Actualizado: 20/08/2019 5:32
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Díaz-Canel, Alimentación, Asamblea

El (falso) dilema de la salchicha

Al plantearle el falso dilema de la salchicha en términos binarios, uno se pregunta si el presidente cubano no estará él mismo atrapado en esa telaraña insoluble del sistema

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No hay mayor mentira que la verdad mal entendida.
William James

El designado presidente de la República de Cuba, quizás más astuto que inteligente, más escurridizo que valeroso, ha presentado a los miembros de la comisión de Asuntos Económicos de la Asamblea Nacional, la siguiente alternativa existencial: alimentar por igual a todo un pueblo, o poner en el mercado el producto y que quien pueda lo compre. Miguel ha apelado al viejo recurso maniqueo de la trampa de perder-perder; si algún delegado soñoliento, desubicado, se le ocurre decir que es imposible alimentar a millones de personas con lo mismo —el presidente escogido habló de salchichas y pollos—, estaría retando el humanismo de la Revolución. Si el delegado añade —a esta altura exparlamentario— que el mercado es como una caprichosa chica cuyo comportamiento no siempre es predecible; es la demanda lo que condiciona la oferta, y en sentido circular, esto influye en el producto, su calidad y cantidad, el presidente escogido contestará que el compañero todo lo quiere resolver con los fetiches del neoliberalismo.

Desde que hay memoria revolucionaria, el recurso de la trampa psicológica ha sido empleado hasta el cansancio. No hay manera lógica de escapar a lo que los especialistas también han llamado Doble Vínculo, una situación en la cual cualquier respuesta que se dé al problema será para perder. Podríamos ponernos en los pies de un delegado del Poder Popular honesto, elegido por la gente, quien aún cree el sistema reformable y no ve otra opción —porque así le midieron la vista— para desarrollar el país que no sea la economía centralizada y planificada. Para mayor conflicto, y precisamente por su limpieza moral, está consciente de que algo distinto debe hacerse; hay hambre y muchas carencias materiales —tal vez sus dioptrías no le permiten percibir aún las escaseces espirituales. Ante el dilema de alimentar con salchichas a todo el mundo, o solo a unos pocos, ¿qué opción tomaría? Probablemente la primera.

Pero si ese delegado es miembro de la comisión de Asuntos Económicos de la Asamblea Nacional debe saber, por oficio o información, que la salchichería generalizada no es posible, incluso no es recomendable. En primer lugar, porque pretenden alimentar a personas, no animales. Habrá algunos seres humanos a los que no les gusten las salchichas, y otros pueden ser alérgicos, o de triglicéridos elevados. Y también habrá fanáticos de la conserva de carne —por cierto, admite todo lo que le meten adentro— que no se aburrirían de tres tandas diarias de embutidos. El segundo paso es que formará el mercado negro de la salchicha: a los que les sobran, las venden a quienes pueden comprarlas. De ese modo, y sin desearlo, el socialismo humanitario ha creado la peor economía de mercado, la más informal, desalmada e improductiva. Ciertas personas vivirán solo de vender —y robar— salchichas.

Si ese delegado honesto, especie cada vez más rara dado el nivel de domesticación, precisamente, gracias a la doble vinculación desde la infancia, se le ocurriera en un arrebato de vergüenza decirle al dizque presidente que está equivocado por las razones expuestas, el dirigente no tendrá necesidad de contestarle en persona; en la comisión económica hay suficientes listos para acusar al suicida político de fetichista neoliberal; una turba que a los ojos de Miguelito, no el de Disney, está necesitada conservar privilegios en un feudo cada vez con menos vacilones.

Lo que a muchos resulta sugerente, por decir lo menos, es que el designado mantenga el mismo lenguaje de sus predecesores; que en sus palabras no haya un resquicio de sensatez y reconocimiento de que la economía es una ciencia y no una política. Que los fetichistas neoliberales recomiendan la sana separación entre producción y gobernanza. Algo que los aliados de La Habana entendieron muy bien hace rato; en Moscú y en Pekín una cosa piensa el bodeguero y otra el politiquero. Ellos han comprendido que para que la gente se harte de salchichas, primero hay que producirlas, y después pagárselas bien a los obreros para que vuelvan a fabricar más y mejores embutidos; que haya tantas marcas de salchichas —competencia—, que el producto se acabe por barato y por saciedad, no por asignación presidencial y dieta única. En la comisión de Asuntos Económicos de la Asamblea Nacional cubana, ¿conocerán la historia de Henry Ford? El pionero de la sociedad de consumo pagó 5 dólares al día —hoy una fortuna— a los obreros de las fábricas para que ellos pudieran comprar su propio automóvil.

Al plantearle el falso dilema de la salchicha a la respetuosa comisión de especialistas de la Asamblea Nacional en términos binarios, doble vinculante, uno se pregunta si el presidente investido no estará él mismo atrapado en esa telaraña insoluble del sistema; si lo dice porque cree que con salchichas y pollos va a paliar las hambres cubanas, o simplemente desea continuar su odisea de sobreviviente, atado al mástil de las falsas dicotomías hasta que no quede a bordo ningún histórico vivo. La única manera de escapar al doble vínculo es ir a otro nivel cualitativo de respuesta, un cambio de segundo orden, una solución estructural, y esa ruta no existe dentro del Canelato hasta ahora.

Pero pongámonos ahora en sus pies ligeros, como ese Ulises tropical que es, quien atracó victorioso, solo, en la Ítaca del poder. ¿Podría Miguel decir otra cosa? Decir, es un ejemplo, que el humanismo de la Revolución no es repartirle un paquetico de cuatro salchichas a millones de personas, sino darle la oportunidad a millones para que tengan acceso a trabajos e iniciativas privadas, a salarios dignos, y así cada cual compre la salchicha que le dé la gana; que ahorrar y producir solo es posible cuando el dinero duele en el bolsillo propio —y, aun así, en el capitalismo muchos están endeudados hasta el tuétano; que el verdadero obstáculo al desarrollo —lo que causaría pavor a Milton Friedman y a F. von Hayek— es tener delante un auditorio lleno de mandantes, funcionarios y burócratas improductivos que nada deciden ni aportan.

Ningún delegado asambleísta ha sobrevivido para contarlo. Ni la prensa ni la televisión han tenido acceso en vivo y en directo, sin censura, a las comisiones de la Asamblea Nacional. Nadie sabe si el plenario o las comisiones legislativas son cámaras de frío que congelan las iniciativas ciudadanas, o incineradores donde unos pocos delegados valientes han luchado hasta achicharrarse. Todo se edita cuidosamente; los discursos son hilvanados con paciencia y sin saliva —supervisados en silencio. A pesar de la distancia que separa ambas orillas, geográfica e ideológica, se percibe desde acá la incertidumbre de no saber qué hacer con la economía doméstica, la deuda renegociada que no se paga, la estampida de los inversores, el Mariel que se oxida, los avestruces que no ponen y las jutias que se esconden, la doble moneda volátil, la acelerada construcción de hoteles de lujo en todos los solares yermos y barrios-miseria de La Habana.

De otra manera es difícil explicar la bobería del humanismo revolucionario y el fetichismo de la única doctrina económica que en verdad ha sacado de la pobreza a cientos de millones de seres humanos. Puede que ya sea hora de que alguien, un Hatuey redivivo, decida “quemarse”, y decir a quienes han embutido el pueblo cubano con “inventos” a veces indigeribles —la masa cárnica sin carne, el yogurt sin lactobacilos, el perro caliente frio y sin tripa, el café achicharado, el pescado cabezón y congelado, el pollo sin pechuga, alas ni pescuezo— que es hora de hablar en serio, de ser racionales, lógicos, y compañeros, empezar a pensar diferente, no ser egoístas, arriesgar las comodidades propias, las hazañas y las victorias pasadas. Los hijos y los nietos de todos los cubanos merecen algo más que un paquetico de salchichas al mes.


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