Actualizado: 30/09/2022 19:08
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Economía

¡Fuera las ovejas descarriadas!

El operativo estatal contra el mercado negro sanciona a los luchadores de la calle, no a los grandes magnates.

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Dos o tres décadas atrás, los cubanos de a pie hubiesen visto quizá con buenos ojos un operativo tan feroz como el que ahora lleva a cabo el régimen contra el mercado subterráneo y sus disímiles agentes y ramificaciones. Pero hoy por hoy este tipo de acción, lejos de recibir aplausos, es reprobada por la mayoría. Y no resulta difícil constatarlo, siempre que medie la disposición de mirar hacia nuestra realidad con honradez.

En primer lugar, la gente la reprueba por elemental instinto de conservación: el mercado subterráneo es el proveedor más estable, abarcador, confiable y mejor surtido para los pobres de aquí —casi toda la población—, sea en materia de alimentación o de otros renglones que el Estado no oferta, o no con la debida calidad y constancia, o no en moneda nacional, o no a precios asequibles.

En segunda, porque a pesar de los pesares, nos quedan algunas reservas de sentimiento justiciero. Y es claro para todos que en este festinado operativo contra el robo, la malversación y otras ilegalidades, la policía y sus hordas de censores actúan muchas veces indiscriminadamente, tratando con igual rigor y falta de civismo al ladrón y al pequeño infractor, al trapichero de abultado expediente y al infeliz buscavidas, al pícaro con largas espuelas y al anciano o la mujer indefensos. Aunque eso no es todo, ni lo peor.

A la suspicacia popular no escapa el hecho —también de fácil constatación para quien se lo proponga con honradez— de que entre los detenidos, sancionados y confiscados solamente se ven los luchadores de la calle, pero no los grandes magnates, los cogotudos de suntuosas residencias y yates privados, y cotos de caza particulares y vacaciones en París o en ciertos paradisíacos cayos de nuestro archipiélago, a los que —¿quién osa ignorarlo a estas alturas?— no podrían acceder con el salario que les pagan por sus empleos formales.

Por lo demás, la gente ha perdido en absoluto su confianza en el potencial competitivo del Estado. Saben que jamás podrá suplir de modo sostenido la calidad y amplitud de las ofertas del mercado subterráneo, ni las del cuentapropista, que también está siendo despiadadamente fustigado ahora por la policía. Y saben, para colmo, que el régimen siempre encontrará a mano un argumento para justificar su inutilidad, sean ciclones o sequías o bloqueos.

Se le puede reprochar a los cubanos de a pie su simpatía manifiesta por los infractores de la ley. El robo, aun a mínima escala, es un pecado que viola el séptimo mandamiento, según los católicos. Quien reconoce a Dios y no guarda sus mandamientos es un mentiroso, apuntó San Juan en su Primera Epístola. Pero ocurre que situarse incondicionalmente de parte de los represores equivale en este caso a ir contra lo justo y hasta desoír los reclamos de la propia barriga.

También al mismo Dios, mediante otro de sus santos emisarios, se le acredita aquella frase diáfana y confortante como un amanecer en Varadero: estar contra las ovejas significa ser cómplice del lobo.


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