Actualizado: 02/08/2021 20:25
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Protestas, Oposición, Castrismo

El pueblo cubano ha entrado en una tercera y decisiva etapa de lucha por su libertad

La oposición a Fidel Castro es tan antigua como su llegada al poder

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Aplastados los cubanos por un sistema represivo cuya eficacia ha hecho creer a muchos dentro y fuera del país en la eternidad del castrismo, la rebelión popular iniciada este domingo en la tarde significa, por sus características únicas en estos 62 años de dictadura, la tercera y última etapa de una larga lucha por la libertad.

Sobresalen dos factores de cuyas evidencias no hay dudas: la masividad y rápida extensión del levantamiento, que en escasas 6 horas abarcó todo el país, reportándose al menos 20 localidades del oriente al occidente, sin faltar las principales ciudades: La Habana, Santiago de Cuba, Holguín, Villa Clara y Guantánamo.

La confirmación por video de manifestantes en Nueva Gerona, capital de la Isla de Pinos, renombrada por el régimen Isla de la Juventud, obliga a decir que hay rebelión popular en todo el archipiélago cubano.

El segundo factor radica en las consignas gritadas a pecho por el pueblo, casi ausentes los carteles u otros medios expresivos —únicamente banderas cubanas— prueba evidente del carácter espontáneo de las manifestaciones: Abajo la dictadura, abajo el comunismo, patria y vida, y sobre todo ¡Libertad!, son los coros más escuchados en las calles cubanas, según reportan las redes sociales, el único medio de comunicación parcialmente libre de la censura gubernamental.

Se trata de expresiones demostrativas de una madurez política poco esperada en un contexto caracterizado por el hambre, la tragedia de la covid-19 y la represión implacable de toda manifestación o crítica al sistema. Se agregan otros reclamos de marcado carácter político: exigir la renuncia del primer secretario del partido comunista, Miguel Díaz-Canel, también presidente del país, así como una expresión especialmente significativa tratándose de Cuba, ¡No tenemos miedo!

Llama la atención que muchos manifestantes repetían un viejo coro de la izquierda latinoamericana, asumido por la revolución cubana: “el pueblo, unido, jamás será vencido”. El dictador marioneta Díaz-Canel queda muy mal parado al repetir que se trata de revoltosos pagados por el imperialismo yanqui.

¿Por qué hablamos de una tercera etapa, decisiva, en la lucha contra la dictadura castro comunista?

La oposición a Fidel Castro es tan antigua como su llegada al poder, primero enfrentó una represión violenta, cuyo signo principal fueron cientos de fusilamientos, auténticos asesinatos cubiertos bajo farsa legal, miles de presos políticos sometidos a largas condenas en antros presídiales y el exilio, a donde escaparon centenares de miles de compatriotas.

Los opositores, simplemente, no tenían derecho a existir en sociedad.

Al paso de largos años de resistencia, combinados con los cambios determinados por la desaparición de la Unión Soviética y sus satélites europeos, junto a la explosión tecnológica que acompaña al nuevo milenio, la persistencia de los amantes de la libertad adquirió nuevas formas, basadas en la No Violencia, junto al reclamo de los derechos humanos.

En esta nueva etapa, surgieron numerosas agrupaciones y movimientos opositores al castrismo, aparecieron líderes de reconocido prestigio, inteligencia y capacidad, que lograron la impronta de permanecer en el país, alcanzando a la vez reconocimiento internacional. Los opositores ganaron el derecho a existir, aunque la dictadura consiguió, hasta hoy, mantenerlos relativamente aislados de las masas.

Puede afirmarse que, primero Fidel Castro logró arrebatarle al pueblo cubano los espacios públicos donde expresar el más mínimo descontento, desarticulando cualquier iniciativa de vertebrar un movimiento masivo contra sus poderes casi omnímodos.

La no violencia en Cuba carecía de una elemental base, un espacio desde donde comenzar su lucha, quedándose en expresiones aisladas fácilmente neutralizadas por las fuerzas represoras.

Algunos intentos de movilización fueron ahogados con cientos de detenidos, cierto número de presos políticos y decenas de activistas bajo control directo y personal por los agentes de la Seguridad del Estado. Casos connotados son Las Damas de Blanco, las convocatorias de la Unión Patriótica de Cuba, pese al probado activismo de una cifra superior a los mil miembros y recientemente, la sonada protesta del pasado 27 de noviembre frente al Ministerio de Cultura en La Habana.

Los herederos de la hermandad Castro, encabezados por Miguel Díaz-Canel, un simplón secretario de provincias, devenido jefe de Estado por su fidelidad a los fundadores, carecen de las capacidades para resolver el cáncer generado por la aventura castrista, apresados en la camisa de fuerza de un juramento de continuidad tan absurdo como la monarquía feudal en pleno siglo XXI vigente en el país.

A la frase nacional “Singao”, expresión del desprecio popular hacia quien se ha prestado para representar la suciedad acumulada durante 62 años, viene a sumarse recientemente un calificativo de comprensión universal, expresado por la muy mediática activista social Mia Khalifa: ¡basura!

La rebelión nacional iniciada expresa, en primer lugar, la conquista del espacio público por esos cubanos que al fin abandonaron el miedo a ser “desaparecidos”, frase popular que expresa el accionar de los cuerpos represivos de la dictadura, complejo de órganos que incluye la policía uniformada, la policía política de civil, fiscales, jueces y hasta los abogados, extendidos hasta los tristemente célebres Comités de Defensa de la Revolución, casi una caricatura hoy de lo que fueron ayer.

En nuestro caso, la glasnost renegada por Fidel Castro al ahogar con censura, cárcel y hasta fusilamiento las simpatías por la perestroika, encontró cabida dos décadas después en la imposibilidad de aplicarle una censura total a la internet. El magno fenómeno digital es parcialmente responsable de la rápida diseminación del actual estallido social cubano.

Los opositores, al fin multiplicados por miles que van tomando conciencia del poder de los sin poder, están urgidos de seguir ganando espacios públicos, base imprescindible de una lucha que apenas ha comenzado, pero que ya no es el derecho de los disidentes a vivir en dictadura, es la capacidad de sacudírsela de encima.


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