Actualizado: 06/12/2019 17:18
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Prensa, Censura

El periodismo cubano, esa entelequia

Mientras la prensa cubana no asuma el verdadero reto de llamar las cosas por su nombre, continuará tratando de acercarse, no a la descripción de la realidad, sino a una entelequia, por cierto, cada vez más inexistente

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Sobre las chapucerías escribe en el periódico Granma la destacada intelectual Graziella Pogolotti. El artículo aparecido el 11 de septiembre ocupa la mitad de la tercera página y es obviamente un intento por mejorar la calidad de un periodismo que hace muchos años perdió el rumbo y quedó atrapado en la (mala) redacción de trabajos de corte triunfalista, omisores de la parte de la realidad que resulte inconveniente para el Gobierno y apaciguadores de casi todas las verdades que puedan resultar incómodas.

Sin embargo, el trabajo de Graziella Pogollotti, muy bien escrito por cierto, arroja luz sobre varios aspectos de un problema que golpea a casi todos los cubanos y es la mala calidad de productos o servicios que se deterioran cada vez con mayor rapidez.

Pogollotti expresa que la falta de profesionalismo podemos encontrarla en todas partes y que las causas de la chapucería son varias porque se ejecutan “tareas de manera mecánica”, “para salir del paso”. También acota: “El descuido de la educación en el hogar y en la escuela es fuente de desidia con su consecuente repercusión en la conducta chapucera”. Y considera muy necesario rescatar las nociones de respeto, en primer lugar por la propia dignidad. Finaliza con la afirmación de que, “la felicidad duradera dimana de la luz interior (…) y se fortalece con la satisfacción por haber cumplido del mejor modo la obra de la vida”.

Sin embargo, al inicio de su trabajo se remite a una experiencia personal: hace más de setenta años conserva un mueble que le construyó un carpintero, todavía sólido y brillante. Dice que el carpintero “ganaba unos pocos pesos, lo suficiente para mantener a la madre viuda y a su esposa (…), trabajaba bien, porque sentía orgullo profesional”.

No pongo en duda el talento de aquel carpintero pero, según las propias palabras de la articulista, ganaba poco y eso le resultaba suficiente para mantenerse él y su familia. Pero lo que sí no se aborda en el artículo es que en Cuba el trabajo hace mucho que dejó de tener su verdadero valor, razón por la cual el trabajador estatal, mayoritario aquí, no recibe un salario que le permita subsistir con dignidad.

En la parte inferior de la citada página de Granma apareció otro artículo firmado por José A. de la Osa bajo el título “Aumentan accidentes en el hogar en menores de cinco años” y versa sobre el reporte del incremento de accidentes ocurridos en el hogar según informó la pediatra Milagros Santa Cruz Domínguez, coordinadora del programa de Prevención de accidentes en menores de 20 años, adscrito a la Dirección Nacional Materno Infantil del Ministerio de Salud Pública. Concretamente, se refiere a un aumento de las muertes por accidentes prevenibles con respecto al mismo período del pasado año.

La especialista afirma que “no es fácil estimar la incidencia real de lesiones en la población infantil”, pero considera que las personas a cargo de los infantes muchas veces desconocen las características de la etapa vital por la que están transitando los pequeños para poder evitar la ocurrencia de accidentes. El artículo termina con un llamado a ganar en percepción de riesgo y con diez atinados consejos que previenen la ocurrencia de accidentes.

Los dos artículos publicados en la misma página del principal periódico cubano no tienen relación aparente. Uno trata sobre la chapucería como algo inexplicablemente extendido en nuestra población —¿cada generación que nace es más chapucera?—, y el otro, sobre la importancia de prevenir accidentes que afecten la salud y la vida de menores que, lejos de disminuir, aumentan a pesar del esfuerzo que el Estado realiza en la implementación de programas avalados por el Ministerio de Salud pública y los medios masivos de comunicación.

Y aunque la intención de los articulistas sea loable pues, en definitiva, intentan incidir sobre la calidad de vida de las personas, no puede existir mucha mejoría cuando no se pueden llamar las cosas por su verdadero nombre.

Tanto la chapucería como el descuido irresponsable que pone en peligro la vida de los más pequeños no es solo falta de vergüenza de una persona o de varias ante su trabajo o su deber filial más elemental: es también el resultado de años de desesperanza, de deformaciones por falta de logros personales o de auténticos estímulos, de la evasión a toda costa en el lugar en que debía prevalecer el rigor y el amor por lo que nos continúa.

Mientras la prensa cubana no asuma el verdadero reto de llamar las cosas por su nombre, continuará tratando de acercarse, no a la descripción de la realidad, sino a una entelequia, por cierto, cada vez más inexistente.

Por lo pronto, en lo que esperan infinitamente que les llegue la autorización, no dejen de hacer un recorrido por las calles de La Habana. Ahí encontrarán la realidad que no aparece en los periódicos.


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