, o hasta personalidad, ¿qué sucederá si Díaz-Canel, Julito Parquecito, o Raúl Ernesto Alejandro Uñaprieta del Ñangaral… de común acuerdo con los principales personeros del régimen postcastrista, consiguiera convencer al cuadro administrativo actual, el cual carece de otra ideología que no sea el medro personal, con el fin de satisfacer esa clara mentalidad consumista que hace ya mucho se ha infiltrado muy adentro de la castrocracia a todos los niveles, de que lo mejor para ellos es pedir la anexión a EEUU, o en todo caso aceptar una relación de dependencia como la que se vivió en esta Isla entre 1902 y 1933? Según la concepción oficial del patriotismo, y lo peor, según la comprobada práctica de unas mayorías nacionales que han colocado a la incondicionalidad a Los que Mandan como la suprema virtud cívica, lo patriótico será aceptar tal decisión sin chistar.

De que cabe la posibilidad de que así sea da buena cuenta la actitud de esas mayorías ante los frecuentes cambios de timón de los Jefes en el pasado: me viene ahora al recuerdo la presteza con que en Villa Clara, a posteriori del 17 de diciembre de 2014, se demolió un mural de caricaturas en nuestra más acendrada tradición de antimperialismo yanqui, para poco después reconstruirlo, pero ya sin ninguna referencia a los vecinos de más allá del Estrecho. Y nadie, nadie, ningún “patriota”, ni en el Partido, ni en la UNEAC, ni entre el gremio periodístico, protestó, a pesar del derroche de recursos consecuente, del dejar afuera a uno de los humoristas pilongos más destacados, Pedro Méndez, infelizmente muy radical para los nuevos tiempos del Acercamiento, o del simplemente haber disminuido de manera ostensible la calidad artística de las caricaturas en la nueva versión descafeinada, y de la infraestructura en general (a menos de tres años ya las superficies se caen a pedazos). Pero es que en realidad no hay ni porque irse tan lejos, si tenemos en cuenta lo sucedido en estos días en la escuela del hijo de mi mujer: Para muchos, muchos en Placetas, ser patriota es cumplir órdenes, y basta ya.

Pero no sé de qué nos extrañamos, si es que lo que hoy, en estos días postreros del Raulato, se practica bajo el supuesto nombre de patriotismo es el disciplinado acatamiento por las multitudes de una política que conduce inexorablemente al hundimiento y la desaparición de la nación cubana. En un lento proceso de empobrecimiento y de paralela emigración, ya no ni tan siquiera de solo los más jóvenes, sino hasta de las personas mayores de 65 años, de todos en esencia (hay por ahí chistosos que especulan que, al retirarse, y a diferencia de Machado Ventura que desea morir en la Siberia, Raúl pedirá la residencia en Miami —sin perder la ciudadanía cubana, claro está).

El patriotismo es un sentimiento personal, nunca un acatamiento, y ese sentimiento solo puede inclinarse ante la Ley cuando a esta la hacemos todos. Pero es que incluso en este caso, cuando las minorías nos vemos obligadas por deber cívico a acatar las decisiones de la mayoría, ese deber es efectivo solo si en el proceso de consensuación se han respetado nuestros derechos de minoría, y a la vez se acepta respetarlos en lo futuro. O lo que es lo mismo, tengo el deber cívico de respetar las decisiones impuestas por las mayorías siempre y cuando estas respeten a su vez mi derecho a continuar siendo una minoría con derechos, y en este caso específico, una minoría con un sentimiento patriótico. Porque el patriotismo, más que un deber, es un derecho.

Para que se entienda: Si mañana el pueblo cubano, de manera democrática, decidiera anexarse a EEUU (que estos acepten es ya otro problema, cabría que decir que mayor, y con el que los anexionistas parecen no contar), tal decisión debe ser respetada por quienes no creemos a esa decisión como favorable, o en todo caso la más favorable para los cubanos, o incluso por quienes sentimentalmente no la compartamos. Pero en esa supuesta Cuba en camino de la anexión, o ya de hecho anexada (¡los anexionistas convencieron al Congreso de que el subsuelo cubano está abarrotado de riquezas sin cuento! —Que ya no serán nuestras, por cierto), a ninguno de nosotros, nacionalistas cubanos, se nos podría quitar el derecho a nuestras creencias nacionalistas, a expresarlas públicamente y hasta a hacer propaganda de las mismas con el objetivo declarado de revertir tal situación de incuestionable subordinación política, y cultural.

Pero es que incluso tampoco se nos puede obligar a adoptar la nueva ciudadanía a través de su imposición como Ley, ni mediante la coacción que entraña la privación de ciertos derechos puestos en dependencia de pertenecer a la nueva nacionalidad (por ejemplo, el de permanecer en el territorio de EEUU, que en este caso concreto es nada menos que el lugar geográfico en que nacimos, crecimos y está enterrada la mayoría de aquellos que más directamente influyeron en nuestras vidas). Y es que, si me diera la gana de vestirme de majo, ningún afrancesado podría venir a imponerme, en nombre de la mayoría, mi deber cívico de recortar mi capa y dejar de andar embozado por las calles que antes recorrían mis ancestros. Al menos sin que yo eche mano de mi navaja y defienda mi derecho, también cívico, a vestirme como se me dé mi real gana; si ello no ofende la moral pública, lo cual no puede ser el caso cuando hablamos de una forma de vestir que ha sido la de mis ancestros por generaciones.

En fin, que el patriotismo no tiene nada que ver con la incondicionalidad política a ciertos supuestos depositarios del espíritu nacional, sino que es un sentimiento personal, que no debe ser depuesto nunca bajo la amenaza de las mayorías, sino que aunque el individuo que lo siente debe respetar las decisiones que estas tomen, debe exigir siempre su irrenunciable derecho a sentir a su manera, y para ello debe estar dispuesto a oponerse a esa limitación de la que es objeto con todos los medios a su disposición… incluida la fuerza.

Porque el patriotismo, como todo lo que no se mendiga, sino que se obtiene con el filo del machete, es un derecho. El de mirar la universalidad de lo humano desde ese limitado marco que me han infundido desde mi nacimiento esas primeras cosas con las que tropiezo: personas humanas, que hablan un específico idioma, sienten de una determinada manera, se mueven a una velocidad y según unos gestos típicos, huelen de un modo muy particular… En esencia es el derecho a participar en las decisiones de la Humanidad toda no solo desde el marco de mi individualidad, sino también desde el marco de las personas con las que comparto intereses más próximos y una cultura común.


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