Actualizado: 09/12/2019 13:16
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Reportaje

Gladiadores en pedales

Los bicitaxis actúan como pequeñas válvulas de escape a la crisis del transporte.

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Ya sea de día o de noche, haga calor o frío, tempestad o calma, ellos estarán apostados en esquinas concurridas esperando por usted. Y usted, que es un alma en pena en una ciudad casi sin transporte, verá en ellos la salvación, aunque tenga que exprimir su billetera.

Al fin y al cabo, los bicitaxis también giran en la espiral de todos: la inflación generalizada.

María Beltrán es una oficinista que acude todos los días a su trabajo con Emenegildo, un mulatón de 36 años, de aspecto saludable y tocado con camiseta y bermuda. "Por cinco pesos me deja en la puerta de la empresa", dice la corpulenta mujer. "Es una clienta fija, si no tiene dinero no importa. Me lo paga más adelante", complementa en tono de disculpa el transportista. El sudor empapa su espalda.

Ambos se despiden con una cordialidad aprendida mañana tras mañana. El pedalista regresa a su piquera en la esquina de San Rafael e Infanta, en el centro capitalino. Hay sombra y brisa. A unos pasos venden pizzas desde un balcón. Mediante cuerdas las hacen llegar a los clientes que gritan el pedido desde la acera.

María es una de las miles de personas que diariamente se desplazan en La Habana mediante los bicitaxis, un triciclo preparado al efecto: dos asientos con espaldar, amortiguadores, ruedas de motocicleta, techo de plancha metálica o forrado con telas sintéticas. Algunos muestran anuncios en las cubiertas, como el de cerveza Cristal.

Pueden o no llevar música, cortinas, espejo retrovisor y toda suerte de ornamentos, guindalejas y nombres, desde los sobrios hasta los kitsch. El rayo, La suerte, El crucero, son algunas inscripciones, siendo la mejor de todas La última tentación…

Surgidos a principios de los años noventa, los bicitaxis se colaron en las urgentes reformas económicas de entonces: la circulación del dólar, el trabajo por cuenta propia, los paladares o pequeños restoranes, los autos de alquiler, la renta de habitaciones. A la vuelta de más de una década, sobreviven a la progresiva regresión de las reformas, no sin ser acosados por las autoridades.

"Las multas son hasta 750 pesos, pero pueden ser de 500 o de 250", precisa un cochero. "Parece que recaudan más poniendo multas que cobrando una licencia", se queja y pide explicaciones de por qué no otorgan nuevas licencias para los bicitaxis. Las últimas "fueron dadas hace dos años".

"A veces la policía te la aplica estando vacío", dice mientras cobra diez pesos por llevarme desde el parque Maceo hasta Casa de las Américas, una distancia de poco más de un kilómetro.

Un patrullero pasa cerca. Nos ignora. En realidad, muchos se hacen de la vista gorda. Los bicitaxis son numerosos. Podrían ser multados como moscas en almíbar.

"He visto en la Habana Vieja decomisar a unos cuantos", comenta una anciana en su portal de la avenida Belascoaín. Confiesa que estos "carricoches" no le son seguros y que además "cobran una enormidad por llevarte a cualquier parte, ya sea cerca o lejos".

La economía informal

En un país que se declara con dos por ciento de desempleo, la economía informal debería ser imperceptible. Los bicitaxis, como en las urbes pobres y populosas del Oriente, son parte de un paisaje que cuanto menos cuestiona las estadísticas oficiales sobre el mercado laboral.

En los largos y sombreados portales habaneros no faltan las vendutas de toda laya: desde calzoncillos hasta cd regrabables.

El salario promedio en Cuba es de 250 pesos. En una jornada de doce horas o más, un bicitaxi recauda hasta 150 pesos. La media es de 120.

"No me voy a ser rico con esto. Hay días que me voy con 50 pesos o menos. A veces no le cobro a los viejitos. Les digo: 'dame lo que puedas'", explica un cochero enjuto, veintiañero, que vino de Las Tunas a probar fortuna.


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