Actualizado: 03/07/2020 15:57
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El tiburón y la sardina: Cuba en la pandemia de la economía

La sardina ahora mira hacia el norte. Para saber quién ganará las elecciones, si el tiburón que se la quiere comer o el tiburón que le perdonará la vida

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Juan José Arévalo escribió su clásico libro, Fábula del tiburón y las sardinas: América Latina estrangulada[1] sobre las opresivas relaciones de Estados Unidos con Centroamérica en el año 1956. Fue muy popular en Cuba, cuando al principio de la Revolución esa apetecida sardinita quiso cambiar dichas relaciones. No era nada nuevo. Desde la intervención norteamericana en 1898, la fundación de la república en 1902, la revolución de 1933 y desde diversas formaciones políticas, como el Partido Auténtico y el Partido Socialista Popular ––que denunciaban la dependencia con Washington desde opuestas ideologías–– el sentimiento nacionalista respiraba en Cuba. La sardina siempre había tenido ese conflicto existencial, y en 1959 le salió respondona al tiburón.

El escualo americano, devoto del Destino Manifiesto, se sentía justificado en corregir las locuras de las sardinas, y en el caso particular de esta sardina rebelde, le metió con todos los hierros. Le mandó una invasión. Es verdad que la sardina también era atrevida, porque en cuanto cayeron los primeros bombazos se declaró socialista. Qué testaruda la sardina. Qué irracional. ¿Cómo es posible que le mandemos una invasión para salvarla y entonces se nos declare comunista?

El problema es que la sardina se había encontrado con otro viejo tiburón, cosaco para más señas, que se la tenía jurada al escualo americano. La que se formó. La sardina derrotó la invasión, sacaba pecho y celebraba la ayuda desinteresada del tiburón cosaco, encantado con su romance caribeño. Entusiasmada, la sardina trataba de olvidar el rock and roll para aprenderse el soberbio baile kazachok.

¡Hasta Europa venía a ver a la sardina! Qué valiente esta sardina, tiene poetas y pintores, y tiene rumba y sexo y sangre, y tiene literatura, brujería, qué interesante y rara mezcla de salvajismo y de cultura. ¡Y encima, tiene la particularidad de enfrentarse al gigante americano! ¡Es lo Real Maravilloso en forma de sardina!

Entonces llegó lo de los misiles atómicos en 1962. Los dos tiburones sacaron los dientes, negociaron entre ellos, y dejaron colgada a la sardina. Aunque no mucho. Acordaron que el tiburón americano nunca le mandaría otra invasión.

Cosa que cumplió, aunque siguió fuñendo por todos lados y alarmado de como la insolente sardinita le ponía la cosa mala con otras sardinas y arenques del continente americano.

Eso era en el campo internacional, porque en el nacional la sardinita, a la sombra del tiburón cosaco, aprendía rápidamente como tener una no economía, mientras dependía de la mucha plata recibida en forma de petróleo y carne rusa. Embelesada, abandonó cualquier forma de pensamiento crítico y con ansias esperaba la entrega mensual del manual de economía política de P. I. Nikitín.

Y así fue pasando el tiempo. La sardina, que había sido rebelde y libre, imitó al amigo tiburón. Fue intolerante con su propia gente. Despreció a quien no estuviera de acuerdo con ella. Los repudió. Los marginó. Dicen que eso pasa cuando hay guerra, pero que triste fue verlo en aquella hermosísima sardina.

Pero un día, el tiburón cosaco se cansó de guiarse por los manuales de Nikitín y dejó colgada a la sardina. Entonces, la solidaridad revolucionaria interesada la llevó ––siempre ella ingeniosa y brillante en eso de la política internacional–– con el arenque venezolano.

Todo esto es conocido. Y repetido. La sardinita sigue siendo económicamente dependiente.

Han pasado 60 años durante los cuales el tiburón no ha parado de fuñir a la sardina (hubo un breve descanso), pero la economía de la sardina no acaba de merecerse ni siquiera el nombre. Hay quienes siguen atragantados con el manual de Nikitín. Todos han dicho que las cosas tienen que cambiar. Pero la sardina tiene el coronavirus y el colegio de cardenales sigue discutiendo cuantos ángeles caben en la cabeza de un alfiler.

La sardina ahora mira hacia el norte. Para saber quién ganará las elecciones, si el tiburón que se la quiere comer o el tiburón que le perdonará la vida. Trump o Biden. Ese es el plan maestro para la no economía de la sardina. Qué triste, aquella sardina que saltaba sola y plateada sobre el mar Caribe tirándole una soberana trompetilla al tiburón. Después de tantas peripecias ha vuelto al punto de partida. Solo que ahora al otro lado de la cerca de donde vive el tiburón. Expectante, cauta, inmóvil, pobre, aunque rugiendo en cada discurso oficial. ¿Qué país deberá depender de las elecciones de otro para saber lo que va a hacer? ¿Qué gobierno deberá esperar por las elecciones de otro país para saber cómo producir malanga y carne de puerco? ¿QUO VADIS mi sardina?


[1]Fábula del tiburón y las sardinas: América latina estrangulada, publicada en 1956. Juan José Arévalo, presidente de Guatemala 1945-1951. Autodenominado socialista espiritual y adversario del marxismo, impulsó numerosas reformas para favorecer a las clases más pobres de la sociedad guatemalteca, basado en el New Deal de Franklin D. Roosevelt; pero la derecha de su país lo tildó de comunista. Como pasa en el Miami cubano con cualquiera que se sale de la raya.


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