Actualizado: 01/07/2020 19:56
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Oposición, Disidencia, Espacio Laical

“Espacio Laical” y la oposición leal

La “oposición leal” no no es una bola de plastilina que podamos moldear según nuestros intereses, sino un concepto

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El tema de una posible oposición leal (OL) en Cuba parece reclamar un lugar en el debate intelectual cubano. Ahora reaparece de la mano de dos valiosos intelectuales católicos —Lenier González y Roberto Veiga— en dos breves artículos aparecidos en Espacio Laical, y desde el que convocan a la discusión. Es bueno que así sea. Que se debata este asunto y otros tantos que cruzan el presente cubano y van a ser ineludiblemente partes de nuestro futuro como sociedad.

Solo que, si aspiramos a un debate calificado sobre cualquier tema, que ayude a remontar nuestro pensamiento social, es imprescindible colocar la discusión al nivel teórico en que se encuentra a escala planetaria. Y creo que este ha sido una falencia recurrente de lo que se discute en Cuba, debido a una infinidad de problemas —epistemológicos, políticos e ideológicos— en los que no puedo detenerme ahora. Nos hemos acostumbrado tanto a la idea de que somos excepcionales, que nos permitimos merodear ligeros de equipaje por zonas teóricamente muy densas.

Y esto es lo que ha estado sucediendo con la discusión sobre OL. Este es un término atractivo políticamente y llamativo conceptualmente como sucede con todo oxímoron. Para Cuba sería un paso de avance político, y como suena ambiguo, se puede usar como si se andara de puntillas por un dormitorio de niños traviesos. Pero desafortunadamente no es una bola de plastilina que podamos moldear según nuestros intereses, sino un concepto. Como tal admite siempre elasticidades funcionales, pero la flexibilidad tiene un límite en la desfiguración de su sentido. Por ello, hay un principio básico que anima el concepto de OL: su sustantivo es oposición y la lealtad es un adjetivo: la esencia radica en lo primero y los matices en lo segundo.

Por consiguiente cuando alguien habla de oposición leal está hablando de una relación política en que la parte aludida aspira a desplazar del poder y aplicar políticas diferentes a la otra parte que detenta el poder. Y que el sistema ofrece vías para hacerlo a partir de sus propios procedimientos. Cualquier partido, de izquierda o derecha, que acepte las reglas electorales en una democracia liberal es una oposición leal. Pero los partidos periféricos que existieron en los regímenes este/europeos, o en México durante la hegemonía priista, no eran exactamente oposiciones leales, sino partidos subordinados, aplastados, caricaturizados.

Lo de leal se ha referido históricamente a que la oposición acepta la legitimidad de esos procedimientos, y por consiguiente, también del grupo que detenta el poder establecido. Y en consecuencia no aspira a derrocarlo, ni a extirparlo como opción política, sino solamente a relevarlo y a mantenerlo fuera del poder todo el tiempo legalmente posible.

Creo que Veiga y Lenier —y junto con ellos algunas otras personas que mencionan— han creído hablar de oposición leal, aunque realmente hablaban de otra cosa: de acompañamiento crítico consentido (ACC). Entendiendo esto último como un espacio semiautónomo desde el que intelectuales y activistas pueden hacer críticas sistemáticas a las políticas oficiales y sus efectos, pero sin proponerse un relevo gubernamental. Estos espacios pueden ser diversos y puntuales, pueden ser debido a políticas deliberadas o por faltas de políticas, pueden operar en territorio nacional o en la emigración. Antes el Centro de Estudios sobre América o la Fundación Félix Varela, ahora la revista Temas, el Observatorio Crítico, el Centro de Estudios de la Economía Cubana o CAFÉ han sido o son ejemplos de ACC.

Los ACC no indican una democratización —como lo indicaría una oposición leal— sino solamente el surgimiento de espacios menos controlados como consecuencia del tránsito de un régimen totalitario a otro autoritario (justo lo que está pasando en Cuba desde los 90) en que no se pide el alma a los súbditos, sino solamente la obediencia. Y que puede ser compatible con estos espacios críticos siempre que respeten algunas reglas y no se propongan una convocatoria pública descomedida.

La vida de estos ACC es siempre precaria, sometida a presiones que deben afrontar con valentía (y morir en el intento) u ocultando el cuerpo (y bajar muchas veces la cabeza). Al menos que exista un pacto de clara conveniencia que obligue a la clase política a asumir la carga de un acompañamiento crítico. Y es esto último lo que ha sucedido con la alta jerarquía católica, incluyendo aquí a su ventana para la comunicación con la intelectualidad cubana: Espacio Laical. Aspirar a que los dirigentes cubanos vayan a designar a los contertulios de los últimos jueves de Temas o a los tecnócratas del CEEC como sus opositores leales es solamente un despliegue desconsiderado de bovarismo intelectual.

Tanto para Veiga como para Lenier la noción de Oposición Leal aparece relacionada con valores que la relación debe asumir y al mismo tiempo debe resguardar. Y esos valores invocan el desiderátum de una sociedad solidaria, democrática, despolarizada y consensuada. Pero al mismo tiempo insertada en una matriz ideológica que polariza, excluye y rompe consensos: la tradición nacionalista revolucionaria. ¿Qué pasaría, por ejemplo, si un grupo de personas deciden que la sociedad cubana debe renunciar a metas socialistas y encaminarse sin sonrojos hacia el capitalismo? ¿O si consideran que los principios de intransigencia nacionalista deben ser cambiados por otras visiones globalistas? ¿Quedan fuera de la oposición leal?

La otra cara de este mismo problema es la elite política cubana. Con absoluta honestidad, si se va a discutir el asunto de la oposición leal hay que comenzar discutiendo el principal obstáculo para que algo así pueda existir en Cuba: la permanencia en el poder de una élite política narcisista, inapelable y que se considera a sí misma como encarnación de la historia y del futuro de la nación. Es una élite que no considera la posibilidad de compartir o renunciar al poder, no reconoce el valor de las minorías, convierte a sus ciudadanos en súbditos y manipula al mismo tiempo que desconoce a la comunidad emigrada, ese componente clave de nuestra sociedad transnacional. Y una élite que ha colocado a la nación cubana en su peor momento histórico y hoy ensaya la restauración capitalista mediante su propia conversión burguesa y entregando a la población desprotegida y atomizada a los rigores del capitalismo contemporáneo.

Finalmente, creo que la discusión sobre este tema, o sobre cualquier otro, debe pasar por una actualización conceptual acerca de lo que es la sociedad cubana en esta primera mitad del siglo XXI. El uso, por ejemplo, del concepto “pueblo” es una buena vacuna política en Cuba, pero teóricamente en un vocablo equívoco, y una realidad, si la asumimos, que ha cambiado dramáticamente en los últimos años. Nación y nacionalismo no lo son menos, en una sociedad transnacional que ha estado sesgada por la polarización, como resultado de la construcción ideológica binaria sobre los emigrados que el gobierno cubano comenzó a hacer desde los lejanos 60. Y así de manera casi infinita, nos topamos con la realidad de que según más concluyentes y explícitos parecen ser los términos, mas imprecisos e inútiles resultan.

Felicito sinceramente a Lenier y a Veiga por tan incitadores artículos, y que ahora, como han hecho otras veces tan fructíferamente, hayan abierto las puertas a un debate que tanto necesitamos.


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