Actualizado: 17/10/2017 10:31
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Humor

El poder de la crítica

El nuevo llamado a la discusión impulsado por el subcomandante Castro 'in situ', debe parecer a los cubanos, en fin, el mal.

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Llegan desde la Isla noticias que podrían despertar la ilusión de nuestros compatriotas. No, no me refiero al estado de salud del Comandante, que es más o menos como el del transporte: malísimo, pero a cada rato pasa una guagua para convencernos de que aún existe. Pienso en la nueva convocatoria para que expresen "con valentía y sinceridad" sus opiniones sobre el funcionamiento del país.

Desconfío de esa iniciativa, como cualquier marido ante la convocatoria de su esposa a hablar "con valentía y sinceridad" sobre cómo luce ella. "Háblame claro, cariño. Te prometo que no me voy a molestar en lo más mínimo". Sobre todo si la mujer tiene un montón de tipos presos porque le han dicho espontáneamente que está infumable o que les gustaría pedirle el divorcio.

De seguro, los cubanos no somos todo lo inteligentes que nos creemos, pero no tan estúpidos como para decirle al subcomandante Castro in situ todo lo que pensamos. Encima, el vicepresidente Carlos Lage pide que las críticas se hagan "con nombre y apellidos", que —dada la notoriedad de los apellidos— es la manera más elegante de decir que no se hagan.

Se supone que en esas reuniones se hable de que el transporte está malo, como si fuera un fenómeno perceptible a simple vista, pero no le pasará a nadie por la mente decir que prefiere que cambien al chofer que nos ha metido en un bache del que llevamos décadas tratando de salir.

De los baches también se podrá hablar, pero si la gente pasa de ahí estaría en peligro de ser confundida con el enemigo: no importa que la CIA no los tenga en su plantilla o que no pertenezcan a ninguna organización vendida al oro de Miami. Si a los encarcelados, para demostrar sus tratos con el enemigo, les sacaron una computadora, una silla plástica o un libro de discursos de Martin Luther King, que tire la primera piedra aquel al que no le puedan sacar una silla plástica, una antena parabólica o un disco de Willy Chirino.

Si el presidente sustituto —o presituto— está realmente interesado en que la gente le diga lo que piensa, sin temores de ningún tipo, debería celebrar esas reuniones con los que no tengan miedo de caer presos. Me refiero a los que ya están presos, y no sólo los que lo están por decir lo que piensan, sino todos. Da igual por lo que hayan caído, porque los presos siempre se obsesionan con tres cosas de las que al menos dos de ellas le vendrían muy bien al resto de sus compatriotas: la comida y la libertad.

La tercera es el sexo, y no digo que no le venga bien a cualquiera, pero en cuanto a eso la gente de afuera más o menos se las va arreglando. Tampoco insinúo que los presos no tengan sexo, aunque sospecho que les gustaría poder contar con más opciones. Más o menos lo mismo que les pasa a sus compatriotas con el resto de las cosas.

'La furia de Zapatero'

Definitivamente, uno no puede culpar a los compatriotas por la falta de entusiasmo ante esta convocatoria a una discusión de los problemas del país. Tanta es la falta de costumbre, que ese llamado a una discusión abierta, democrática, debe parecerles, en fin, el mal. Si quieren opiniones sinceras, que se las pidan a los extranjeros que tienen la ventaja de vivir lejos, como es el caso del presidente español José Luis Rodríguez (El Puma) Zapatero.

Sí, parece que El Puma se ha tomado en serio el llamado a la crítica, y fue a la ONU y habló de la necesidad de cambios democráticos en Cuba (en realidad, es mi traducción libre, porque el español dijo que deseaba que Cuba avanzara hacia un sistema en que "la participación de la ciudadanía sea la constante").

Luego, el periódico ABC publicó que Zapatero ha hecho comentarios a sus íntimos de que el régimen cubano no le cae nada bien. Y un par de días más tarde llegó la noticia de que firmaba un convenio de cooperación para otorgar a su criticado régimen 20 millones de euros. A eso le llama la diplomacia española "proceso de enfriamiento de las relaciones bilaterales", dando al famoso concepto de "la furia española" una dimensión digamos que postmoderna.

Con esos precios me ofrezco voluntario para que Zapatero me enfríe las relaciones bilaterales. Si le gusta promover la paz, le garantizo que haría una inversión mucho más rentable si me da ese dinero. Mientras que al gobierno cubano esos 20 millones de euros le servirían para armar de cabillas y pulovitos a todas las brigadas de respuesta rápida (más la gasolina del transporte) para repartir golpes a diestra y siniestra, le aseguro que si recibo esa cantidad no pienso dar un golpe el resto de mi vida.

Mucho me temo que los euros serán para los tipos más agresivos. Ese ataque con críticas y millones de euros al gobierno, sospecho será el primer paso de una nueva estrategia de presión de la Unión Europea, cuyo momento culminante será cuando se acuerde llamar públicamente al régimen cubano "dictadura sangrienta", y de inmediato entregarle un trillón de euros. Este nuevo tipo de estrategia diplomática, en atención a su creador, pasará a la historia con el nombre de "La furia de Zapatero" o "el Zapaterito valiente".

Si Zapatero hubiera dirigido el PSOE durante el franquismo, su principal táctica de lucha consistiría en llamar a Franco "tirano detestable" y luego inscribir a todos sus militantes como voluntarios en la construcción del Valle de los Caídos. De los presos cubanos Zapatero no habla, porque al igual que los homosexuales iraníes, o las abuelas negras, no existen. "Y si existen, que les den por saco", pensará Zapatero. Después de todo, quién los manda a criticar si después no regalan 20 millones para compensar.


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