Actualizado: 11/12/2019 10:35
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Vivienda

Faltan techos, sobran tragedias

Mientras el ritmo de construcción estatal decrece, brotan comunidades insalubres y la violencia estalla en los conflictos intrafamiliares.

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Jugaban cuando sobrevino la tragedia. Dos niños en La Habana terminaron sus vidas bajo el desplomado techo de la casa de uno de ellos, mientras festejaban un cumpleaños.

Ocurrido en octubre pasado y obviado por la prensa, el hecho cubre de luto el programa nacional de reparación y construcción de viviendas, una asignatura pendiente para muchos, suspensa para otros.

El desastre en el barrio de Santos Suárez, en el sureste de la capital, en una de sus típicas viviendas de principios del siglo pasado, con techos de viga y losa, conmovió a una ciudad cuyo ritmo de derrumbes es de uno a tres inmuebles diarios.

Un estado crítico

La estadística es oficial. En abril de 2008, el rotativo Juventud Rebelde, citando a Ivette Pérez, funcionaria de la oficina provincial de vivienda, destapó que en la capital existían entonces unos mil edificios "en estado crítico", con unas 8.000 viviendas que alojaban a cerca de 26.000 personas.

De acuerdo con el periódico, que suele deslizar reportajes críticos autorizados, los mil inmuebles en estática milagrosa —término técnico que define la inminencia de derrumbe— estaban en manos de la suerte, pues no se contaba con suficiente madera para el apuntalamiento y evitar o retrasar su desplome.

Pérez explicó al periódico que "el apuntalamiento es una actividad que siempre reserva casos pendientes, pues el material madera aún es críico dentro de nuestras posibilidades, y lo existente tenemos que dosificarlo entre lo planificado y los derrumbes diarios, que oscilan entre uno y tres".

Para tales amenazas, Melchor tiene su táctica. "Hay que caminar por medio de la calle", aconseja este cobrador del servicio eléctrico. Sabe de qué se trata. Hace un año, un balcón desplomado en La Habana Vieja estuvo a punto de matarlo. El estrépito lo dejó tan perturbado que por semanas se negó a salir de casa. Los médicos le extendieron un certificado por stress post traumático.

Conozco un caso que murió por un alero que le cayó encima, recuerda con una pesadumbre que la cerveza que toma con gusto no logra espantar.

La palabra de Raúl Castro, la ley, los planes quiméricos y las justificaciones

Pese a que la explosión demográfica cubana concluyó a principios de los 70 y la tasa de crecimiento poblacional es una de las más remisas de América —en 2008 decreció por tercer año consecutivo— la construcción del fondo habitacional siempre ha estado muy a la zaga de las necesidades sociales.

"El problema de la vivienda es uno de los más graves que hay y es cada vez peor", opina el economista Oscar Espinosa Chepe, una de las voces de la llamada disidencia interna.

El gobierno no está de espaldas al asunto. En enero pasado, al revisar un centenar de casas donadas por Venezuela en la provincia de Santiago de Cuba, Raúl Castro admitió que el país necesita levantar cientos de miles de casas y se pronunció por "no prohibir" esas edificaciones con esfuerzo individual.

"Y vamos a hacer de verdad la base industrial para desarrollar la vivienda. Ya está bueno, vamos a hacerla de verdad!", afirmó el mandatario con severidad.

Nueve meses después, las autoridades decretaron una normativa para penalizar las construcciones ilegales, intentando poner orden en casa, pues al parecer muchos tomaron al pie de la letra la palabra presidencial sin antes pasar por la burocracia.

La medida contempla que los inspectores pueden disponer la paralización inmediata de las obras, pero también la persona que construya sin la debida licencia se arriesga al decomiso de medios y recursos utilizados o, en caso extremo, la pérdida de lo construido.

"Hay que parar las indisciplinas. Después vienen las desgracias", explica un inspector de vivienda en El Cotorro, uno de los municipios de la periferia metropolitana. Se cubre el rostro sudoroso con un pésimo remedo de Ray Ban y en su cuello se enrollan dos gruesas cadenas de plata. La gente, en espera del ómnibus, lo mira incrédula.

La inflación se ceba en el mercado negro de materiales de la construcción. Un bloque de adobe cuesta ya diez pesos —0,40 CUC— que equivale a cuatro por ciento del salario promedio, en tanto la bolsa de cemento de baja calidad sobrepasa los cien pesos —4 CUC. Conseguir luego la arena se torna homérico.

Cuba tiene un déficit de unas 500.000 viviendas, acentuado por otra cifra similar de dañadas por tres huracanes que machacaron a la isla el pasado año. Según cifras oficiales, al menos 200.000 cubanos quedaron sin hogar y cientos de familias más debieron encontrar una vivienda temporal. Por si fuera poco, el 40 por ciento del fondo habitacional del país está en mal estado.

Mientras, el programa de construcción de viviendas languidece de año en año. En 2005 comenzó con una meta de 150.000 casas, pero sólo se obtuvieron 110.000, empleando unas estadísticas dudosas que sumaron las viviendas hechas individualmente, sin ayuda estatal.

Luego los planes se reajustaron a la baja: 70.000 y 50.000 nuevas viviendas para 2007 y 2008, respectivamente.

Las autoridades atribuyen el incumplimiento de los planes a la escasez de recursos, el robo de materiales y la corrupción. A su vez, culpan al embargo estadounidense de provocar entre abril de 2008 y marzo de 2009 afectaciones en el sector por 47.2 millones de dólares.

En agosto pasado, el semanario oficial Opciones, experto en cuestiones comerciales e inversiones, habló del achicamiento de un a su vez recortado programa anual de construcción de viviendas, que de 43.000 casas concluidas en 2008 descendería a 11.000 para este año. La crisis obliga.

Por otra parte, en el tema de las reparaciones, antes de los golpes ciclónicos de 2008 el plan era de unas 250 mil acciones anuales, pero a fines de septiembre del mismo año, el programa sólo avanzaba poco más de la mitad.

En la sesión estival de 2008 de la Asamblea Nacional, el entonces vicepresidente Carlos Lage, luego de escuchar los informes del Instituto Nacional de la Vivienda, sugirió no planificar en el futuro más obras de las que se puedan construir.

Tres años atrás, el propio Lage, ahora enterrado como estadístico en un hospital del extrarradio, habáa anunciado a la nación el utópico programa de levantar 100.000 viviendas anuales.


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