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Exilio

Exiliado por Eisenhower, salvado por Estados Unidos

Una decisión política que cambió mi vida y la de mis compatriotas, de manera inesperada y para siempre

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Hace cincuenta años la administración del presidente Dwight D. Eisenhower rompió relaciones diplomáticas con el gobierno de Fidel Castro, instalando a Cuba en medio de la Guerra Fría y transformando, para siempre, mi vida y las de mis compatriotas.

Ya para enero de 1961, había pasado año y medio en Tampa, Florida, donde algunos de mis familiares habían residido desde los años treinta, y donde mis padres habían fijado nuestra residencia en 1959, con la intención de dejar pasar el tiempo que hiciera falta para que la vida en Cuba volviera a la normalidad, o quizá para quedarnos allí de manera permanente.

Tenía yo entonces 17 años y había viajado a la isla cerca de seis veces. Esto se debió a que había dejado atrás a mi novia, Mercy, y también a que no podía acostumbrarme a la vida norteamericana, sobre todo a las costumbres de sus adolescentes (teenagers) que se me figuraban tontas. (Ser “teenager” no existía como rol en la cultura cubana.) Para adquirir esos pasajes de avión ahorraba cada centavo procedente de mis diversos trabajos como friegaplatos y empaquetador de supermercado.

Pero con la ruptura diplomática, mis viajes a la Isla llegaron a su fin. Aunque no lo supe en ese momento, la decisión de Eisenhower me había convertido en exiliado. No volvería a poner pie en Cuba de nuevo hasta 18 años después, cuando viajé con un comité de exiliados para considerar la liberación de prisioneros políticos.

Aunque muchos cubanos en circunstancias similares a las mías se hicieron ciudadanos norteamericanos en la primera oportunidad, conscientes de que su traslado era permanente, yo me negué a hacerlo, porque ingenuamente asociaba ciudadanía con nacionalidad. Y me aferré a la ciudadanía cubana, a pesar de que mi pasaporte cubano no tardó en caducar, y de que como “residente permanente” de Estados Unidos cuando viajaba al extranjero estaba obligado a utilizar un permiso de regreso al país, documento fastidioso que probaba, entre otras cosas, que había pagado mis impuestos. Viajar por Europa y América Latina implicaba solicitar toda una colección de visas, pero creía que valía la pena sufrir todos estos inconvenientes porque me permitían preservar mi identidad.

También me aferré a mi cultura nativa haciendo del estudio de las literaturas española y latinoamericana la labor de mi vida y, de cierta forma, reviví la experiencia traumática que fue adquirir el inglés de adolescente aprendiendo con dedicación patológica el francés y el italiano en la Universidad del Sur de la Florida. Cuando hablaba esas lenguas me transformaba en distintos individuos; eran como escudos que me protegían de la cultura estadounidense que todavía no podía absorber a cabalidad. En lugar de atarme a un solo rol, la ruptura de relaciones entre mis dos países, en 1961, me transformó en una persona con varias voces en la cabeza, perspectiva múltiple que creo ha marcado de manera radical la crítica literaria que practico.

Hoy día me encuentro lejos y a salvo de lo que denomino, en broma (para tomarle el pelo a mis hijos y nietos norteamericanos) la “teenagehood en Estados Unidos”. Soy ciudadano de este país y disfruto con regocijo su democracia que, a pesar de todas sus fallas, constituye la mejor forma de gobierno a la que podemos aspirar. Cincuenta años tras el rompimiento de relaciones, mientras Cuba continúa siendo gobernada por una gerontocracia masculina, blanca, militarista y totalitaria, Barack Obama es el presidente de los Estados Unidos y Hillary Clinton la secretaria de Estado. ¿Cuál de mis dos países es el revolucionario?

A lo largo de ese medio siglo Fidel y Raúl Castro se las han arreglado para dejar en ruinas un país antes próspero, empujar a un millón y medio de sus ciudadanos al exilio y llenar las cárceles de presos políticos y comunes. Los cambios recientes en la economía cubana, los gestos conciliadores hacia la Iglesia y la liberación y deportación de algunos de sus prisioneros políticos muestran que los Castro están conscientes de la inestabilidad del sistema —sobre el que hace poco Fidel Castro dejó escapar no funcionaba ni en Cuba.

El único cambio, sin embargo, que no se han atrevido a emprender es desterrar el miedo de la vida de los cubanos, pues ése es el pegamento que aglutina al régimen. Miedo a verse acusado por algún vecino que pertenece a uno de los Comités de Defensa de la Revolución siempre de guardia; miedo a que la policía secreta encuentre algo para incriminarte; miedo a permanecer detenido sin cargos durante meses e incluso años; miedo a que las turbas patrocinadas por el gobierno, las llamada Brigadas de Respuesta Rápida, organicen un violento acto de repudio frente a tu casa (como le ha ocurrido a la madre de Orlando Zapata Tamayo, el disidente que murió en prisión como consecuencia de una huelga de hambre el pasado febrero); miedo a que te nieguen la solicitud de permiso para viajar al exterior; miedo a perder el trabajo; miedo, en resumen, a que el largo brazo del poder te alcance y dé un zarpazo.

Me encuentro muy feliz de estar aquí, a salvo de todos esos temores y esperando, contra toda razón, que el próximo hito histórico en Cuba no sea violento y traiga un futuro de paz, prosperidad y democracia.

Ya sin viajes a La Habana y habiendo conocido a otras muchachas, en 1961 le escribí una carta a Mercy rompiendo con ella. Todavía me avergüenzo de esto. Poco después ella vino a Miami con su familia y tuvimos un conmovedor encuentro en Tampa cuando nos visitaron. Pero el noviazgo ya se había acabado. Me han contado que esa delicada y menuda pianista, que aspiraba a ser maestra de kindergarten, se casó con un aviador, aprendió a pilotar (casualmente yo también) y que incluso hace paracaidismo (algo que yo no haría nunca).

Es una constante en la historia: decisiones políticas que afectan la vida del ciudadano común de manera inesperada y a menudo para siempre.


Este artículo apareció en inglés en The New York Times el 7 de enero de 2011. Se publica aquí con la autorización del autor y por primera vez en español de forma íntegra.


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