Actualizado: 26/06/2019 9:43
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Sida, Salud Pública

El “sidatorio”

Una visita a un sanatorio cubano donde permanecían ingresados pacientes de sida, sin posibilidad de salir a la calle

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A la memoria de Veguilla[i]

En la terrible década de los 90, de los apagones de 20 horas, la epidemia de polineuritis por malnutrición, de tener que enviar a mis hijos a la escuela sin desayunar, se me dio una oportunidad caída del cielo. Sucedió, no me acuerdo cómo, que la revista Color de la Benetton me pidió que colaborara en ella con artículos en inglés cuyos temas ellos me enviaban; el buen pago en dólares fue una tabla de salvación para mi familia.

La Color no es de las publicaciones que se comen el millo de la finca linda y, al menos en aquel momento, estaba al tanto de todo lo que sucedía en Cuba… y en Johannesburgo; lo que sucedía en todo el mundo.

La tercera colaboración que me solicitaron fue un artículo sobre el campo de concentración en que el gobierno cubano había encerrado a todos los enfermos de sida.

El “sanatorio”, en honor a la verdad, tenía un enclave maravilloso, creo que en Arroyo Naranjo, no me acuerdo exactamente, pero una jaula, aunque sea de oro, sigue siendo una jaula, y eso era el sidatorio donde sus presos no tenían siquiera derecho a tener contacto con la familia más cercana[ii]. Varias veces hube de ir a aquel sitio para solicitar una entrevista con alguno de los “internos”. Cuando ya pensaba que no me la iban a conceder, me llegó la autorización.

El día de la entrevista me recibió en aquella opulenta finca un funcionario/médico; me invitó a sentarme en uno de los muchos bancos de piedra del jardín, a esperar por mi entrevistado.

Siempre pensé que me iban a poner a entrevistar a un homosexual, bien es conocida la homofobia[iii], ahora tapiñadita, del gobierno cubano, y que querrían decirle al mundo, a través de aquella entrevista, que el sida en Cuba era solo cosa de homosexuales inicuos. Para mi sorpresa, quien vino hasta mí, vestido de presidio, es decir con un mono, fue un ex carne de cañón de Angola… claro, militante del PCC el que muy amable, y quedamente, me invitó a sentarnos en una de las sillas con mesas.

No puedo decir nada malo de aquel pobre hombre roto, que se sabía condenado a muerte, quien, tras haber creído que cumplía su deber, se moriría solo, lejos de su familia. La cercanía de su fin, y la resignación, o quizás siempre fue así, lo hacían un hombre amable y cortés dispuesto a contar su calvario.

Había adquirido el sida de una mujer angolana, como tantos otros compañeros de él, me aclaró.

Tan pronto acudió a un policlínico, con síntomas que no entendía, lo fueron a buscar a su casa[iv] y le explicaron que tenía que internarse. Si él en su fuero interno no aceptó las razones esgrimidas, vg., la salud pública, un mejor tratamiento, adecuada alimentación (cuando el pueblo se moría de hambre), no me lo dijo; no podía.

Según él, su esposa lo había perdonado ante la magnitud de la tragedia y cuando le tocaban los “pases” de portados bien, lo consolaba con cariño… aunque aquel ser humano era inconsolable, varias veces calló para no echarse a llorar durante el transcurso de lo que era ya una conversación más que una entrevista.

Después pasó a describirme lo que eufemísticamente llamaba “el hospital”. Allí había un médico por cada cinco enfermos, como si hubiera mil; en aquellos tiempos el sida era una rápida condena a muerte. A los ingresados se les proveía de una excelente alimentación (como si le hubieran dado el Maná), y tenían “actividades culturales”—realmente macabro—.

Llegó el momento de la estocada periodística:

—¿Y cómo se siente usted preso después de haber servido a su país?

—¡Yo no estoy preso!

—Es decir, que ahora mismo puede decidir volver a su familia y abandonar este sanatorio…

—Bueno, realmente no.

No quise presionarlo, ya bastante sufría ya. Nos despedimos amigablemente y yo me fui hasta la gran sala del sidatorio a esperar a que me trajeran el auto… porque no se me había permitido parquearlo por mí misma.

Entonces me percaté de algo que no había visto hasta ahora absorta en la historia de mi entrevistado, ¡aquel lugar era fantasmal! Durante la entrevista no había visto a nadie paseándose por el magnífico jardín, no había oído una sola voz… el único de los internos que vi fue un homosexual, con su consabido mono, que estaba limpiando el gran salón donde yo esperaba. ¡También eran sirvientes!



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