Actualizado: 17/08/2018 22:24
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Fósforos, Cerillas, Economía

Fosforito

Los fósforos en Cuba se hacen —cuando se hacen— con máquinas que existían a la llegada de Fidel Castro al poder

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En Cuba la tragedia se viene mezclando con el esperpento desde 1959. El fenómeno existía desde antes, pero es a partir de esa fecha que lo insólito y hasta grotesco se transforma no solo en acto cotidiano sino en carta de ciudadanía: deja de ser estampa para convertirse en esencia. Hasta que le quema los dedos a cualquiera.

La nota informativa apareció en Granma. Las cerillas no encienden, pierden la cabeza en el intento, las cajas se venden semivacías y a la población cubana le resulta muy difícil encender un fósforo. Que un país carezca de fósforos o estos no sirvan no deja de ser asombroso.

Aunque no es noticia. La noticia sería: ¿hasta cuándo? Confieso que aún me resulta desconcertante

El asunto anima a un lector de la información, que en los comentarios explica que siempre que va de visita a la isla lleva un encendedor y fósforos, “porque en el penúltimo viaje todos los fósforos no rayaban”.

Por lo general uno no lleva cerillas o encendedores de un país a otro. Menos en estos tiempos de controles en los aeropuertos.

Hace un par de años y por curiosidad, compré en Atenas una fosforera con la imagen del “Che”, y aunque el mito del guerrillero no me resulta luminoso, el encendedor adquirido por unos pocos euros funciona como el primer día. Quizá en Cuba se vendan también, pero deben estar destinados a los visitantes extranjeros. Para el cubano de la calle no queda ni siquiera ese consuelo.

A las cajas de fósforos cubanas le quieren poner fecha de vencimiento, como si se tratara de un pomo de aspirinas. Es por el clima añaden (“El género dentro por la calor”, como en la canción de Sabina sobre el franquismo).

Quien escribe en Granma señala que “los aspectos [culpables de la situación] están estrechamente relacionados con un problema ya mencionado: la obsolescencia tecnológica”. Nunca una palabra tan larga y tan fea ha tenido un mejor destino. Es cierto: el gobierno cubano es obsolescente por naturaleza.

Una explicación —más práctica y menos gramatical— aparece también en el texto: en 2017 “la Empresa Nacional de Fósforos (Enfos) detuvo por seis meses la producción en las cuatro entidades encargadas de la fabricación de cerillos en el país, explicó a Granma Yurelkis Noda Triana, su directora general”.

Así que durante medio año no se produjeron fósforos, con una tecnología que tiene “más de 60 años de explotación”. Lo que se traduce en que estos se hacen —cuando se hacen— con máquinas que existían a la llegada de Fidel Castro al poder. A lo que se une que en el proceso se utilizan “24 insumos”, de los cuales “17 son importados”. Y aquí finalmente aparece una de las causas fundamentales de la escasez: no hay dinero para comprar la materia prima. El acucioso problema que golpea cada vez con más fuerza a la economía cubana.

“El tema es de larga data y ha llegado, incluso, a la Asamblea Nacional del Poder Popular. En julio del 2016, un informe presentado a esa instancia por el Ministerio de Industrias reconocía las insatisfacciones con la calidad, que se debían al deterioro de un equipamiento envejecido”, adiciona Granma en un párrafo que, en la práctica, para el cubano de a pie no añade nada.

El problema es viejo, todos los cubanos lo saben. ¿Qué importa que en el 2016 se tratara en el parlamento cubano si al año siguiente la situación empeoró? ¿Cómo se resuelve?

Todo se limita a que “la solución radicaba en la ejecución de inversiones tecnológicas que permitieran alcanzar los parámetros de eficiencia y productividad”. Pero el pretérito imperfecto de “radicaba” (nunca la gramática ha expresado mejor un significado político) no permite un futuro simple: para los cubanos, solo queda el seguir quemándose los dedos o no poder encender la cocina.


Esta columna también aparece en el Nuevo Herald


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