Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Militares, Ochoa, Angola

El general Arnaldo Ochoa que conocí

Han pasado años antes de que pudieran saberse algunas de las divergencias estratégicas entre el general Arnaldo Ochoa y Fidel Castro

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Desde el 21 de octubre de 1963, cuando tratando de realizar una infiltración por el cabo de San Antonio, en la provincia de Pinar del Río, se rechazó al famoso buque madre de la CIA nombrado REX, el alto mando de las FAR insistía en elevar la preparación de los pilotos cubanos para poder ser capaces de realizar ataques nocturnos contra objetivos navales. Misión muy compleja y peligrosa.

Las acciones contra el REX habían sido ejecutadas por un grupo de pilotos soviéticos muy experimentados, traídos especialmente por el Mariscal Savinski a pedido de Fidel Castro. Los pilotos cubanos no tenían todavía la debida preparación y experiencia para ejecutar estas acciones, y la máxima dirección del país prefería que fuéramos los cubanos los que cumpliéramos estas misiones de combate dentro de Cuba.

En el verano de 1966, me encontraba como jefe de la DAAFAR en la región oriental de Cuba. Los entrenamientos de los pilotos cubanos para detectar y atacar embarcaciones piratas durante la noche estaban bastante adelantados y preparamos el primer ejercicio, simulando completamente una situación real. Esta operación se realizaba por parejas de aviones. Uno de ellos, el líder, cuando llegaba a la zona donde se encontrara la embarcación enemiga lanzaba una bomba lumínica que iluminaba completamente el área y el piloto número, el que se conoce como Wing Man se lanza al ataque del objetivo. Una vez finalizado el ataque del número, el líder entra también al ataque y después abandonan juntos la zona.

El comandante Arnaldo Ochoa fungía como segundo jefe del Ejército Oriental —en aquel año todavía no se habían establecido los grados de general— y fue el encargado de preparar toda el área del ejercicio frente a la farola del morro a la entrada de la bahía de Santiago de Cuba. Ochoa era un fanático de la aviación y allí estuvo conmigo toda la noche de las maniobras.

Despegaron de la base aérea de Holguín los pilotos Tte. Manuel de Jesús Herrera como líder y Tte. Miguel Rodríguez como número, se le dan las coordenadas del objetivo y se dirigen volando a 2000 metros de altura para cumplir la misión. Ochoa y yo nos encontrábamos en la estación de radio R-824 en comunicación directa con la pareja. Diez minutos después descienden a 1.200 metros, el líder informa que se aproxima a la zona de acciones y ejecuta el lanzamiento de la bomba lumínica. El piloto número informa que tiene a la vista el objetivo; recarga los cañones y se lanza al ataque.

Se escucha una ráfaga larga y acto seguido, casi de inmediato un ¡BOOOOM!

—¿Qué fue eso? —Me pregunta Ochoa.

—¡Se clavó!

—¿Cómo que se clavó? ¿Qué es eso?

—Comandante, acabamos de perder al Tte. Miguel Rodríguez, esa explosión fue su choque con el agua —Le respondí gravemente.

Ochoa reaccionó de inmediato:

—¡Llama por radio al helicóptero y dile que vaya arrancando los motores!

Estuvimos volando varias horas en la zona tratando de localizar los restos del piloto. Los equipos de rescate por mar y aire que actuaron durante todo el día solo lograron encontrar algunos trozos de la goma inflable que hermetiza la cabina.

Al mediodía regresamos a la base aérea de Holguín para el análisis del accidente. Ochoa se encontraba muy preocupado con la moral combativa del resto de los pilotos.

Terminada la reunión, cuando me pidió que lo llevara hacia el helicóptero, me pregunta si teníamos un MiG-15 de doble cabina listo para volar.

—Tenemos cuatro, comandante! —Le respondí.

—Entonces, ¿por qué en lugar de ir en helicóptero no me tiras en Santiago en el MiG de doble cabina?

No pude ocultar mi sorpresa y sin esperar a mi respuesta, agrega:

—Del Pino, desde que te conocí en Camagüey cuando tú y Prendes llegaron con un escuadrón de MiG-15 he estado loco por montarme en un bicho de estos. ¿Por qué no matamos tres pájaros de un tiro, me llevas de regreso a Santiago y de paso cumplo ese viejo deseo?

—Usted me dijo tres pájaros de un tiro, ¿Cuál es el tercero?

—Levantar la moral de los pilotos, creo que ningún jefe se ha montado todavía en un avión de combate de doble cabina y después de este accidente me parece que ayudaría a superar la fatalidad y la tristeza que se nota en las caras de esos muchachos.

Me había sacado de paso con el “tercer pájaro”; reflexiono unos segundos y le contesto:

—Comandante, con los dos primeros pájaros no hay ningún obstáculo; con el tercer pájaro no se preocupe en lo absoluto, nosotros conocemos los riesgos de la profesión y aunque nos aflija la pérdida de un hermano de armas, en esta cofradía todos sabemos que vivimos en el filo de la navaja.

—¡Ustedes son todos unos locos, vamos pal’ avión anda! Contestó con su jovial vozarrón.

Me había dicho que quería sentir “las fuerzas de gravedades” del avión, que no lo tratara como una “jevita”. Pero como en este negocio la soga suele romperse por lo más fino, decidí esperar a estar sobre el aeropuerto de Santiago de Cuba para realizar las maniobras que lo hicieran sentir lo que deseaba, y si no lo veía bien, aterrizar inmediatamente. Ochoa tenía una fortaleza increíble, pero lo menos que deseaba era aparecerme con el comandante, segundo jefe del Ejército Oriental, desmayado en el asiento trasero de un avión de combate.

Por suerte todo salió bien, ni desmayos, ni afectaciones al corazón, ni tampoco tratamiento de “jevita” como me advirtió. Aquel indio corpulento, de seis pies y pico de estatura se bajó un poco aturdido, pero entero como un roble.

—¡De tranca, piloto! Ahora comprendo lo que me decías. —Me tiró el brazo por el hombro y susurrándome en el oído me dice casi imperceptible— ¡Deja que yo te coja en un tanque! —Reímos, y empapado en sudor se fue en su jeep.

Meses después Ochoa desaparecía, nadie conocía a donde lo habían enviado aunque todos lo imaginábamos. Le había tocado la aventura de la guerrilla venezolana, que comenzó en mayo de 1967.

Casi un año después de haber salido con vida de aquel episodio me lo encuentro en la Casa Central de las FAR, donde compartimos algunas cervezas. Ochoa no quería tocar el asunto de Venezuela hasta que le mencioné mi participación en el alzamiento contra el dictador Marcos Pérez Jiménez en enero de 1958. Fue muy parco, solo mencionó los trabajos que pasaron en las relaciones y coordinaciones con los venezolanos y algo que me llamó mucho la atención fue que Ochoa no quiso opinar sobre lo que ya se había filtrado, de cómo tuvo que cargar en sus espaldas por varios días al comandante Ulises Rosales del Toro para evadir los cercos a que eran sometidos por el ejército venezolano. Acción esta que indudablemente le salvó la vida a su compañero de aventura. Compañero que, paradójicamente, en un acto de cinismo sin precedentes, Fidel Castro escoge como presidente del tribunal de honor que lo juzgaría y que fuera factor clave en la decisión del consejo de guerra que lo condenaría a muerte.

A finales de julio de 1970 el jefe de la DAAFAR me comunica que Ochoa, esta vez recién nombrado Jefe del Ejército Occidental, solicitaba que yo lo acompañara en un reconocimiento del terreno sobre el río Cuyaguateje en la región de Guane, Pinar del Río.

La caravana pasa a recogerme por nuestro Estado Mayor en 19 y 84 del municipio Playa. Dispuesto a montarme en el tercer vehículo, veo a Ochoa haciéndome señas con el brazo para que me fuera con él en su jeep.

—Móntate, ahora te toca a ti el asiento trasero —me dice sonriendo.

—Bueno, pero suave con las gravedades —Le respondí.

En todo el trayecto hasta Guane, Ochoa me va poniendo al corriente de los objetivos del reconocimiento. En Miami estaba en plena efervescencia el Plan Torriente, en el que se anunciaba que decenas de miles de cubanos exiliados ya se habían inscripto para participar en la invasión libertadora. La inteligencia militar nuestra había ubicado varios puntos débiles en el terreno, donde una aventura como la que promovía dicho plan pudiera crearnos dificultades.

De acuerdo a la apreciación de la inteligencia, si el enemigo lanzaba una fuerza expedicionaria al oeste del río Cuyaguateje, en toda la región que abarca desde esa posición hasta el Cabo de San Antonio, resultaba muy difícil contra atacar con medios blindados si los puentes sobre el caudaloso río eran volados. Además, si solamente fuera capaz de consolidar sus posiciones por un par de días, la fuerza expedicionaria iba a contar en su territorio con una base aérea como la de San Julián, que se encontraba inactiva, por donde indudablemente podía penetrar la 82 División Aerotransportada para “evitar una guerra civil” como había sucedido en Santo Domingo.

Nos bajamos de los vehículos al llegar al puente principal y estuvimos caminando por toda la ribera oriental durante casi cuatro horas. Para mí, había quedado claro el objetivo del reconocimiento, lo que no acababa de entender que pintaba un piloto allí.

—Comandante, me da mucha alegría poder estar este tiempo con usted pero ¿dígame para que necesita el criterio de un piloto aquí?

—¿Te cansaste de caminar?, te dije aquella vez del vuelo, que te prepararas cuando te cogiera en un tanque.

—¿Dónde está el tanque?

—Eso quisieras tú, para no sudar la camisa.

—Comandante, nosotros morimos rápido, pero limpios. Meterse horas y días enfangándose para morir solo se le ocurre a los terrícolas como ustedes.

—Eres un cabrón jodedor, contigo no se puede —vamos a comer algo.

El chofer trajo sándwiches y un termo con jugo. Nos sentamos sobre unas rocas próximas a la corriente de agua y continué escuchando con atención la forma sencilla pero brillante con que Ochoa analizaba las más complejas situaciones.

—Fidel quiere que meta un regimiento de tanques permanente dentro de la base aérea de San Julián para evitar este problema que estamos evaluando ahora. La base tiene muy buenas instalaciones, barracas, comedores, instalaciones eléctricas, acueducto y todo lo que construyeron los gringos. No hay ninguna unidad regular allí que pueda protegerla, aunque tenga algunos avioncitos de entrenamiento checos. Pero no me gusta la idea.

—¿Por qué? —Le respondí.

—Piloto, si la dirección estratégica principal de las Fuerzas Armadas está en defender y rechazar los desembarcos marítimos y aéreos de Estados Unidos al este y oeste de La Habana, ¿cómo vamos a tener un regimiento metido a 200 kilómetros de distancia para contrarrestar una operación contrarrevolucionaria? ¿Me entiendes? Además, si se produce lo más peligroso, que sería contra la capital, entonces el problema es a la inversa. Vuelan los puentes y se nos queda empantanado del lado oeste del Cuyaguateje un regimiento de tanques.

—Dime una cosa, si construimos con bloques de concreto varios pasos sumergidos en el agua para que los tanques puedan pasar sin necesidad de construir puentes, ¿crees que el U-2 pueda fotografiarlos y saber dónde están?

—No puedo decirle, pero si se decide, después que los construya les tiramos unas fotos con un MiG de reconocimiento fotográfico y así podremos saber exactamente si los pueden detectar.

Pasamos la noche en Pinar del Río y aproveché para ver a la vieja y mis hermanos. Temprano en la mañana regresamos a la capital.

Esta actitud de manifestar abiertamente sus desacuerdos con cualquier medida militar que no considerara lógica, le ganó los calificativos de “charlatán” que Raúl Castro le endilgó durante toda la farsa que se montó contra él en junio de 1989. Los que conocíamos bien a Ochoa deducíamos las inquietudes que lo llevaron al choque frontal que desembocó en esta. Tomó algunos años hasta que pudieron saberse algunas de las principales divergencias estratégicas entre el general Ochoa y Fidel Castro.

En la intervención del gobernante cubano durante la reunión del Consejo de Estado para ratificar la pena de muerte al general Ochoa Fidel Castro mencionó pero nunca reveló cuales fueron las cuatro proposiciones estratégicas que le fueron rechazadas a Ochoa. Dijo el gobernante cubano el 12 de julio de 1989 en su intervención: “En el Estado Mayor tenemos los mapas, los planos, las flechas señalando las direcciones que proponía y las cuatro proposiciones elaboradas en distintos momentos fueron rechazadas en el Estado Mayor. Cuatro veces propuso decisiones estratégicas y ninguna de las veces se aceptó: Una con relación a Cuito, otra con relación al centro, otra con relación al avance por el sur y otra en la etapa final. Como jefe de la Misión, él era el que tenía que hacer las proposiciones y las cuatro se las rechazamos”.

Este antagonismo entre el Comandante en Jefe en La Habana y el jefe de la misión militar cubana en el terreno no era más que el reflejo de dos concepciones distintas y divergentes. Ochoa basaba sus proposiciones en la realidad objetiva netamente militar de que era fundamental asegurar la región central de Angola que se encontraba toda prácticamente en manos de los guerrilleros de la UNITA, que cortaban al país en dos, y no concentrar el grueso de las fuerzas en una ofensiva hacia el sur en dirección a Namibia, que indudablemente podría crear una escalada de la guerra con Sudáfrica de dimensiones incalculables.

Muchos obstáculos conspiraban contra las operaciones para un enfrentamiento de gran escala. En primer lugar hacía años todos los abastecimientos de las tropas en combustible y otros materiales esenciales para el combate debían ser transportados por aire o en caravanas fuertemente protegidas hacia todas las regiones del país ya que las guerrillas de la UNITA controlaban las áreas rurales. Baste recordar el AN-12 soviético derribado por la UNITA con misiles Stingers, despegando de Cuito Cuanavale después de transportar suministros vía aérea, antes de que se intensificaran los combates.

El abastecimiento logístico de armamentos y municiones provenía fundamentalmente de la URSS, a decenas de miles de kilómetros, y de Cuba al otro lado del Atlántico cuando los soviéticos se negaron a suministrar determinados medios de combate como sucedió con piezas de repuesto para los aviones o tanques auxiliares para los MiG-23.

Por su parte, Sudáfrica iba a librar la guerra en su propio terreno y con los abastecimientos logísticos esenciales a cortas distancias. Si la guerra se escalaba hasta un conflicto totalmente convencional entre Cuba y Sudáfrica, al penetrar nuestras tropas en Namibia hubieran quedado atrapadas y hasta posiblemente aniquilados decenas de miles de cubanos.

Al alcanzarse ese nivel de hostilidades ya no habría limitaciones para Sudáfrica en cortar totalmente los suministros a las tropas cubanas por mar hacia el puerto de Namibe (antiguo Mozamedes, no confundir con Namibia) en el sur; en esas condiciones ya no serían los hombres ranas como hicieron el 5 de junio de 1986 hundiendo la motonave Habana, serían los submarinos sudafricanos los que bloquearían el puerto. Por tierra solo tenían que dejarle como misión principal a la UNITA impedir todo abastecimiento logístico por las vías de comunicaciones terrestres que ya controlaban hacía mucho tiempo.

Ochoa tomaba en consideración que si en el intento de asistir a poco más de un centenar de cubanos sitiados en Cangamba, empleando dos columnas blindadas que salieron de Huambo y Menongue sin más interferencia que obstáculos naturales y poca resistencia de la UNITA, nunca llegaron a rescatar a los cubanos en Cangamba, porque se perdieron en el terreno y se quedaron sin combustible, mucho peor iba a resultar emprender una ofensiva hacia Namibia contra un ejército profesional, que los estaría esperando con fuertes agrupaciones de tropas que ya habían movilizado de las reservas.

En un terreno desconocido, desértico, con todas las deficiencias logísticas que siempre tuvimos, 40.000 cubanos, por muchos miles de FAPLA y SWAPO que hubieran podido reunir, resultaban insuficientes para una ofensiva de guerra convencional dentro del territorio de Namibia. Y no estoy teniendo en cuenta las siete bombas nucleares que poseía Sudáfrica en aquel momento, que podían ser utilizadas tanto por la aviación como por los cañones G5, disparándolas a distancia de 40 kilómetros.

Estas eran a grandes rasgos algunas de las consideraciones de Ochoa. Su gran error fue no comprender la frase aquella de Georges Clemenceau de que: “La guerra es un asunto demasiado importante para ser dejada a los generales”. Fidel Castro tenía sus propios planes. Se lo jugaría todo a una mano de póquer, esperando que su adversario pensara que tenía una escalera real sobre el paño verde del casino angolano.

De ahí que decidiera subir la parada y enviara al país africano un ejército de dimensiones totalmente desproporcionadas, para presionar por el fin de un conflicto que estaba a punto de ocasionarle la pérdida de su poder y prestigio y una catástrofe. Que más daba cuántos pudieran morir si la jugada no salía como pensaba y nuestras tropas sucumbían bajo un golpe nuclear del enemigo o como resultado de una trampa dentro de Namibia en la Operación Zorro del Desierto que le tenían preparado los sudafricanos. ¿No estuvo dispuesto en Granada a sacrificar centenares de hombres?

No quedaba otra opción. La Unión Soviética en manos ahora del reformista Gorbachov había decidido cortar con sus intervenciones en otros países. En el mes de septiembre de 1987, el viceprimer ministro soviético Yuli Vorontsov llega a Kabul para participar en las conversaciones entre Afganistán y Pakistán, para precisar el calendario de retiro de las tropas soviéticas[1] y para el 29 de enero de 1988, mucho antes de los principales combates en el sur de Angola, el ministro de Relaciones Exteriores de la URSS, Eduard Shevardnadze, anunciaba que las negociaciones sobre el retiro de la URSS de Afganistán ya tenían un acuerdo general.[2]

Ochoa era un líder natural, querido por todos. Tenía ese don insustituible que infunde respeto, admiración y voluntad de seguirle en cualquier situación por difícil que fuera. Para mí, no hay dudas de que entre otras causas, esta fuera la principal para ser devorado por Saturno.



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De pie de izquierda a derecha el entonces primer capitán Rafael del Pino, traductor soviético, comandante Raúl Curbelo Morales, jefe de la DAAFAR y el Mariscal Savinski jefe de la aviación interceptora soviéticaGalería

De pie de izquierda a derecha el entonces primer capitán Rafael del Pino, traductor soviético, comandante Raúl Curbelo Morales, jefe de la DAAFAR y el Mariscal Savinski jefe de la aviación interceptora soviética.