Actualizado: 16/11/2018 9:59
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Comida, Turrón, Memorias de la Revolución

El turrón del pecado

CUBAENCUENTRO continúa esta sección, cuyo tema central es lo que se podría catalogar de “memorias de la revolución”

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De niño allá, en mi marginal barrio natal, El Condado, de Santa Clara, algo de lo que más me gustaba comer era el turrón de maní. Un pieza, en cualquiera de las dos tiendas de la cuatroesquinas, costaba 2 centavos.

Hablo de la década de 1950.

Yo luchaba los dos centavos por aquí y por allá y casi todos los días me compraba al menos una racioncita de turrón de maní. Aun, en ocasiones, logré que uno de los tenderos, Rafa, me diera como “contra” (lo que en México llaman “pilón”) la raspita de turrón que iba quedando en la bandeja rectangular donde se hallaban depositados estos dulces.

Poco después de la Revolución de 1959 desaparecieron muchas “frivolidades”, como el turrón de maní (que, dicho sea de paso, mataba el hambre considerablemente).

Yo tenía 13 años cuando Fidel Castro y sus muchachos tomaron el poder.

No mucho después de cumplir 14 ya no era posible hallar ni turrón de maní de a dos centavos ni caramelos de menta de 1 centavo ni... tantas boberías de este tipo.

Esto me encabronó bastante, pero me —nos— consolaba la certeza de que mi dulce de pobre preferido y lo demás que se había extraviado, regresarían. Y no solo eso, sino que regresarían acompañados de multitud de panes y peces y libertades y todo lo que parecía faltarnos el 3l de diciembre de 1958.

Fue del carajo el asunto.

A finales de le década de 1960 y principios de la siguiente tenía yo una amiga, Susana, que entonces era empleada de un círculo infantil (un jardín de niños, una guardería) y que antes había trabajado en todo lo que fuese, siempre que le diera alguna ganancia extra.

Antes de 1959 era prostituta.

Una frase textual de Susana aparece en la novela de mi autoría El corazón del rey: “Nací para puta, este Gobierno me jodió el destino”.

Yo la visitaba dos o tres tardes a la semana allí, en su casa —casa es un decir—, al final del llamado Callejón de las Flores, que prácticamente desembocaba en el río Bélico (solo de nombre, porque ya entonces era un río manso, triste, sucio).

Frente a la casucha de Susana se hallaba uno de los laterales del extinto bayú Majana. Allí aún vivían algunas, por decreto, exputas.

Una digresión. Las muchachas de Majana, pocos días después del triunfo de la Revolución —es decir, en los primeros días de enero de 1959— colocaron en la entrada principal del prostíbulo un gran cartel que rezaba:

“EJÉRCITO REBELDE VENGAN A LIMPIAR EL FUSIL”.

Bien, a lo que iba.

Ya seguramente ustedes lo habrán adivinado: en el círculo infantil donde trabajaba Susana, había turrón de maní. Y ella se lo robaba; como igual se robaba otros dulces y otros géneros.

Durante mis visitas, en no pocas ocasiones ella —que muy bien sabía mis añoranzas por este dulce— comía delante de mí el turrón.

—Come, Luisi, come —me decía mientras ella lo hacía acompañándose con un jarro de agua.

Era una mesa pequeña, junto a la ventana con vista al pesaroso Bélico.

Cuando Susana sacaba el turrón y lo ponía en la mesa, yo continuaba la conversación con ella sin mirarla, solo con la vista en vuelta del río. Sin embargo, no podía evitar el olor del turrón. Algo terrible.

—Susana, eso de comerse lo que pertenece a los niños es algo así como un pecado.

Le había requerido yo la primera vez que me invitó a turrón y me contó cómo lo conseguía. Ella me había respondido:

—Qué pecado ni un carajo, Luisi, si las demás se roban las cosas ¿tú crees que yo soy comemierda..., eh? Pues no, chico, yo también meto la mano porque el mambo está muy jodido para andar con ese tema del pecado y etcétera... ¿Qué te parece?

Susana decía tener 33 años. Y esa edad aparentaba.

Y era una mujer noble. Sí, noble..., porque la putería y la nobleza no se excluyen.

Digo lo de noble porque ella sería incapaz de comer el turrón delante de mí por un mandato de sadismo.

Quién podría saber cuántas veces, yo ausente, ella había comido turrón, dulce de guayaba y de las otras golosinas que sustraía del círculo infantil, donde era empleada de cocina.

Solo ocurría que, en ocasiones, ella, a la hora en que yo llegaba en las tardes, tendría “pendiente” comer el turrón de maní o lo demás.

—Imagínate, Susana, que te estás comiendo algo que pertenece a un niño. ¿No te avergüenza eso? Si ya te he dicho que es algo así como un pecado.

Le enfaticé una vez más.

—Avemaría purísima, Luisi, no me jodas con lo del pecado y come... —y me extendió un pedazo sobre el cuchillo puesto de plano. Y agregó:

—Luisi, recuerda lo que dice el Gobierno, mijo: “Los niños nacen para ser felices”. ¿Qué te parece? Pues van a estar felices con este turrón que yo me llevo o sin este turrón que yo me llevo. ¿Qué te parece?

Bueno... Una noche, sobre las 11 aproximadamente, desde el Parque Vidal (parque central de Santa Clara) me embalé a toda pierna por el Callejón de las Flores abajo.

Toqué a la puerta de la casucha de Susana.

Se oyó su voz, medio dormida:

—Coño, ¡¿pero quién será a esta hora?!

Se escuchó el ruido de sus chancletas acercándose a la puerta.

—¡¿Quién es, carajo?!

—Yo.

—¿Tú, Luisi? ¿Pero avemaría qué te pasa a estas horas, chico?

—Abre la puerta.

—Ya voy.

Se escuchó que retiraba la tranca con que aseguraba la puerta mientras decía:

—Pero dime qué te trae a estas horas, chico.

—¿Tienes turrón?

—Sí —dijo ya con la puerta entreabierta a la par que accionaba el interruptor de una luz exterior.

—Pues ve sacándolo.


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