Actualizado: 28/05/2020 19:58
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Científicos, Medicina, Coronavirus

El científico y la plaga

No hay semana en que el gobierno cubano no anuncie que tiene un nuevo medicamento para la cura del coronavirus

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El mejor científico está abierto a la experiencia,
y ésta empieza con un romance, es decir, la idea
de que todo es posible.
Ray Bradbury

Un familiar que dirigía un departamento de investigaciones en una importante universidad en otro país me contó esta historia: buscaba un lugar por el mundo para, poniendo ese departamento la plata, coordinar el diseño y la producción de cierto producto. Como era un “desertor”, esquivó a Cuba. La internet no tiene ideología. Así que el buscador lo llevó a tres sitios en el planeta donde podían “tirarle un cabo”. Uno estaba en Londres, otro en Montreal, Canadá, y el último… ¡en La Habana! El rector de la Universidad era un seguidor de la epopeya castrista —aparente paradoja tener un “traidor” cubano en el laboratorio y confiar en él—, y sugirió contactar primero a Cuba. Las autoridades de la Isla demoraron semanas en contestar. Parecía no interesarle el proyecto, millonario. Pero el dinero había que gastarlo. Al final, la investigación y el financiamiento fueron a parar a Canadá.

Esta historia tiene dos moralejas. La primera es que en asuntos de investigación y recursos, cuando han querido, los comunistas cubanos se la gastan todas. Pero tiene que interesarles. Más bien, tenía que interesarle a un solo individuo: el Difunto. Y aquí está la segunda enseñanza: si se comprueba que la idea sirve al primer objetivo de la Involución, hacer política, montar el show, el investigador, médico, filósofo o artista está hecho. Cada cubano que haya trabajado en un centro de investigaciones o en una agrupación cultural puede contar sobre este modo de gobernar un país, muy típico de los autócratas, los dictadores. A ellos poco importa que el invento sea bueno o malo: la propaganda delante, la gritería detrás.

Y es que desde tiempos inmemoriales a los reyes, faraones y emperadores les resultaron imprescindibles el sacerdote y el médico. El primero para purificar la conciencia. El segundo para preservar la vida de excesos, atracones y venéreas. En la antigüedad solían coincidir. El chamán era el curandero. Tenía que saber de rezos, bailes y brebajes para salvar la vida del regente. En caso contrario era quemado en la hoguera por brujo, sepultado en la misma pirámide que el faraón para terminar su trabajo en el otro mundo.

Esa liasion entre poder y ciencia, el arte de curar, pocas veces es más visible que en las grandes epidemias o en las crisis de gobernanza. Durante la llamada Peste Negra o Muerte Negra de 1347 en Europa, la medicina tradicional occidental fracasó usando pócimas y flebotomías. El empirismo y la ausencia de la observación científica —no tener la mente y los ojos abiertos— hizo que muriera un tercio de la población conocida. No pocos cirujanos-barberos perdieron sus licencias cortesanas y sus cabezas.

No fue hasta mediados del siglo XIX en Londres que John Snow utilizó el método epidemiológico por primera vez para detener una epidemia de cólera. Curiosamente, una vez más ciencia y poder coincidirían: Snow aplicó anestesia a la reina Victoria durante uno de sus partos, método experimentado por el dentista norteamericano William Morton años antes.

De cómo las crisis políticas acuden a las ciencias para salvar su pellejo dictatorial hay ejemplos de sobra en el siglo XX. Los totalitarismos, de derecha e izquierda, acudieron a supuestos éxitos deportivos y científicos parta demostrar su superioridad sobre las democracias. En el caso de las ciencias y la tecnología, los avances alemanes en casi todas las ramas de la medicina quedaron opacados por la experimentación en seres humanos durante el nazifascismo. Las investigaciones soviéticas en el campo de psicología, neurociencias y medicina espacial rivalizaron con las de Occidente.

En Cuba el Difunto en jefe, previendo con certeza la crisis social, económica y política que originaría la Glasnost —transparencia— y la Perestroika —restructuración— buscó afanosamente logros de la ciencia médica cubana. Sus consejeros o ayudantes, todos médicos, sugirieron galenos que consagrados a sus ideas habían trabajado por muchos años en silencio, cuasi anónimos.

Es importante hacer esa aclaración. Porque la sencillez y la entrega de los doctores Orfilio Peláez y Carlos Miyares Cao no debe ser empañada por interés políticos, manipulaciones de un régimen obsoleto y fracasado. A ambos la dictadura les fabricó sendos centros para investigaciones y tratamiento en medio de la peor crisis económica de la historia de la Isla. Además, les construyeron una areola mediática de destinatarios del Premio Nobel de medicina, como si los colegas no supiéramos que los doctores Peláez y Miyares eran innovadores exitosos, pero no descubridores de nada nuevo bajo el techo de los hospitales. Hubo muchos más “genios” en esa época. Pocos tan nombrados y hoy ignorados como ellos.

Lo peor no fue el engaño, decir que los ciegos podían ver o que los calvos dejaban de serlo. Lo peor es que vendieron esa idea a medio mundo, y pronto los hospitales habilitados para esas curas milagrosas aportaban dólares a las magras reservas de la dictadura. Imagino que muchas habrán sido las demandas. Las dictaduras suelen lucrar con las necesidades espirituales y psicológicas de los seres humanos. Y en el científico, como en el artista o el deportista, el chance de hacer realidad una idea, un sueño, basta para engramparlo en la dinámica sustentadora del poder.

Muchos más han sido los inventos cazabobos. El extranjero sigue pagando por el veneno de alacrán, la corteza del mango, el hígado de pato, y el anamú. Algo así como la leña de marabú, vendida como la mejor según la propaganda isleña, quizás más útil y sana que todo lo demás.

No hay una semana en que el régimen no anuncie que tiene un nuevo medicamento para la cura del coronavirus. Así, en su edición de abril 27, el Órgano Oficial anunciaba que comenzaría a producir Kaletra, un retroviral fabricado por Abbott que reporta buenos resultados. Pero cuando el lector se interesa por el producto, y sigue leyendo, ni siquiera se tienen las materias primas en el país para producirlo, y mucho menos la aprobación de las autoridades sanitarias sobre su comercialización.

Cuando apenas se tenía experiencia clínica de la covid-19 y sus efectos sobre el organismo, los medios cubanos dieron por seguro el éxito del Interferón recombinante. No hay un solo reporte científico serio publicado sobre su efectividad. Tampoco si ha tenido efectos adversos, colaterales, ni su efectividad comparada con otros medicamentos. Y todo esto sabiendo que incrementa la respuesta inmune, y esa parece ser uno de sus peligros en el caso de la llamada tormenta de citoquinas, un evento mortal donde el organismo se convierte en el blanco de sus propias defensas.

Los médicos y científicos cubanos son de primer nivel. Eso no hay que demostrarlo. Pero viven en una sociedad que los usa sin mesura. Cuando la politiquería y el poder totalitario meten la mano, lo bueno, lo bello y la verdad que hay en cada uno se convierten en lo contrario. Hay dictaduras virulentas que duran más de sesenta años. Ellas creen que siempre habrá cuerpos que las resistan.

Publicado en Habaneciendo.com, Blog del autor.


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