Actualizado: 16/09/2019 12:05
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Epidemias en Cuba: nuestro Chernóbil

¿Dónde está la responsabilidad máxima, en la población, en los jerarcas del régimen, en los dirigentes de Salud Pública, en los trabajadores del sector o como suele ser el sospechoso habitual, el imperialismo yanqui?

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Una mentira no tendría sentido
si la verdad no fuera percibida
como peligrosa.
Alfred Adler

En la recientemente estrenada serie de HBO Chernóbil (2019), dos importantes recomendaciones quedan como lecciones ineludibles: uno, los accidentes no son siempre tan accidentales; con frecuencia detrás de cada situación encontraremos errores humanos, debido a incapacidad técnica, irresponsabilidad, negligencia e incluso intenciones alejadas del bien común. Dos, que la mentira en la ciencia y la técnica es doblemente grave pues no resuelve ningún problema, sino que todo se agrava al prolongar la solución; al mismo tiempo, nada se aprende, lo cual hace que, en el futuro, con toda probabilidad, vuelva a cometerse el mismo fallo o peor.

En días pasados circuló profusamente un video de un sanitario cubano instando a la población a no esconderse, abrir las puertas a los fumigadores, advirtiendo a viva voz: ¡hay dengue, señores! La prensa cubana también ha hecho el trabajo de informar sobre el riesgo de propagación de enfermedades por vectores —sobre todo mosquitos—, dadas las lluvias de verano, las altas temperaturas, y los presumibles focos ocultos en vasijas, solares, huecos y edificios abandonados. La imagen del fumigador insistente, y la inhabitual cobertura periodística, hace que nos preguntemos:

¿Cómo es posible que los compatriotas prefieran encerrarse en sus casas y no fumigar, no ocuparse de su propia salud? ¿Por qué la prensa no publica la triste historia de nuestras últimas epidemias, de modo que la población sepa, de verdad, al peligro que se exponen? ¿Cómo Cuba pudo erradicar en apenas dos décadas el paludismo, la fiebre amarilla y otras enfermedades trasmisibles mientras hoy hay Zika, Chikunguña, y el imbatible Dengue? ¿Dónde está la responsabilidad máxima, en la población, en los jerarcas del régimen, en los dirigentes de Salud Pública, en los trabajadores del sector o como suele ser el sospechoso habitual, el imperialismo yanqui?

Para comprender un poco tanto absurdo, aunque siempre quedará mucho en el tintero, tendríamos ir a la más grande epidemia de dengue hemorrágico que se ha reportado en las Américas. Sucedió en Cuba en 1981 y fallecieron 101 niños y 158 adultos. Los profesionales y el personal de apoyo se enfrentaron a un fenómeno desconocido, por su gravedad y rápida propagación. La cepa aislada del dengue, según el Instituto de Medicina Tropical, no coincidía con la reportada en esta aérea geográfica. Se infestaron alrededor de 350.000 personas, 10.000 muy graves al punto de necesitar cuidados intensivos —se crearon decenas de estas unidades en todo el país. Los gastos en medicinas, equipos de fumigación, soporte técnico hospitalario y pagos de salarios a voluntarios fueron de decenas de millones de pesos.

Una vez controlado el pico de la epidemia, surgió el habitual sospechoso: los laboratorios de guerra bacteriológica norteamericanos habían introducido el dengue en Cuba. Como en la mencionada serie de HBO, siempre se busca un culpable afuera. Quienes tienen un poco de conocimiento de epidemiología, enfermedades trasmisibles y guerra bilógica saben que esto es casi irracional. El arma biológica debe ser de efecto rápido, demoledor y no dejar huellas visibles, capaces de ser rastreada. Un ataque de este tipo no puede esperar por la paciencia de un mosquito hembra, la desidia de un cultivador de malaguetas, la pantorrilla descubierta de una vieja dama sin medallas.

Pero suponiendo que el régimen tuviese las pruebas, hace buen rato deberían haber sido encausados como criminales de guerra por la Corte Penal Internacional Ronald Reagan, la CIA y el Pentágono. En cambio, poco se habló del nivel de infestación de mosquitos Aedes Aegipty en la Isla por los malos controles de higiene, y la pobre vigilancia epidemiológica en cada puerto de entrada, teniendo la Isla entonces miles de colaboradores en países donde el dengue era endémico, o sea, convivía infelizmente con los seres humanos. Hubo dengue porque hubo mosquito suficiente para llevarlo de un cuerpo enfermo a uno sano. Lo demás…

A pesar de que las autoridades sanitarias sabían la verdad, y se crearon unidades de higiene y vigilancia con suficiente personal por toda la geografía insular, una parte del pueblo siguió creyendo que por ser una “agresión biológica” y la alerta revolucionaria, no había de qué preocuparse. El gobierno estaba en control. Pero el “accidente” del 81 no fue tan accidental. Se repetiría año tras año hasta que el Dengue se fue convirtiendo en una enfermedad propia de Cuba. Una razón plausible pero que bordea lo delirante es no publicar los datos reales del nivel de infestación, para no “alarmar” a la población, práctica que en los últimos años parece ir corrigiéndose. En esa época los turistas no debían asustarse; y hubo que habilitar escuelas enteras para dar cupo a personas con Dengue y otras enfermedades transmisibles.

Sobre las unidades de higiene y por qué algunos cubanos se niegan dejar entrar al fumigador hay varias razones. Una de ellas es que, al principio, por el bajo salario, y tener un horario flexible, algunos “fumigadores” eran, en realidad, rateros de baja estofa. Con el pretexto de llenar de humo la casa —a veces era humo puro sin o con muy poco producto— hurtaban cualquier cosa. Las llamadas moto-mochilas para fumigar eran convertidas en motocicletas —¿riquinbili?—, y vendidas al mejor postor. El veneno para cucarachas y ratones se conseguía “por la izquierda”. Eso contrastaba con la real preocupación del régimen, que en verdad puso a disposición de las autoridades de Salud Pública y los miles de médicos y personal, todos los recursos necesarios. Pero no bastaba. Fue necesario implicar a los militares y al Partido Comunista para que desde aquellos días la gente abriera la puerta de su casa a fumigadores e inspectores de higiene.

El daño sociológico estaba hecho, debido a la mentira, ocultar la verdad y no dar una solución seria al problema clínico. Diez años después, las personas comenzaron a notar flojera al caminar, pérdida de la visión y calambres en las extremidades inferiores. Algunos no caminaron ni pudieron volver a ver. Cuentan que un epidemiólogo de reconocido prestigio dijo que era un Síndrome carencial por avitaminosis, que traducido al lenguaje de Pánfilo es: ¡Aquí lo que hace falta es jama! El régimen ocultó durante meses el diagnóstico y desapareció al indiscreto galeno. No podía admitir que una consecuencia directa del llamado Periodo Especial era la brusca caída de la ingesta de proteínas de origen animal por la población cubana. De pronto, así como así, entrega gratuita, comenzaron a repartir vitaminas del Complejo B para combatir la polineuropatía carencial. Le deben todavía al pueblo de Cuba una explicación de por qué ocultaron semejante tragedia.

Del mismo modo, el tema de la salud mental y los altos índices de suicidio y alcoholismo son para ocuparse más que preocuparse. Sin embargo, hay un tema tabú en salud mental del cual jamás se ha hablado y es el Trastorno de Estrés Postraumático (T.E.P.), en las decenas de miles excombatientes cubanos que fueron al África, Asia y América Latina. Nadie habla de eso. Si se habla es de Rambo, de la película Pelotón, el Cazador de Venados y Francotirador Americano. Compañerito, ¿los norteamericanos son los únicos militares que han estado en la guerra y después quedan tarados, adictos al alcohol, a las drogas, sufren depresión, se suicidan en masa y sus familias están destruidas?

En realidad, hay una dicotomía difícil de comprender cuando se abordan estos problemas de salud. Por un lado, el régimen capacita bien a todo su personal clínico para enfrentar las enfermedades, y en momentos de crisis no ha escatimado en recursos para detener las epidemias. Pero, por otro lado, cuando la politiquería se impone –como sucede en la economía-, se ocultan las verdades y las soluciones se demoran. Ha salido recientemente un informe sobre 1.847 casos de Zika tras nueve meses sin reportar nada. Es bien conocida la importancia de la profilaxis, de protegerse a tiempo contra este virus. Al parecer, poco se ha aprendido de nuestro Chernóbil, de las enfermedades tropicales trasmisibles que puede ser erradicadas.

Por suerte para el régimen, a los vecinos del Norte no se les ha ocurrido la coartada intervencionista de una epidemia en la Isla. Fue así como Cuba llegó a ser el país de mejor sanidad en todas las Américas en el primer cuarto del siglo pasado. La Clausula V de la Enmienda Platt daba derecho a Estados Unidos de ingresar con sus tropas en territorio nacional si había un problema sanitario: “Que el Gobierno de Cuba ejecutará y en cuanto fuese necesario cumplirá los planes ya hechos y otros que mutuamente se convengan para el saneamiento de las poblaciones de la Isla, con el fin de evitar el desarrollo de enfermedades epidémicas e infecciones”.

Entonces, ¿de quien es la responsabilidad de la situación higiénico-epidemiológica en Cuba? Es de todos. Como en una novela negra, después de vivir de mentiras, autoengaños y crímenes, a cada uno llega la hora de pagar sus deudas. El régimen miente por política sobre las enfermedades y las estadísticas de salud, y recibe cada día menos credibilidad y rechazo popular. El Ministerio de Salud Publica presiona a los directores provinciales y municipales para que truquen las cifras, pero el pueblo —¿ingrato?— paga con el incremento de las enfermedades trasmisibles y prevenibles. El administrador miente sobre los recursos disponibles en el almacén, pero el inspector de higiene le caza la pelea, roba y todo se lo vende al fumigador. El fumigador ofrece el líquido contra mosquitos a quien mejor se lo pague, y de la moto-mochila solo sale humo, humo-sin-nada, que no sirve ni para señales; la vida le devuelve la estafa con un hijo enfermo de dengue. El único que abre la puerta al fumigador y se deja echar humo-sin-nada es un viejito cederista, sus medallas colgadas en la pared. Tiene el patio lleno de macetas antiguas con larvas y mosquitos adultos. El viejito da las gracias a la Revolución y al Designado, quien pagará con la misma frase que repite en cualquier esquina: “La Revolución no deja a nadie abandonado. Somos continuidad”.


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