Actualizado: 18/10/2017 20:02
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Robaina, Memorias de la Revolución, Castro

“¡El que no salte es yanqui!”

CUBAENCUENTRO continúa esta sección, cuyo tema central es lo que se podría catalogar de “memorias de la revolución”

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Seguramente los cubanos de la contemporaneidad recuerdan este emplazamiento que lanzó, hace ya unos 30 años, quien fuera, primero, Primer Secretario de la Unión de los Jóvenes Comunistas de Cuba y luego ministro de Relaciones Exteriores: Roberto Robaina.

Recuerden, recuerden que se encontraban en una Tribuna Revolucionaria un buen piquete de jefes comunistas, entre ellos Fidel Castro quien, al convite de Robaina, también saltó —todo lo posible—para que no lo fueran a tildar de “yanqui”.

Bueno, el compañero Fidel no lució muy en forma en sus saltos, más bien se vio, como dicen en el argot boxístico, “lento pa´ su peso”.

Entonces tomó fuerza el rumor de que a partir de esa noche —era de noche—, Castro comenzó a desconfiar de Robaina: ¿acaso el joven revolucionario había lanzado el requerimiento para que el Comandante, alguna vez en su vida, al fin, trastabillara en público?

El lector no avisado sobre la actualidad cubana del último medio siglo, no tiene por qué saber sobre los florilegios de aquel joven ministro de Exteriores.

Era en esa época el jefe de la Unión de Jóvenes Comunistas de Cuba un muchacho dinámico que gustaba de andar en bicicleta por las calles de La Habana, para así dar el ejemplo de austeridad; había inventado eslóganes rejuvenecedores para la agotada publicidad revolucionaria; usaba pulóveres negros –que, por cierto, se pusieron de moda entre los mancebos revolucionarios de su generación—; abogaba por la humildad, la sencillez, la igualdad; y en fin, era el prototipo de un revolucionario que revolucionaba a la revolución.

Y así fue creciendo hasta que llegó a ministro y también a los más altos cargos políticos de la Cuba socialista.

Sin embargo, ya desde aquella noche en que invitó a saltar a sus compañeros allí en la tribuna para así patentizar que no eran “yanquis” (ya lo sé: tonterías), mi amigo psiquiatra Luis Manuel Conde Raimundo le vio la veta.

Estábamos mi amigo psiquiatra y yo en mi casa precisamente viendo el asunto de “¡el que no salte es yanqui!” por televisión. Dijo Conde Raimundo —solo para mí y a hurtadillas, como era de rigor, aunque no hubiese nadie más en la casa—: “Su rostro, bien lo sé, es de un hombre comilón, y las personas comilonas pierden la fe con relativa frecuencia; las personas comilonas, además, padecen de un entusiasmo exacerbado”.

En su época de jefe de la Juventud, decía yo, creó Roberto Robaina varios eslóganes muy combativos y que optaban por el proselitismo revolucionario. Uno de ellos, “Súmate”, que acostumbraba llevar inscrito en una cinta que adornaba su frente.

En el año 1989 lanzó una consigna que tuvo mucho eco entre las personas más pasionales de la patria: “31 y pa´lante”; con esto, informo a quienes no están suficientemente enterados de nuestro proceso revolucionario, Roberto Robaina convocaba a seguir la lucha socialista a pocos meses del 31 aniversario de la Revolución.

Otra de las convocatorias de Robertico —como solían llamarlo— en sus tiempos de líder de la Unión de Jóvenes Comunistas fue “Sígueme”. No lo seguimos; para nuestro infortunio. Si lo hubiésemos hecho, desde hace unos 20 años tendríamos en La Habana paladares y venderíamos pinturas de nuestra autoría a precios respetables; a precios respetables no por nuestra facundia artística, sino porque a las personas que han sido políticamente famosas se les suele pagar bien las obras de arte por ellas concebidas.

Informo al lector no avisado lo que es un paladar. Esta definición tiene su origen en una telenovela brasileña que se presentó en Cuba unos 30 años atrás.

La señora brasileña protagonista de la novela logra salir de su pobreza relativa cuando se le ocurre crear una cadena de restaurantes, muy asequibles económicamente, a la que llamó Paladar. Agrego al lector no avisado que los cubanos —y sobre todo las cubanas— son fieros consumidores de telenovelas (aunque el Gobierno, propietario de las televisoras, se las racione considerablemente), lo cual, claro, se debe al gran nivel cultural que ha alcanzado la población gracias a la Revolución socialista.

Mi amigo psiquiatra Conde Raimundo, tal vez por comprobar su vaticinio, se convirtió en un persecutor digamos que implacable de Roberto Robaina.

Así, el psiquiatra amigo, que desde hace tiempo se halla exilado en República Dominicana, desde donde aún me escribe con frecuencia vía correo electrónico, me comunicó en su momento que el exjefe de la Unión de Jóvenes Comunista de Cuba y excanciller, cuando, ya defenestrado, había instalado su primer paladar, fue expulsado de este casi de inmediato por su propia familia.

Resultó que Roberto Robaina comía caballalmente y esto, según sus familiares, copropietarios del restaurante, daba pérdidas. De modo que acordaron nombrarlo gerente, pero de lejos; cargo que no sé si hoy continúa ocupando.

En sus cartas electrónicas poco después su partida de Cuba, mi amigo Luis Manuel Conde Raimundo enfatizaba sin descanso en otras de sus sentencias clínicas que yo hasta entonces desconocía, puesto que ya me había ido de la Isla: no puede ser un buen pintor, un buen artista quien coma tanto.

Y me hacía llegar una confesión el psiquiatra amigo.

Resulta que un día antes de irse de la Isla, él, Conde Raimundo, visitó el paladar de la familia Robaina y, con los que allí trabajaban, alabó suficientemente a Robertico como pintor.

De modo que no le resultó extraño a uno de los empleados que el psiquiatra le dejase un sobre cerrado para el exministro, mientras le pedía que por favor se lo hiciera llegar personalmente. No hay problema, hoy mismo le llega. Respondió el empleado mientras el psiquiatra le entregaba una propina inusitada.

Me escribe Conde Raimundo que el sobre contenía una sola hoja, y una sola línea: “Yo sabía que tus saltos aquella noche eran fingidos, cabrón”.


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