Actualizado: 24/11/2020 19:05
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Economía, Ventana del lector

El problema con las jabitas

Los afortunados que pueden viajar “se ponen las botas”, como se dice en buen cubano, porque en “los países”, en las tiendas, te dan las jabitas gratis

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Hace ya mucho tiempo que escasean las jabitas en las tiendas que venden en “moneda libremente convertible”. Pero el asunto ha empeorado drásticamente en los últimos meses y se ha convertido en tema de conversación en las calles y hogares habaneros. Nadie escapa a esta preocupación, ni los matemáticos, cirujanos, cibernéticos, intelectuales, maestros, obreros de todo tipo, cuentapropistas y hasta las monjitas y los curas. Es algo que preocupa a todos los niveles y se envían cartas a los periódicos y el asunto se trata en la televisión y la radio.

Creo que debo explicarme mejor pues me parece que, quizás, no me entienden. Las jabitas son esas bolsitas donde a usted le ponen los artículos que compra en los supermercados, tiendas de ropa, zapaterías, etc. En “los países”, generalmente, llevan el nombre de la tienda, para que, al mismo tiempo que usted carga con su compra, vaya haciéndole propaganda al lugar donde la efectuó. Por ejemplo, en Walmart, usted sale con su jabita que dice Walmart. O en La Casa del Libro, en Madrid, usted sale, igualmente, con la jabita que anuncia esa importante librería.

Pero aquí no es así. Las jabitas han desaparecido, como por arte de magia, de absolutamente todas las tiendas y entonces usted tiene que prever esta situación pues si quiere comprar algo, digamos, a la salida de su trabajo, no puede olvidar la jabita porque entonces, o no podrá comprar o se lo tendrá que llevar en sus manos. Por supuesto, no siempre uno recuerda este detalle y, si insiste en comprar algo, tendrá que ser un solo producto, disminuyendo así las posibilidades de venta de la tienda, algo que, parece ser, a nadie le importa. A veces se encuentra con un alma caritativa que, en un acto de extrema generosidad, le regala a usted una jabita, pues ha sido tan precavido de llevar dos.

Entonces, ¿qué hacer para resolver esta situación? Al Estado no le interesa porque tiene que ocuparse de otras cosas más importantes como es la lucha contra la corrupción, ese flagelo que resulta más peligroso, han afirmado, que la mismísima contrarrevolución externa e interna. Pero a nadie parece preocuparle que, misteriosamente, las jabitas aparezcan, nuevas de paquete, incluso con diferentes colores —blancas, rosadas y azulitas— en los agros. Osadas jóvenes (porque claro, esto es ilegal y la policía no te puede coger en eso) venden las jabitas, las que usted quiera, a un peso (moneda nacional). También las venden los viejitos, en cualquier calle de la ciudad. Esas jabitas no anuncian nada, ninguna tienda, nada, son, simplemente, jabitas sin ningún logotipo, jabitas mondas y lirondas. Quizás, si uno se detiene un momento a pensar en esto, podría llegar a la conclusión de que, si se investigara un poco, quizás, quién sabe, se podría llegar hasta algún funcionario/os corrupto/os que desvían este valioso producto hacia manos inescrupulosas y así obtienen importantes ganancias netas y, de paso, le “resuelven” un problema a estas personas. Pero parece que no, que es algo irrelevante que se las roben, sin más ni más, de la fábrica.

Lo que se hace es lo siguiente: las jabitas se reciclan. Usted va al agro a comprar con su jabita, llega a su casa, la lava y la pone a secar. Si viene de una “chopin”, no la tiene que lavar porque no se ha ensuciado. De todas formas, siempre hay que comprar jabitas en el agro pues, como es de suponer, se van deteriorando con el uso, aparte de que cada vez las hacen más finitas y menos resistentes, con el peligro de que si compra algo de cristal, se le puede caer y romper al desfondarse la jabita. Todas las jabitas no tienen el mismo uso. Están las jabitas para la basura y las jabitas para las compras. Hay algunas personas, las obsesivas, que doblan las jabitas de tal forma que casi no ocupan espacio, las estiran y doblan cuidadosamente, es casi un arte de doblar jabitas y usted se la puede meter en un bolsillo sin ningún problema. Hay otras personas que no, que las guardan, simplemente, en la cartera o maletín sin preocuparse mucho en qué estado queda su jabita.

Y los afortunados que pueden viajar “se ponen las botas”, como se dice en buen cubano, porque en “los países”, en las tiendas, te dan las jabitas gratis (no hay que ponerse a pensar si en el precio de los productos está incluido algún porciento para cubrir el gasto de fabricación, de eso se ocupan los capitalistas que saben de eso y no es nuestro problema) y puedes traer muchas porque no pesan y no se corre el riesgo de recargar el exceso de equipaje de toda maleta cubana que se respete. Hay jabitas de todos los tipos y tamaños: grandes, como para guardar la ropa de invierno, resistentes, para poder trasladar objetos pesados, jabitas, incluso, con el teléfono de la farmacia, por ejemplo. Y hay jabitas tan bonitas que esas se guardan para los regalos.

No sé si han entendido bien, espero que sí. Y, por supuesto, si planea viajar a Cuba, vaya guardando sus jabitas, será un regalo barato y muy apreciado por su familia y amigos.


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