Actualizado: 21/05/2018 9:09
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El extemporáneo regreso a Numancia de Pablo Guadarrama

El único apoliticismo que cabe criticarse es aquel que empuja a la población cubana a presentarse a votar para no meterse en candela, para no señalarse

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Teníamos en Santa Clara a un señor académico que pasaba por filósofo: El ilustre y sapientísimo doctor Pablo Guadarrama. Al menos lo teníamos hasta que un buen día, muy apolíticamente, el tal sujeto decidió abandonar esta Numancia en la cual según él se deciden los destinos del mundo, para irse a habitar en algún otro lugar donde no hubiera necesidad de sufrir las carencias inherentes a vivir en una plaza sitiada, o el omnipresente ruido de la siempre opresiva política que se practica al interior de las mismas.

Pero resulta que este compañero que nunca debemos olvidar nos abandonó en medio de lo peor del sitio, ahora vuelve a darnos consejos de intelectual bon vivant, con sus mejillas sonrosadas de la muy buena alimentación, su piel muy blanca, de quien hace décadas no asiste a uno de aquellos aterrilles bajo el sol tropical de mediodía a que a menudo nos convocaba el difunto Comandante, o sus atuendos inalcanzables para quienes también pensamos, pero desde el corazón mismo de Cuba, entre malas comidas, aguas contaminadas y trapos viejos.

En su edición del 6 de enero Vanguardia, el semanario que mi amigo Otilio Carvajal llama acertadamente Retaguardia, le cede nada menos que su segunda página completa a un artículo de este compañero: El apoliticismo, una forma de hacer política. O más bien deberíamos decir que Guadarrama accede a escribir un trabajo a encargo de la dirección del PCC en la provincia, para publicarlo allí, en su órgano oficial. Un trabajo con vanas pretensiones de ensayo, por demás muy sintomático, que demuestra en la evidente preocupación de las esferas de poder santaclareñas por el abstencionismo electoral la realidad de un problema al cual se le ha pretendido negar existencia en la retórica oficialista, y al cual, para ocultarlo, se ha llegado hasta el extremo de rebajar de lunes para jueves, de la manera más descarada, el número de electores inscriptos en el padrón electoral cubano.

Porque sin lugar a dudas el centro del trabajo de Guadarrama se descubre en las siguientes oraciones, y en los individuos sobre cuyas particulares actitudes se enfoca su crítica en ellas:

“Algunos presuntos ‘apolíticos’ se abstienen de ejercer el voto en procesos electorales o votan en blanco, y creen que con esta actitud expresan su valentía política, lo cual confirma que esto es un acto político.”

Y un poco más abajo:

“De manera que el presunto apoliticismo —que debe reiterarse no es tal, sino en realidad otra forma sutil de hacer política contestataria— en el caso de Cuba debe ser considerado en aquellos que lo practican una expresión de inconformidad con el sistema social elegido, mantenido y defendido por la mayoría de su pueblo.”

En esencia Guadarrama en su trabajo parece querer convencer, a quienes en Cuba justifican su abstencionismo electoral en un pretendido apoliticismo, de que tal actitud es política y por lo tanto un desafío abierto a la mayoría que supuestamente sostiene el actual sistema político cubano. O lo que es lo mismo, Guadarrama, como cualquier tenientico del G-2 encargado de “convencer” a los abstencionistas del barrio al cual se le ha asignado “atender”, intenta hacerles concienciar a quienes no votan y se justifican en el apoliticismo que tal cosa solo puede llevarlos a “meterse en candela”: así que caca muchachos, nos dice Guadarrama, y para las urnas en marzo, en lo posible muy temprano en la mañana, de preferencia al amanecer.

Teóricamente este posicionamiento de Guadarrama se explica en su concepción de cuál es la actitud política correcta, y cuál la apolítica, o incorrecta.

Para él las actitudes claves en política resultan ser el compromiso y la incondicionalidad. Comprometerse con un determinado partido y ponerse incondicionalmente a las órdenes de quienes lo dirigen, mientras que se trata a todos los que no hacen lo mismo como enemigos irreconciliables nuestros, es está la verdadera actitud política para Guadarrama. Por el contrario, comprometerse con la conciencia propia, y con una actitud en que se respete el derecho de quienes nos rodean de hacer lo mismo, es apoliticismo del peor. Una postura en que lo que en realidad se hace es servir, consciente o inconscientemente, a determinados poderes políticos interesados en dividirnos en individuos para así evitar que nos convirtamos en Masa, el verdadero agente político.

De más está decir que el propio Guadarrama, con su huida de esa Cuba-Numancia en problemas donde la Masa luchaba contra el asedio imperial, para salvaguardar mejor su individualidad propia, demuestra un grado de inconsecuencia tal con tal pensamiento que uno no sabe si cabría mejor calificarla (a la inconsecuencia) de sinvergüencería monda y lironda.

En verdad el único apoliticismo que cabe criticarse en Cuba es aquel que empuja a un significativo por ciento de la población cubana a presentarse a votar en unas elecciones como las parlamentarias, para no meterse en candela, para no señalarse y que te caigan arriba como ladillas con spikes. Unas elecciones parlamentarias en que los ciudadanos no tenemos derecho a nominar a los candidatos, sino que el propio gobierno se toma por nosotros semejante atribución, y en que para colmo bien pensados mecanismos electorales reducen al mínimo nuestra posibilidad de rechazar esas candidaturas impuestas.

Claro, semejante apoliticismo nunca será objeto de la crítica de Pablo Guadarrama. En un final él, como tantos en Cuba y aun en la llamada emigración de izquierdas, disfrutan de sus ventajitas materiales, o al menos de sus estatus, gracias a un sistema político que solo puede mantenerse gracias al apoliticismo inducido de la gran mayoría.


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