Actualizado: 17/04/2024 23:20
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Sociedad

Entre el grito y el bostezo

En La Habana se manifiestan con nitidez dos actitudes generalizadas del cubano de hoy: la violencia y la indiferencia.

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Por razones obvias, La Habana es el referente por excelencia para pulsar el ánimo de la sociedad cubana: más de dos millones de habitantes de la más heterogénea composición social, racial y económica; ciudad donde se tocan los extremos que van desde las más opulentas mansiones hasta los solares paupérrimos, desde la fatua ostentación de los nuevos ricos y de los poderosos, hasta la más rampante miseria refrendada en las franjas marginales de la ciudad, con barrios idénticos a aquel conocidísimo Las Yaguas, que la revolución hizo desaparecer y que ahora resurge briosamente, multiplicándose en la geografía citadina, poblados por cubanos "ilegales", procedentes en su mayoría de las provincias orientales del país.

La Habana es un espacio cosmopolita en su más amplio sentido, por el que circula todo extranjero —turista o no— que visita la Isla; destino principal del deprimido e inseguro comercio que aún, en alguna medida, sostiene el precario equilibrio que sustenta al régimen; la ciudad más violenta de Cuba, la de mayor índice de criminalidad y delitos.

La Habana es, además, nicho ecológico del poder político mantenido con uñas y dientes desde hace casi medio siglo y, a la vez, la plaza más activa de la disidencia y la que agrupa la mayor fuerza opositora al gobierno.

El grito

En La Habana se manifiestan también con toda nitidez las dos actitudes más generalizadas del cubano de hoy. Una de ellas es la violencia, expresada en el incremento de los niveles delictivos, en el habla grosera cotidiana cada vez más extendida en la población, en la agresión física y verbal de unos contra otros, en el irrespeto de las autoridades y de los "agentes del orden" hacia el ciudadano, en el rebrote de los llamados mítines de repudio contra los individuos o grupos de opinión política diferente (lo que acusa un tipo de violencia de Estado hacia la sociedad bajo su supuesta legitimidad en la defensa de la nación), en el deterioro moral y ético de las estructuras administrativas, en la corrupción generalizada.

Esta es la respuesta más inmediata ante las frustraciones y el descontento social. Las vicisitudes cotidianas, la incertidumbre ante un futuro difuso, la impotencia ante la pobreza perniciosa como única perspectiva cierta y la absoluta dependencia de los caprichos y extravagancias de un sujeto-Estado dueño del porvenir de todos, desemboca —a falta de un vehículo apropiado— en la generalización de la violencia.

A este fenómeno global de la sociedad cubana es al que llamo aquí "el grito", como forma metafórica de definir un estado psicológico de aquellos que no encuentran salida ni vislumbran una solución para el cúmulo creciente de los problemas de la vida cotidiana.

El bostezo

La abulia, la indiferencia, el desacato, el silencio… son la segunda actitud-respuesta del cubano de hoy. Es un tipo de respuesta que, a largo plazo, ha degenerado la moral y el sentido cívico de los ciudadanos.

La mayoría de los habaneros se sienten impotentes, sin esperanzas. Se desconocen como fuerza ciudadana porque más de 40 años de totalitarismo los ha convertido en objetos sobre los que se decide, por parte del poder de un único sujeto. De esta manera, emigrar es el gran sueño de muchos cubanos —fundamentalmente de los más jóvenes—. En tanto, el gran sueño de otros es sobrevivir a Castro y rezar porque finalmente muera, aunque sea de viejo, para ellos poder comenzar a vivir.


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