Actualizado: 26/06/2019 9:43
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Diversidad, Minorías, Represión

El inefable orgullo de ser Yo

Breve discurso contra el cada vez más extendido mal gusto de querer pertenecer a algo

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¿Por qué los gobiernos democráticos se preocupan más por los derechos de la comunidad LGBTI, o por la libertad de culto, que por la libertad de pensamiento?

En una sociedad en que el voto se ha universalizado para todos los adultos es una necesidad para los políticos que se legitiman en las urnas, y en la opinión, preocuparse por atraer a toda comunidad específica, determinada, que reclama que su forma de vida sea respetada y hasta aceptada dentro de la normalidad.

No ocurre ya lo mismo con respecto a quienes reclamamos libertad de pensamiento; por lo menos la verdadera libertad de pensamiento. Aceptémoslo: aquellos que en cualquier sociedad tienden a pensar por sí mismos, no en base a lugares comunes o tópicos, que realmente se asoman más allá de la normalidad, y cuya normalidad es de hecho mantenerse siempre suspicazmente a distancia de las tiranías de la opinión, no somos tantos.

Somos de hecho una exigua minoría, quienes a un escepticismo constitutivo que nos inhabilita para las formas más sencillas de gregarismo unimos una variedad tan infinita, contrastante y compleja de pensamientos, que no podemos estructurarnos en un frente común ni aun en situaciones límites en que peligra por completo nuestra existencia. Y es que por sobre todo somos individuos, por lo tanto, la más pequeña minoría posible. Una minoría que, más allá de nuestros alardes histriónicos, nunca se siente excluida. Porque a la verdad si alguien nos ha excluido hemos sido precisamente nosotros mismos: en sí la distancia, la exclusión, son precisamente nuestra esencia última. El pararnos a contracorriente de la multitud, que se mueve bovinamente en unísono en la dirección que marcan los de al lado, con el dedo del medio levantado sobre las cabezas ovinas que nos rodean, es la imagen de nosotros mismos que más nos atrae.

No somos, en fin, un grupo que reclama su parte en la normalidad, somos quienes la ponemos en duda. Por lo tanto, si a la larga es manejable para los gobiernos democráticos aceptar integrar a cada vez más y más minorías excluidas, ya no es lo mismo con respecto a los individuos que se dedican a cuestionar los fundamentos de toda normalidad, ya que es precisamente sobre una normalidad específica que se erige todo poder político. Es por ello que los homosexuales, o los evangélicos, pueden ser pasajeros tranquilos de cualquier régimen político, hasta el más abiertamente enemigo de la libertad de pensamiento, siempre y cuando en el mismo se les asegure su cuota de participación en la normalidad. La Cuba de Fidel, con su CENESEX o su Centro Martín Luther King, lo demuestra a las claras; la de Díaz-Canel y sus devaneos con los evangélicos, también.

Hasta ahora, algo ha impedido que se mande a cortar nuestras molestas cabezas, o prendernos fuego en alguna bonita hoguera: el hecho de que la Modernidad en sí, y por lo tanto de los actuales sistemas sociales, políticos y económicos que llamamos democracias basadas en el libre mercado, pero sobre todo el amado consumo de las mayorías, son precisamente resultado de la puesta en duda de la normalidad del Ancien régime por individuos a quienes en su momento se los quemó vivos, o se los amenazó con hacerlo. Esto, convertido en un tópico entre la gente afecta a la normalidad, ha dado lugar en Occidente a aquel otro lugar común sobre la utilidad de mantenernos vivos, y soportar en lo posible los desplantes de quienes nos hemos convertido a sus ojos en males necesarios: en un periodo histórico (La Modernidad), y en una civilización (La Occidental), en que aun a regañadientes el cambio ha sido aceptado como algo normal a la vida, y hasta imprescindible, todos de una u otra manera están conscientes de que los díscolos individuos somos necesarios.

Mas la realidad es que la Modernidad, y con ella los mitos asociados a ella entre la gente común, gregaria, que permitían la sobrevivencia de los individuos, retroceden en todas partes. Nada expone más a las claras la naturaleza oscura de los tiempos en que comenzamos a vivir que el ataque al monumento a Inmanuel Kant en Kaliningrado, o más bien que la manera liviana en que todos tomaron ese hecho trascendental: El asalto a la imagen del humanista, uno de esos escasos individuos en cuyo pensamiento ningún régimen opresor ha conseguido justificarse, a diferencia de lo sucedido con tantos otros y otros.

En estos tiempos en que Zaphod Beeblebrox ya no es el ficcional presidente de alguna Galaxia imaginada por Douglas Adams, sino de EEUU, no se nos mira igual. Son tiempos malos para nosotros, lo mismo en Cuba, en China, India, Rusia, Turquía que en el mismo corazón de Occidente, en que tantos claman ahora por el regreso a los tiempos anteriores a la “despreciable” Revolución Francesa, y a los valores de autoridad y honor, de orden y familia.

Recuerdo que la última vez que estuve preso, en Placetas, en la mañana nos formaron para recibir la visita de la fiscal del municipio. Cuando llegó hasta mí la señora, de unos inhabituales ojos claros en este país, me preguntó la razón de mi encarcelamiento. Mi respuesta fue muy corta:

—Por pensar.

—Por eso no se mete preso a nadie en Cuba —me respondió algo incomoda.

—¿En qué mundo vive usted? —le respondí a mi vez, sin soltar a aquellos ojos de un azul inhabitual para mí –En este, si a alguien se persigue y encarcela es precisamente a quienes pensamos.

Y es que pensar por uno mismo, engolfarse adentro de uno, para desde allí buscar las respuestas a esas preguntas que nos persiguen y nos saltan constantemente al paso, no buscar integrarse a cierta manada, para en ella adoptar las respuestas pre-elaboradas disponibles en toda asociación tomada sin suspicacias y la saludable cuota de escepticismo, es la más temida arma por todos los poderes de la Tierra, y por qué no, del Cielo. No olvidemos nunca que en la cuna de la democracia, Atenas, se juzgó y condenó a muerte a Sócrates por andar el día entero socavándoles las bases de la normalidad a los afectos a ella.

Mas si realmente pensamos por nosotros mismos el retroceso de ciertas mitologías modernas, o incluso los ataques a los fundamentos de los tan llevados y traídos derechos humanos esos, no debe llevarnos a renunciar a existir: o sea, a pensar por nosotros mismos.

Para ser realmente consecuentes, estemos claros de algo: No aceptamos agradecidos un derecho a pensar libremente. En primer lugar, nadie, ni nada, tiene el poder para hacerme esa “graciosa” concesión. Ni un Dios, ni mi pertenencia a un supuestamente más evolucionado grupo racial, o a una cultura determinada, o a un consenso alcanzado por alguna comunidad. Si de verdad pienso por mí mismo lo hago porque me es una necesidad existencial, y punto. Es ahí, en la voluntad de cada individuo, dispuesto a aceptar las consecuencias de ser él, donde radica la verdadera razón de la libertad de pensamiento.

No nos engañemos, como concesión externa la libertad de pensar que se nos concede no es más que el derecho a pensar lo que alguna opinión impone como lo normal, los pensamientos que alguna manada nos entrega como uniforme de esa asociación.

No pensamos libremente porque algún artículo en una rimbombante Declaración de Derechos Humanos lo permita, sino porque es el pensar libremente lo que me define como algo que existe. Cuando entendemos eso comprendemos a su vez las razones de Descartes para soltar su conocida frase: “Pienso, luego existo”, quien no por gusto no sostenía que “hago bulla, luego existo”, o “soy homosexual, luego existo”, o “creo en mi tiránico pastor evangélico, luego existo”…

Antes de terminar permítaseme dedicarles un aparte a los fans del honor y la autoridad: el único honor verdaderamente humano es poner en duda a toda autoridad, sostener que la única autoridad legítima es nuestra conciencia. Lo demás es volver a la muy extendida esclavitud de los tiempos anteriores a la Revolución Francesa.


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