Actualizado: 28/09/2021 12:27
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Sociedad

Frío, frío; caliente, caliente

La batalla del régimen contra la corrupción: contradicciones, politización y más de lo mismo.

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Cuentan que en los años sesenta la casa del ex presidente Ramón Grau San Martín, en La Habana, fue allanada por la policía política del nuevo gobierno revolucionario. Los agentes lo revolvían todo en busca de pruebas para castigar a Grau, mientras éste iba detrás, anunciándoles: "frío, frío, caliente, caliente", en burlona alusión a ese juego infantil que aquí llamamos "chucho escondido".

La anécdota puede ser útil quizás para introducir dos sucesos (uno, frío, frío; y el otro, caliente, caliente) que tienen lugar por estos días en nuestros predios, ambos relacionados con la pretendida batalla del régimen contra la corrupción.

Frío, frío

En la heladería Coppelia, vidriera del pintoresquismo habanero en tiempos de revolución, se lucha contra la estafa mediante una original directiva. Al menos en los kioscos que comercializan en divisas, el consumidor ya no puede ser engañado por los despachadores que al bolear los helados se robaban la mitad de cada bola. Ahora el engaño es parte indivisible del producto.

No se permite la venta de helados en porciones fijas sino según su peso, desde una onza hasta una tonelada. De modo que si la cantidad no armoniza con las expectativas de quien compra, ya no será culpa del despachador, ni siquiera de la pesa, sino del grado de congelación del helado.

A fin de cuentas, un helado, como todo en la vida, muy bien puede valer lo que pesa. Aunque, como todo en la vida, para tener precios similares, dos helados no necesiten ser sustancialmente iguales ni pesar siempre lo mismo.

Caliente, caliente

Se recordará "El Caso Tecnólogo", nombre con que el Ministerio del Interior bautizó aquel sonado operativo contra el robo de alcohol que se llevara a cabo en la Planta de Hemoderivados de La Habana y que terminó (el operativo, ya que al parecer no el robo) con el procesamiento policial de 40 de sus trabajadores, entre ellos, las ocho tecnólogas que fungían como jefas de turno.

Pues bien, los tribunales acaban de ratificar una sentencia de 15 años de cárcel para Maicette Benítez Perera, especialista principal de la planta. Finalmente, la sentencia no fue por robo sino por el muy ceñudo cargo de sabotaje, basada en el cual la fiscalía había solicitado condena de 20 años, que fue reducida luego de apelación.

Obviando el nimio detalle de que una acusación tan grave debe ser suficientemente probada y que en cualquier tribunal del mundo real las pruebas de un delito común, como el robo, no servirían para juzgar el sabotaje, resulta indiscutible que la enjuiciada cometió una falta y merece castigo.

De manera que en este caso la condición de "caliente, caliente", más que en el propio acto judicial, radica quizás en ciertas observaciones y ciertos criterios de personas que estuvieron presentes en el juicio de Benítez Perera.

Por ejemplo, el periódico Juventud Rebelde publicó, a raíz de la detención, que como consecuencia del delito cometido por ella y por los demás, "se calcula que unas 75.000 donaciones de sangre fueron inutilizadas, y que el país perdió casi dos millones de dólares por el rechazo de producciones que no cumplían con los requisitos imprescindibles". Sin embargo, estos testigos presenciales aseguran que durante el juicio no quedó demostrada tal afirmación.

Dicen más: que el susodicho rechazo de las producciones desde el exterior nada tuvo que ver con la falta de alcohol (que era el producto robado), sino que fue debido a que contenían polímeros y pelusas, o sea, por problemas intrínsecos de calidad y no por insuficiencias relacionadas con los componentes.

Asimismo, aseguran estas personas que el máximo responsable del control de la calidad en la Planta de Hemoderivados no fue llamado a testificar en el juicio, razón por la cual quedó flotando este asunto de la calidad de los productos rechazados.

Dicen, en suma, que incluso la culpa de Benítez Perera en el robo de alcohol pudo ser demostrada solamente a través de su propia confesión, pues no existe otra prueba fehaciente. Ni en su caso ni en el del resto de los procesados.

De hecho, uno de los testigos (que no era trabajador de la Planta de Hemoderivados, sino que se dedicaba a recibir y distribuir el alcohol robado) declaró ante el juez que no veía entre los acusados a ninguno de los trabajadores que le entregaban el producto del robo. Este testigo, dicho sea de paso, resultaría apuñalado por manos incógnitas días después de su comparecencia.

Hubo (y hay todavía, según vox pópuli) robo de alcohol en grande en la Planta. Nadie lo duda. Nadie pretende negarlo. Entonces, ¿cómo se explica que estos robos no afectaran, no afecten, la calidad del producto terminado?

A mí no me lo crean, pero dicen los que saben que el alcohol no se sustrae de las cantidades destinadas a la producción, sino que existen convenios de trampa entre quienes suministran el alcohol a la Planta y quienes lo roban desde adentro. De modo que las cantidades suministradas son muy superiores a las que se registran realmente en los papeles. Es algo así como la plusvalía de los ladrones.