Actualizado: 20/11/2018 18:13
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Constitución, Cambios, Referendo

El neoconstitucionalismo y la vieja dictadura de siempre (III)

Serie en ocho partes

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Con ese cambio de táctica concebido en el Foro de San Paulo, se trataba de explotar la propia vía democrática para reventar desde adentro las mismas repúblicas inadvertidas e ingenuas, todavía necia y perseverantemente convencidas de que en el juego democrático todo se acepta, y además que todo el mundo es bueno, si es demócrata… o dice serlo. Esta es una percepción falsa y peligrosa, pues debilita a las democracias en su propia constitución interna, y expone su flanco a los ataques más arteros: no las atacan desde afuera, sino desde adentro de su mismo organismo. Es mucho más peligrosa, invasiva y dañina la extirpación de un tumor interno y sus posibles y temibles ramificaciones, que la cauterización de un forúnculo externo ya encapsulado.

En cierto sentido, es lo mismo que hizo Lenin con la República Democrática Rusa de Kerensky, surgida en febrero de 1917, hasta que consideró propicias las condiciones para asestar un Golpe de Estado, que no otra cosa fue la mal llamada Revolución de Octubre, con la cual se implantó la ferocidad criminal del bolchevismo, que hizo parecer inepta y hasta bondadosa a la represión zarista: no fueron los comunistas sino los liberales rusos quienes derrocaron el sistema feudal, y con este triunfo los mismos demócratas resultaron quienes abrieron la puerta de su propio sacrificio a manos de los segundos. Es un hecho indiscutible que, en las condiciones habituales del autocrático imperio ruso, los comunistas nunca habrían podido apoderarse del gobierno.

Los agentes zaristas tenían al menos un freno de contención ética, impuesto por la misma religión ortodoxa; los posteriores sicarios leninistas comunistas no tenían otro límite para su crueldad que su propio fanatismo ateo. Nunca, en los 700 años de historia de la dinastía Romanov, se había eliminado físicamente a una familia completa de mujicks desarmados cumpliendo órdenes directas del zar; pero en el sótano de una siniestra casona de Ekaterimburgo, fue despachada fría y rápidamente no sólo toda la familia del emperador, a manos de un comisario político y sus secuaces, sin el menor escrúpulo de conciencia, después de recibir un perentorio telegrama de Lenin dictando la condena inapelable, que sumó mujeres y jóvenes y hasta un niño sifilítico semimoribundo, sino además a varios sirvientes totalmente ajenos, incluido un desventurado médico sin ningún lazo familiar, pero quienes tuvieron la mala fortuna de estar allí cumpliendo con su deber profesional.

La terrible Ojrana zarista resultó hasta más pudibunda y benévola que la Tcheka leninista; de hecho, los segundos copiaron muchos de los métodos de los primeros, y hasta los perfeccionaron, de tal modo que el instrumental de persuasión fue trasladado sin mayor tropiezo desde la calle Fontanka 16 en San Petersburgo hasta la tenebrosa Plaza Lubianka, en Moscú. Las Kátorgas zaristas se acoplaron armónicamente y se expandieron notablemente a través de las islas y lagos posteriores del dilatado Archipiélago Gulag, concebido desde la época de Lenin y detallado hasta la crueldad más refinada por Stalin.

Ese nuevo programa para América Latina concebido e impulsado desde el Foro de Sao Paulo, originó una marea de movimientos populistas carismáticos –vieja tradición latinoamericana, aún desde antes del Conselheiro vargasllosiano y los imitadores posteriores- de adánicos iluminados, mesías, redentores, profetas y sacerdotes de un nuevo “tiempo de liberación”. Todos estos (los que han sobrevivido y alcanzado su objetivo), al final se han convertido (en realidad, han mostrado su verdadera cara), en monstruosos dictadores en ciernes, pero generalmente aceptados por una gran parte de la opinión mundial, manipulada por los medios de comunicación, pues son de “izquierda”, lo cual quiere decir (o interpretarse) que su “intención es buena” y por tanto los exculpa, ya que la maldad que demuestran sólo la hacen “por el bien del pueblo”: se sacrifican en el poder para servir a los demás… Es la justificación que se ha escudado tras la llamada Agenda del Bien: en su nombre no sólo se cometen todos los crímenes, sino que estos, cuando resultan evidentes e innegables, son absueltos y presentados como “males necesarios”, asumidos como el precio a pagar por “un bien mayor”.

Aunque esta variedad perniciosa parecía haber llegado a su tope, con el cercano derrumbe del modelo en países latinoamericanos de democracias más avanzadas como Argentina, Chile, Uruguay, Perú, Paraguay y Brasil, no sólo persiste en otros, con la cerrada obcecación de un Maduro, un Morales y un Ortega, y hasta de un periclitado pero nostálgico enviciado de poder Correa. La silueta de Castro II se inscribe en una ecuación aparte, pues además de haber gestionado el comienzo del método —primero siguiendo a su hermano mayor, y luego por su congénita condición tiránica y conspirativa— logró desde mucho antes —casi 60 años— un control social, político y económico completo, absoluto e inmediato, con una efectiva aplicación de golpes consecutivos y demoledores contra la ya precaria democracia cubana (dinamitada desde adentro por sus mismos defensores y beneficiarios), en un contexto nacional e internacional difícilmente repetible hoy, y que lo favoreció mucho.

Hoy, continuando un proceso de enmascaramiento que le permita no desentonar demasiado de los buenistas tiempos actuales, el gobierno castrista ha emprendido una operación de maquillaje superficial, para tratar de ocultar bajo varias capas de afeites epidérmicos su profunda esencia represiva y tiránica. Esa “reforma” no está siquiera hipócritamente dirigida a sus ciudadanos: el verdadero destinatario de esa burlesca payasada son los inversionistas extranjeros, de quienes requiere desesperadamente el régimen para subsistir. Esta apariencia, “una sombra, una ficción” de legalidad, quiere ser el reclamo publicitario para obtener alguna confianza de los empresarios no cubanos, que garantice, aunque sea mínimamente, sus aportaciones y respalde y tranquilice su codicia con la protectora cautela necesaria.

Después de suprimir la Constitución de 1940 (que estaba plenamente vigente el 1 de enero de 1959), sustituyéndola por una Ley Fundamental muy similar a la que impuso Fulgencio Batista en marzo de 1952 —la cual sostuvo apenas por dos años, cuando reinstauró plenamente la Carta Magna— el castrismo gobernó a sangre y fuego imponiendo la razón de la fuerza sobre la fuerza de la razón, hasta que consideró conveniente adoptar camaleónicamente un atisbo de cierta legalidad, en un burlón proceso de institucionalización dictado desde Moscú, con la Constitución de 1976, cuando se completó y se hizo evidente la supeditación del gobierno insular a los designios hegemónicos de la Unión Soviética, a la que se dedicó un bochornoso párrafo de servil agradecimiento en el propio texto constitucional (atroz humillación nunca vista antes ni después, ni en ninguna otra parte del mundo).

Poco importa si el modelo del engendro cubano fue la Constitución Soviética de 1936 (llamada “la de Stalin), o la búlgara de 1971 (conocida como “la de Todor Zhivkov”): a todas les es común el mismo espíritu totalitario y represivo. De hecho, la mascarada insular de 1976 se anticipó en un año a la reforma soviética en 1977, apresurados los “legisladores” cubanos en complacer al munífico señor que financiaba las cuentas siempre deficitarias. Y así se sirvieron de ese artificio hasta que, con el mismo desmoronamiento de su generosa aliada y protectora, se impuso añadir una antimarxista irreversibilidad de la tiranía, abruptamente injertada en el pseudo texto constitucional, ante el golpe recibido por el Proyecto Varela impulsado valientemente por Osvaldo Payá, que logró reunir —sin otro resultado inmediato que la iracunda reacción de la tiranía— 10 mil firmas solicitando una consulta popular plebiscitaria.


Plaza Lubianka, en Moscú, RusiaFoto

Plaza Lubianka, en Moscú, Rusia.