Actualizado: 16/04/2021 17:58
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Exilio, Revolución, EEUU

El error de Fidel que dejó a La Habana sin una Trump Tower

Cabe señalar que la inexistente disposición del régimen continuista a transar con la comunidad exiliada es un reconocimiento implícito de su creencia en que la misma nunca debió de existir

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Suele pasarse por alto, pero el fin último de la revolución fidelista —de la cual el presente régimen político cubano se insiste es continuidad— era alejar a Cuba de Estados Unidos.

La revolución de 1959 fue en esencia el triunfo, tras casi cien años de sus luchas particulares, de la facción política cubana de la cual Enrique José Varona había descrito, en una acertada imagen poco antes de la independencia en 1902, su aspiración máxima: levar anclas, desprender a la Isla de su lecho marino, para arrastrarla al entonces ignoto Mar Antártico. En donde podría disfrutar de esa independencia abstracta total con la cual soñaban ya los protocastristas.

Cumplir con este fin de poner distancia de Estados Unidos imponía la necesidad de un régimen antidemocrático. La tolerancia no cabía en un proyecto político que impulsaba un cambio de rumbo tan radical en los destinos de todo un país. Por demás ligado fuertemente a Estados Unidos desde por lo menos la segunda mitad del siglo XVII, las guerras entre corsarios de ambas colonias y las primeras exportaciones clandestinas de mieles de azúcar cubana para las destilerías de ron de Nueva Inglaterra.

Por tanto, no faltarían los inconformes, con los que habría que tratar. Y no pocos, por cierto.

Podía haberse optado por meter a todos los inconformes en un GULAG, para allí diezmarlos y quebrarlos psicológicamente, “reeducarlos”, si usamos el eufemismo maoísta. Era en esencia la solución más aconsejable, pero no la más presentable. Sobre todo, para una revolución tan interesada en ganarse a la opinión del mundo de 1960, en la que el discurso secreto del XX Congreso del PCUS había dejado honda impresión.

Por ello se optó por una solución menos radical. Dado que el dilema planteado a los cubanos frente a la revolución fidelista era o sumarse a las filas de quienes estaban por la solución separatista, la cual esta intentaba imponer, o defender la opinión general anterior a 1959, de que Cuba debía mantenerse cerca de Estados Unidos, la solución resultaba obvia: a quien optara por lo segundo simplemente se lo dejaría marchar a Estados Unidos.

O sea, en esencia no se le imponía lo contrario, el alejamiento, al menos no en lo individual. Solo se le retiraba el derecho a opinar de los caminos que la colectividad cubana asumía a partir de ese momento. Una colectividad de la cual se lo excluía de manera automática. Ella misma reducida drásticamente a quienes opinaban, o aceptaban hacer como que opinaban lo mismo que el Líder Máximo del Distanciamiento.

¿Estás en contra de separarte de Estados Unidos? Bien, pues lárgate para allá tú y tu familia. Pero te advertimos que al hacerlo te privaremos de tu condición de cubano, y te trataremos como un apátrida antinacional.

Que en Estados Unidos se comenzara a formar una comunidad exiliada, y que con el tiempo esta pudiera determinar la política de Estados Unidos hacia Cuba no importaba. A fin de cuentas, el destino de Cuba parecía ser entonces el alejarse más y más de La Florida, hasta irse a fondear en la desembocadura del Neva, a la vista de Leningrado.

Sin embargo, un mal día de 1985 en Moscú comenzaron a soplar vientos de cambio, no compartidos por Fidel Castro, y a principios de los noventa Leningrado pasó a llamarse San Petersburgo.

Sin lugar a duda en febrero de 1962 la política de Estados Unidos hacia Cuba la determinaba el interés nacional de Washington, en medio de la Guerra Fría, de no tener un aliado de su archienemigo a 90 millas de sus costas. Además de en menor medida la presión de los grupos económicos americanos, cuyos intereses habían sido afectados por las nacionalizaciones del gobierno revolucionario.

Estos fueron los dos intereses determinantes tras el Embargo aprobado por el Congreso de Estados Unidos ese mismo mes. Casi 60 años después, sin embargo, los intereses principales que determinan su conservación, y en general la de la política de presiones de Washington sobre La Habana, son los de esa comunidad exiliada, a la cual tan despreocupadamente se le permitió comenzar a formarse en 1960. Una comunidad que, por demás, no ha dejado de crecer, mientras por el contrario la población de la Isla disminuye y envejece, en un evidente proceso de trasvase nacional.

En consecuencia, sin el asentimiento mayoritario de esa comunidad cubana en Estados Unidos no podrá en lo adelante conseguirse el consenso necesario para eliminar el embargo en el Congreso. Aun cualquier decisión del ejecutivo, con la cual no estén de acuerdo, quedará a merced de los vaivenes de la política electoral de Estados Unidos.

Por tanto, dos opciones tiene al presente el régimen que en La Habana se insiste continuidad de la revolución fidelista: o mantenerse consecuente con su pretendido continuismo y tratar de aumentar la distancia que separa a Cuba de Estados Unidos, o transar con la comunidad cubana exiliada en ese país y aceptar devolverle los derechos políticos, civiles y económicos a los que se vio forzada a renunciar cuando fue obligada a emigrar.

Es obvio, por demás, que la primera opción es hoy bastante irrealista, dado el hecho evidente de que no nos quieren a la vista de San Petersburgo y Shanghái, con ni remotamente la misma convicción que antes frente a Leningrado.

A fin de cuentas, este giro de ciento ochenta grados del régimen continuista, al intentar volver a acercarse a Estados Unidos, es también un reconocimiento tácito del error de la revolución fidelista de la que se pretende continuidad. A la vez que de lo acertado de la elección de aquellos que se opusieron desde un principio al alejamiento de Estados Unidos.

Cabe señalar, por otra parte, que la inexistente disposición del régimen continuista a transar con la comunidad exiliada es un reconocimiento implícito de su creencia en que la misma nunca debió de existir. Es por tanto también una crítica implícita a la revolución de la que se dice continuidad, por su blandenguería al no tomar las medidas apropiadas a tiempo: diezmar y quebrar psicológicamente en el GULAG y los paredones a los inconformes, pero nunca permitirles emigrar.

Porque resulta evidente que de haber sido Fidel Castro un tanto más consecuente, y un mucho más indiferente por la opinión pública, en tal caso un posible cambio de dirección futuro, del alejamiento a lo contrario, como el que terminó por darse, habría encontrado a un Estados Unidos más dispuesto a convivir con la intransigencia de la élite postcastrista.

Sin duda, en ese hipotético ahora que las decisiones de Fidel Castro hicieron imposible, tras el fin de la Guerra Fría o el paulatino olvido de lo embargado por los descendientes de los americanos afectados por las nacionalizaciones, y ya sin esa comunidad exiliada que en cambio habría sido “reeducada”, o enviada al cementerio con media libra de plomo en las entrañas, para el pasado 20 de enero la Torre Trump de La Habana ya habría estado muy adelantada…


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