Actualizado: 30/01/2023 18:55
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Crónicas

En una fiesta guajira

La famosa 'décima de cuatro versos' que encolerizó a Pepe Ramírez, otrora jefe de los campesinos.

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Entre las situaciones que tan a menudo suelen ilustrar una época, tengo una ocurrida en los primeros años de la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP). Enamorado de siempre de la décima, cada vez que su presidente fundador, el carismático y veterano líder campesino Pepe Ramírez salía a estimular a los cooperativistas con su presencia, a escucharles, a enterarse de los problemas que afrontaban, fuera con la naturaleza o con los organismos del Estado que comercializaban sus cosechas, lo hacía acompañado de afamados decimistas.

Eran visitas que terminaban en canturías. Cuando venía a estar asado el lechoncito de rigor, también los poetas de la cooperativa (en el campos de Cuba hasta las palmas improvisan) habían subido al improvisado escenario, emocionados le habían dado la bienvenida a sus colegas poetas, le habían dado a la Revolución todos los "Patria o Muerte Venceremos" que caben en una décima, para que Pepe Ramírez los llevara al Comité Central del Partido y, de ser posible, se los entregara al Comandante en Jefe, personalmente.

Y en lo adelante, sería la gloria de cada uno de aquellos aedas contar ante públicos absortos que una vez se midieron con los poetas que vinieron de La Habana, con fulano, mengano y todas las demás estrellas del momento que cantaban en la televisión. Y que Pepe Ramírez, soltando su plato en la mesa presidencial y puesto de pie, había aplaudido y preguntado: "quién era ese poeta, cómo se llamaba".

Obra del Enemigo

En una de esas frecuentes "actividades político-culturales", que tan agradecidas eran en las cooperativas, un día subió al escenario un laureado vate que, como Homero en sus años, iba de paso. El vate les indicó al laúd y las guitarras la tonada de acompañamiento que deseaba para su improvisación y pasó, según la costumbre de estos casos, a concentrarse como si estuviera por caer en trance, para coger un espíritu ajeno al jolgorio que tenía lugar en la mesa presidencial. Allí, gozosos, seguían haciendo de las suyas el congrí, el lechón asado, la yuca con mojo, el aguacate, los pimientos asados sobre brasas, el queso blanco, las torrejas en almíbar con ajonjolí y demás embrujos de la cocina criolla.

Delicias, por cierto, que llevarían a Lezama a decirme con mucho sentimiento: "¡Oiga eso, quién me hubiera visto a mí allí!", cuando una tarde le conté este episodio que me habían contado, en una madrugada de tragos, los excelentes poetas y renovadores de la décima cubana Adolfo Martí y Nieve Rodríguez, esta última su esposa. Ellos fueron partícipes del elenco de lujo llevado por Pepe Ramírez en la oportunidad de aquel guateque, hoy histórico, en el que, de pronto, paralizando banquete, cuerdas y hasta el tiempo mismo, había cundido el pánico.

Fue como si un animal invisible hubiese pasado sobre platos, fuentes y vasos derramando líquidos y alimentos. A grito pelado, y repentinamente puestos de pie, mandaban los dirigentes a quitarle el micrófono a aquel "improvisador loco". No dejarlo terminar, de dónde era, quién lo trajo, preguntaban atónitos, sospechando que lo sucedido era obra del Enemigo.

Enfrente, mientras dos robustos campesinos lo sacaban del escenario alzado por ambos brazos, el poeta seguía sin entender lo sucedido. Miliciano fundador de las Milicias, él, caramba, entusiasmado, lleno de fe en el porvenir, seguro de la victoria final de la Revolución que le había dado tierra, escuela para sus hijos y médico, había pretendido cantar una décima que tenía completa en su cabeza. Quién sabe por cuál motivo, sólo le dejaron decir (forzando un poco la rima, como a menudo suelen hacer los poetas iletrados) la primera cuarteta.

Según Nieves y (el ya difunto) Adolfo, aquellos cuatro versos, que parecieron desafiar la fiera y prolongada guerra contra Dios y toda su corte celestial, que al declararse socialista —años antes— venía librando en todos los frentes el gobierno revolucionario, son los ya por fin inofensivos de la cuarteta que hoy los cubanos del campo suelen recordar con jocosidad muy guajira (es decir, muy ladina) como "la décima de cuatro versos". Hela aquí: "Cuba saldrá del abismo / En el nombre de los pobre, / Con la Caridad del Cobre / Y el marxismo-leninismo".

P.D. Si bien todavía Cuba no ha salido del abismo, cada vez se oye esperar menos del marxismo-leninismo y más de la Virgen de la Caridad.


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