Actualizado: 18/10/2017 20:02
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Intelectuales, Escritores, La denuncia de hoy

Félix Luis Viera, poeta y escritor cubano

El cubano de a pie critica, maldice en las sombras; no puede hacer otra cosa. Los artistas e intelectuales, sí. Esta es, en su caso, la ventaja, o tal vez la desventaja

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A raíz de la publicación de los más recientes artículos de mi autoría en este mismo diario, he recibido varios mensajes electrónicos que, por decirlo de alguna manera, me enjuician o me reprochan ciertas actitudes que he mostrado en los mismos.

Un par, llegados de la Isla, me reclaman que, de algún modo, estoy exigiendo a los escritores cubanos residentes en su tierra que lleven a cabo lo que yo nunca tuve valor de hacer cuando vivía allá. Como en los demás, los dos mensajes referidos me recuerdan mi pasado “inserto en la Uneac” (Unión de Escritores y Artistas de Cuba) y en otras instituciones “de la revolución cubana”.

Asumo estas observaciones recibidas, porque sin duda son atendibles. Fuera del agua, se nada bien, dicen.

Y aun, si me tildaran de otrora inocente, candoroso, tonto, lo asumiría. Eso fui en monto notable. No me pesa reconocerlo.

Solo quisiera aclarar que, pobre del hombre que no se arrepiente, que no rectifica el rumbo cuando ya está consciente de que este no lleva a ninguna parte; bien lo haga por una aberración, o por oportunismo y sus ventajas inherentes. Con conductas de este tipo, surge y crece irremediablemente el cinismo. En el caso de la situación política de Cuba, sobran ejemplos de este corte; comenzando por sus actuales gobernantes, y extensivo a intelectuales con altos y medios cargos en las instituciones culturales, profesores de Humanidades, dirigentes de la cultura en general y artistas de la creación; hoy fieles exponentes allá de la doble moral.

Buena parte de ellos, personas que, en fin, uno sabe perfectamente que piensan distinto de lo que dicen y aun de lo que hacen. Y lo peor para ellos: igual lo saben los cabecillas del régimen, que, sin duda, si llegara el momento, los desecharán como la chatarra en que decidieron convertirse.

Justifico a aquellos intelectuales y artistas residentes en la Isla que, solo a finales de 1990, renunciaron por fin a su, relativa o no, aceptación del castrismo. Mucho esperaron, demasiado tiempo cautivados por los cantos de sirena, pero tuvieron el valor de plantar en firme contra un estado de cosas ya agotado; aun cuando ya, no pocos de ellos, habían invertido la mayor parte de su vida —de su única vida, y esto es muy serio—, obrando en una u otra medida a favor de un sueño perdido.

Es decir, cuando a finales de 1990, Fidel Castro decretó lo que él, esgrimiendo su desvergüenza proverbial, bautizó como Período Especial —la época de mayor penuria que ha sufrido el pueblo cubano en toda su historia, y que se extiende hasta hoy—, como consecuencia de la desaparición del llamado “campo socialista de Europa del este”, ya no había nada que hacer.

Respeto, digo, a los cubanos, intelectuales o no, que hasta ahí llegaron en cuanto a su poca o mucha conformidad con el régimen: entonces por fin había quedado demostrado, sin la más mínima duda, que el llamado “socialismo real” había resultado un fracaso en lo económico, lo social y lo político en aquellos países en que había surgido o había sido impuesto; contabilizando, más que todo, muerte, miseria y angustias; sin que entonces nadie, curiosamente, ningún residente de aquellas naciones saliese a las calles a protestar por la pérdida del “paraíso de los obreros y campesinos”.

Por aquellas fechas, Castro, al decretar el Período Especial, por fin entregaba la evidencia pública de que no le importaba su pueblo, cuando, represión mediante, lo envió a un vía crucis seguro: un vagar sin brújula hacia un destino inexistente. Así, sin modelo social y económico alguno, reincidió en continuar experimentando no con animales, sino con humanos bajo el lema: “Resistir, luchar y vencer”.

O sea, Fidel Castro, sin tener la más remota idea de hacia adónde enviaba a la población, le exigió a esta sacrificios aun mayores —que ya eso es mucho decir—, que los requeridos durante los anteriores 31 años.

Solo valía su ego, su personal lucha antiimperialista, la cual siempre ha tenido, para él, preponderancia sobre el bienestar y la libertad del cubano.

Pues ya lo sabemos: el pueblo de Cuba no ha vencido a imperialismo alguno —como dicen los voceros del régimen y otras personas en el extranjero, engañadas por el sistema—: solo ha sido rehén de un obseso que lo ha utilizado para sus ansias, su aberración particular, su personal deseo; mientras él, Castro, vive como un imperialista, un burgués cualquiera.

Así, Fidel Castro ha logrado alargar la agonía del comunismo cubano —que es lo mismo que la agonía de aquella población— ¡por 24 años!, hasta hoy. Es decir, los niños que nacieron cuando fue declarado el Período Especial, ya tienen hoy 24 años de edad; 24 años vividos en la ignorancia, la coerción, la miseria (excepto, naturalmente, los descendientes de los Castro y su camarilla, los nuevos burgueses). Esto no tiene precedentes en la historia de la perversión de los caciques latinoamericanos.

No sería muy aventurado afirmar que, hoy, los cubanos residentes en la Isla, por decantación, conformen la población más pro “imperialista” del planeta. Los anhelantes de la “yuma”, los “países”, los “yanquis”, los “rubios”.

¿Alguien duda de que, por estos días, en Cuba se está cumpliendo una vez más aquella máxima de que “El socialismo es la vía más larga para llegar del capitalismo... al capitalismo”?

De modo que, como todos sabemos, la década de 1990, precisamente porque abonaría una intensa miseria y el acrecimiento de la represión, daría pie para que en la posterior se manifestaran ciertos grupos de la sociedad cubana; compuestos, se entiende, por las personas más valientes, esas que en toda época de radicalismo o absolutismo, resultan las iniciadoras.

De eso se trata. Antes, cuando aún quedaban esperanzas, aunque fuesen mínimas, y todavía el nivel de pobreza, si bien intenso, no había tocado la sima, surgía alguna que otra protesta, casi siempre muy individual, en uno u otro sitio de la geografía isleña. Luego, cuando la población comprendió, de una vez por todas, que se hallaba en manos de un diletante del infierno, de un onanista de la filosofía y la economía, de ella, de la población, han salido esos ejemplos de combatividad y entereza a que me refería en el párrafo anterior.

Muchos de los protestantes están en las mazmorras o en el destierro o son perseguidos y golpeados salvajemente por los escuadrones de la muerte dependientes del régimen. Muchos de estos, mujeres que han salido a protestar llevando en alto, como única arma, un gladiolo.

Desde entonces la censura a los medios extranjeros se ha recrudecido y la falacia por parte del régimen es fácilmente constatable aun para las personas con menos poder de abstracción.

O sea, la población está consciente de que no hay salida, si bien el grueso de esta no tenga conocimiento, en un país donde todos los medios de comunicación están en la nómina gubernamental, de las atrocidades que comete el oficialismo contra quienes se atreven a replicarle.

El cubano de a pie solo trabaja o hace como que trabaja mientras sigue “inventando” —mediante el robo hormiga, y el contrabando, fundamentalmente— para tratar de subvivir. El cubano de a pie critica, maldice en las sombras; no puede hacer otra cosa.

El cubano promedio no tiene la facultad o la “obligación” de manifestarse públicamente; recibir un premio por su obra, inaugurar una exposición propia, comparecer mediante una entrevista pública televisiva, radial o en la prensa plana, etcétera.

Los artistas e intelectuales, sí. Esta es, en su caso, la ventaja, o tal vez la desventaja.

No estoy en desacuerdo con quienes, de ellos, en comparecencias públicas, omiten cualquier alusión a lo “político” —titánica tarea en un país donde la política se halla tanto en la almohada como en la mesa de comer, expectante, desierta tantas veces, o en el niño que protesta ante sus padres porque estos le piden que por favor no deje de cumplir con la obligación escolar de continuar jurando que “será como el Che”, mientras en secreto les dice que ansía un caramelo, un par de zapatos, una patineta de allende los mares, en el “maldito capitalismo”.

Es decir, visto el deterioro en que se encuentra, en todos los aspectos, la Isla; sabedores de que el castrismo miente al enunciar unas reformas que no llevan hacia otra parte que al capitalismo, un andar en círculo que ha durado hasta ahora 55 años; conscientes de que en 2003 fueron condenados a grandes penas de cárcel 75 escritores, periodistas y otros profesionales disidentes, por el único hecho, que se me perdone el pleonasmo, de disentir, y que en el mismo año, en menos de 72 horas, resultaron fusilados, luego de un juicio sumarísimo, tres jóvenes cuyo único daño había sido intentar el secuestro de una lancha de pasajeros, para marcharse del país; enterados de que algún escritor disidente se halla tras las rejas luego de un dudoso juicio armado en su contra, y que asimismo tras las rejas hay mujeres y hombres que únicamente han expresado, pacíficamente, su opinión contraria al régimen, como sucede a diario en cualquier país del mundo; apercibidos de que diariamente los escuadrones de la muerte de los Castro golpean salvajemente a compatriotas, hombres y mujeres, por el solo hecho de discrepar con el régimen, aunque para ello sea menester asaltar sus casas o sus lugares de reunión... ¿es justo que escritores, poetas, compositores, artistas de la plástica, periodistas, etcétera, compartan el pan que les brinda la dictadura sobre un mantel de sangre?

No es de humanos pedirles a los antes señalados que tomen como basamento algún tipo de violencia, ni siquiera verbal. No se trata de crear una guerrilla para tumbar a la dictadura. Solo que, al menos, en sus plenarias, consejos y otras asambleas, tengan el decoro de preguntarles a los jerarcas cuántos de sus compatriotas han sido golpeados este mes, si el número de presos políticos ha aumentado en los últimos días, o que propongan abogar por el acercamiento pacífico con quienes —como ellos mismos— no piensan igual que los detentadores del poder y así lo expresan.

No está de más aclarar que no todos los hombres y mujeres son patriotas, si bien los gobiernos absolutistas, y sobre todo los comunistas, se han empeñado en hacerles creer eso a sus pueblos para así inyectarles aquello que Adolfo Hitler concibiera para sus discursos: “emoción y miedo”.

De modo que sería una tontería exigirles, a todos, los creadores e intelectuales cubanos un enfrentamiento abierto con el régimen “envueltos en la bandera”.

¿Pero sería solicitar mucho que, atendiendo a lo antes referido, por lo menos hiciesen llegar algún quejido de la colectividad, ellos que sí pueden hacerlo?

¿Sería excesivo solicitarles que no acepten un premio, un diploma, que renuncien a la publicación de un libro o la inauguración de una exposición, al estreno de una pieza musical —que en cualquier caso prestigian a la dictadura—, hasta tanto no sean atendidas las demandas más perentorias de una población sumida en el pánico y la miseria?

Si alguien me preguntara si, en caso de vivir yo en Cuba actualmente, aceptaría y llevaría a cabo los pedidos descritos en los dos párrafos anteriores, mi respuesta sería: sí, no tengo dudas.

Bien, ya sabemos que, como se dice, cada cual tiene que hacer su vida en el lugar en que vive; tratar de cumplir en este sus objetivos, sobre todo los existenciales. Pero..., la línea que divide a la picardía, de la malevolencia, es casi invisible.

De todo lo anterior se desprende, o debería desprenderse, que no deben ser juzgados de igual manera los creadores e intelectuales que se hallaban en Cuba hasta aproximadamente la década de 1990, que quienes allá siguen habitando luego de los desmanes dictatoriales posteriores, principalmente en los últimos 14 años, cuando el régimen ha mostrado, sin cortapisas, todo su arsenal de odio, crueldad, desprecio para la población.

Ya no es un buen argumento el hecho de que ellos, los intelectuales y artistas residentes en la Isla, no tienen información sobre lo que en realidad ocurre en su tierra. El cubano de a pie, no, pero la mayoría de los creadores cubanos, por una vía u otra, tienen acceso a lo que allá sucede, llegado, paradójicamente, del extranjero.

Vale decir que en Cuba tengo colegas que son muy buenos amigos, y otros excelentes conocidos, a los que extraño y quiero, y a los que ojalá pueda ver en alguna ocasión, y que para mí seguirán siendo tales mientras no me digan o me demuestren lo contrario.

Al remitente de uno de los mensajes electrónicos que aludía al inicio de estas líneas, quien me recuerda ciertas propuestas mías cuando vivía en Cuba —de la que me marché en 1995 y luego visité en varias ocasiones—, que, en su opinión, resultaban transgresoras, quisiera contestarle, hoy, lejos del flagelo, que siempre tuve miedo, sobre todo inmediatamente después de que me expresaba “fuera de lo establecido por nuestro pueblo honrador y trabajador”.

Al remitente de otro mensaje, este desde fuera de Cuba, en el cual, infiero, se me acusa de “un poquito de protagonismo” en mis artículos más recientes, le respondería con aquellas líneas del poeta: “Yo soy un comemierda/ que cualquier muchacho engaña”.

Ya ven. Así van las cosas.


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