Actualizado: 28/05/2020 19:58
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Coronavirus, Exilio, Epidemia

El ciudadano y la plaga

Lo que con mucha pena observamos en nuestros hermanos que emigran recientemente: creen que se lo merecen todo, sellos de comida, salud gratuita, cash, educación sin poner un centavo

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La libertad sin obediencia es confusión,
y la obediencia sin libertad es esclavitud.
William Penn

La media cubana va de mal en peor: en la medida que aumentan los casos y los fallecidos, escriben más tonterías sobre el fracaso de lo que llaman neoliberalismo y capitalismo inhumano frente a la pandemia. Un temerario e incendiario columnista llego a decir que este era el momento para hacer la revolución planetaria, derrotar definitivamente al capital. Algo así como, ahora es cuando es, cita casi literal del insurrecto. No dudo ni un segundo que muchos lectores del Órgano Oficial creerán eso y mucho más: que, en este país, Estados Unidos, caemos muertos como moscas, que los hospitales no dan abasto y no tienen recursos —no lejos de lo que sucede en todo el mundo— y que la economía será incapaz de recuperarse. Un familiar nuestro, aún en la Isla, teme por nuestras vidas. Dice que el virus se ceba con los latinos y los negros. Miami se quedará sin gente.

El ciudadano insular medio tiene una inmadurez social que aterra. No ha podido crecer como ser independiente, soltarse del Estado-Papa. Todavía espera por los milagros: que desaparezca la libreta, mejore el transporte público, alcance el salario, pueda vivir en una casa con sus hijos y esposa y no con sus abuelos, y vacacionar en una playa y no en un río maloliente. Quisiera sacar un pasaje, viajar al exterior con su propio dinero, y tener un automóvil sin que nadie lo asigne. Un ciudadano al que le dicen que el imperialismo yanqui está en crisis, pero si el padre o el hermano no envían dinero desde el país de los malos, no vive con relativa decencia. A ese ciudadano no le han dicho que por tener educación y salud gratis debe pagar con su libertad e independencia; el costo del alpiste, las medicinas, contribuir por aprender a cantar cuando toque y por la seguridad dentro de su jaula.

¿Qué ha pasado con el ciudadano socialfeudalista? Ha tenido un periodo de formación ideológica-emocional intensa y extensa. Ha sido diluido en una masa amorfa, una Sombra en marchas y concentraciones para reverenciar al Padre-Estado. Y el Estado-Papá no puede renunciar a su ADN controlador porque ahí reside todo su poder y gloria. Como a un bonsái, al ciudadano le han podado con esmero las raíces; las ramas, pequeñas, no crecen más allá de la barda, no pueden dar al patio del vecino.

El moderno vasallo vive en la fantasía. La realidad no existe. O es una realidad construida, escindida, rota en pedazos en un puzle donde las piezas nunca terminan de encajar. Le dicen una cosa y sus ojos ven otra. Entonces sueña, suspira, y camina entre nubes… borrascosas. Le sorprende el éxito económico o científico del imperialismo —el mismo al que le queda poco tiempo de vida, con o sin coronavirus. No puede comprender por qué las remesas, las ropas, las de cajas de comida salen del mismo lugar de los malos, de quienes están en las últimas. No conoce ni su propia anatomía. Cree que se puede vivir toda la vida con el estómago a la derecha —situs inversus— mientras el cerebro permanece a la izquierda.

El hombre socialfeudalista busca la gratificación inmediata, no tiene futuro. Su día es hoy. Procurarse de lo que aparezca. Resolver. Ya veremos mañana. Y dado que es un ciclo recursivo, el ahorro, invertir en valores a futuro, carece de sentido. Nunca se debe lo que no se tiene. Lo de uno es de todos, y lo de todos, de Papá-Estado, quién manda y dispone. El cumplimento con los compromisos financieros no existe. La fiesta primero, el trabajo después… si acaso. Total, a nadie lo despiden. Y el que trabaja, no come, no resuelve.

La escala de valores del ciudadano tiene un peligroso trueque. Los valores de larga duración como la familia, la propiedad, las religiones o las ideas políticas y filosóficas van detrás de la Revolución y del líder, que aunque se haga llamar presidente, sigue siendo quien dicta la última palabra, o sea, es un dictador. El derecho a la privacidad es un contravalor: no existen los cerrojos, las puertas cerradas, las confidencias de sobremesa y de alcoba. Cualquiera puede ser el próximo chivato. El vecino tiene el derecho y el deber de espiar y denunciar a quien conoce de toda la vida. Si la policía viene a hacer un registro —sin orden judicial, por supuesto— ese vecino pasa de delator a testigo. En tal hacinamiento moral, promiscuidad de las ideas y los sentimientos, no hay espacio para asumir responsabilidades individuales.

Difícilmente pueda esperarse una respuesta madura, centrada en la realidad del peligro, al crecer en un ambiente de mentiras, de inmediateces y posposiciones de los deseos y los derechos humanos más sencillos. Frente a un peligro como la covid-19 caben conductas infantiloides, imprudentes. Como lo más importante es el presente, ahora… ¡a la cola, sin demora! Después a festejar, porque ha resuelto pollo y unas libras de papas. Toda una proeza que merece un ron compartido, a pico de botella, “mira, sin tapaboca ni ná”. Si alguien cae enfermo, para eso el Hambre-Nuevo posee el mejor sistema de salud del mundo. Que me curen, dice. Gratis. La Revolución no deja abandonado a ninguno de sus hijos —constatación de la relación edípica, neurótica, entre el Ciudadano Nuevo y el Estado Feudalsocialista.

Es lo que, con mucha pena, observamos en nuestros hermanos que emigran recientemente: se lo merecen todo, sellos de comida, salud gratuita, cash, educación sin poner un centavo, un trabajo donde no haya despidos. A los pocos meses, el ciudadano socialfeudalista se lamenta: este país no sirve, lo engañaron; esto es la llama, no la Yuma. Su mapa de emociones e ideas no tiene un rincón para otra realidad. Toda su geografía está poblada de falsas gratuidades y delirantes fantasías. Unos hablan de regresar. Acaso un puñado se dedica a resolver, creyendo, equivocadamente, que por no haber Comité de Defensa de la Revolución no hay ojos que lo observen.

En esa categoría de ciudadano están también nuestros profesionales de la salud, sin duda valiosos la mayoría, enviados ahora a los cinco puntos cardinales, como diría Nicolás, el Inmaduro. No hay uno que se niegue, que dude, que tema enfermar, dejar su familia detrás, sin protección ni alimentos. Desfilan con banderas y tapabocas verdes, como antiguos soldados romanos, dispuestos a morir por un monarca y un imperio creído el centro del Universo. El mundo conocido espera por ellos para salvarse, para ver la luz en el largo, oscuro túnel del individualismo y del odio. ¡Salve, Canel…!

¿Serán hombres y mujeres de otro planeta? ¿Son humanos, entendidos en sus naturales debilidades y miedos, en su absurda inmolación? ¿Cuál es el trato? ¿Oro humano por los espejitos de la potencia médica, la moral revolucionaria, el humanismo proletario? ¿Qué le pasa al ciudadano feudalsocialista cuando esos mitos y andamiajes opresivos se derrumban, flaquean ante una epidemia, la confrontación con la verdad y la vida real?

Una balsa vacía en medio del océano. Una bata blanca en un consultorio médico desocupado. Un pasaporte cubano tragado por el inodoro de un avión. Un correr desenfrenado hacia la frontera, sin mirar atrás, escapando de toda salación. Un concierto, un evento deportivo, una conferencia en el extranjero suspendida: el artista, el campeón, el profesor cubano ha desaparecido, sin hora y sin rumbo. La Sombra ha dicho basta y ha echado a andar… en el Más Acá.


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