Actualizado: 23/10/2017 19:18
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Cambios, Díaz-Canel, Raúl Castro

Gobierno, poder y “hombre fuerte” en Cuba

Ser el número dos en el gobierno no implica ser el número dos en el poder

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El nombramiento de Miguel Díaz-Canel Bermúdez como primer vicepresidente del Consejo de Estado y de Ministros de Cuba es una de esas situaciones en que no está claro si es más conveniente felicitarlo o darle el pésame. Porque si bien es cierto que el promovido se acerca mucho más a las mieles del poder, también lo es que a partir del domingo ha entrado en el vórtice de un peligroso huracán.

Muchas agencias de prensa no cubanas comenzaron de inmediato a llamarlo “el nuevo número dos” de la jerarquía cubana, como hicieron anteriormente con Carlos Lage, como si siempre necesitaran poder identificar un “delfín” para tratar de entender la forma en que funcionan los mecanismos del poder en Cuba.

Sin embargo, cosas que debían tener perfectamente claras ante sus ojos las ven borrosas, simplemente porque pretenden analizar las realidades de la finca de los hermanos Castro, conocida también como República de Cuba, con los conceptos, esquemas y mecanismos de análisis de las democracias desarrolladas del planeta, con lo cual garantizan no entender casi nunca nada.

Hace casi ochenta años, el 4 de septiembre de 1933, un grupo de sargentos del ejército se hizo del poder en Cuba, y uno de ellos, Fulgencio Batista, precipitadamente ascendido a Coronel, se convirtió, incluso tal vez a pesar de él mismo, en el hombre fuerte de Cuba, el caudillo, la encarnación del poder real en el país.

Desde ese 4 de septiembre de 1933 hasta el 10 de octubre de 1940 Batista encarnó el poder real en Cuba, con independencia de los nombres de los presidentes del país en ese lapso, algunos que duraron solamente horas y otros hasta casi cuatro años: Carlos Hevia de los Reyes, Carlos Manuel Márquez Sterling, Carlos Mendieta Montefur, José Agripino Barnet Vinajeras, Miguel Mariano Gómez Arias, y Federico Laredo Brú. Muchos de los cubanos más jóvenes, tanto en Cuba como en el exilio, no han escuchado nunca algunos de estos nombres.

Durante el período constitucional 1940-1952 fueron presidentes electos Fulgencio Batista, Ramón Grau San Martín, y Carlos Prío Socarrás. Del 10 de marzo de 1952 hasta el 31 de diciembre de 1958 Batista fue de nuevo el hombre fuerte, fuera oficialmente el presidente o no. Después de 1959 la historia se repitió, ahora entre los “revolucionarios”. Entre enero de 1959 y diciembre de 1976 Fidel Castro fue siempre la encarnación del poder absoluto en Cuba, a pesar de la existencia de dos presidentes del país en ese lapso: Manuel Urrutia Lleó, desde enero 3 hasta julio 17 de 1959, y Osvaldo Dorticós Torrado, desde julio 18 de 1959 hasta el 2 de diciembre de 1976. Ninguno de ellos fue considerado nunca “el número dos” de Fidel Castro, y si Dorticós se mantuvo en el cargo durante diecisiete años fue precisamente por entender perfectamente que él no era, ni podría ser, tal “número dos”.

El dos de diciembre de 1976 se eliminaron los formalismos y Fidel Castro asumió plenos poderes como Presidente del Consejo de Estado y del Consejo de Ministros, basado en una constitución diseñada específicamente a su gusto y medida, que también lo reconocía como Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas, cargo que no necesitaba en su condición autodesignada de Comandante en Jefe desde muchos años antes. A la vez, mantuvo el cargo de Primer Secretario del Partido Comunista. El poder absoluto.

Como “número dos” oficialmente designado —ya lo era de facto desde 1959— Raúl Castro asumió como Primer Vicepresidente de los Consejos de Estado y de Ministros, a la vez que se mantenía como Segundo Secretario del Partido Comunista, y en su condición de militar de mayor grado y ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias resultaba de hecho el segundo del Comandante en Jefe.

Todo lo demás alrededor de los hermanos Castro siempre fue paisaje y escenografía, a pesar de las fantasías de la prensa extranjera y determinados dicen que expertos, que “identificaban” sucesores, delfines, “arquitectos de las reformas” y todas esas tonterías, siempre para darse de narices, más tarde o más temprano, con las realidades.

Cuando Raúl Castro —el actual hombre fuerte cubano— asumió oficialmente todo el poder en 2008, nombró a José Ramón Machado Ventura como primer vicepresidente del Consejo de Estado y de Ministros, y más tarde lo elevaría a Segundo Secretario del Partido Comunista. Sin embargo, Machado no tenía poder real sobre los aparatos militares y de seguridad, y él lo sabía perfectamente.

La prensa extranjera ignoró esas realidades y siguió creyendo el cuento de Carlos Lage y Felipe Pérez Roque como “sucesores” —ya antes había sido Roberto Robaina el “delfín”—, hasta que ambos fueron defenestrados en 2009. Se produjeron también otros “truenes” menos escandalosos, pero igual de radicales, entre ellos los casos de Otto Rivero, Carlos Valenciaga, Hassan Pérez, Conrado Hernández y Fernando Remírez de Estenoz, y se brindaron salidas más “elegantes” a otros fidelistas no tan jóvenes, como “Chomy” Miyar Barruecos y ahora Ricardo Alarcón.

De esa escabechina del neocastrismo raulista solamente sobrevivió Díaz-Canel, de la misma generación de los “delfines” del Comandante, pero pastoreado por Raúl Castro y Machado Ventura durante muchos años y promovido poco a poco, en vez de haber sido catapultado precipitadamente al estrellato por Fidel Castro.

Nacido en 1960, ingeniero eléctrico, tras graduarse pasó el servicio militar como oficial en una unidad militar, y después fue profesor de su especialidad en la Universidad Central de Las Villas, donde pasó a ser un “cuadro profesional” de la Unión de Jóvenes Comunistas. Cumplió “misión internacionalista” en Nicaragua, y llegó hasta Primer Secretario del Partido en la provincia de Villaclara, y después en la de Holguín. Promovido al Comité Central del Partido en el cuarto Congreso (1991), en 2003, a propuesta de Raúl Castro, pasó a ser el más joven de los miembros del Buró Político del Partido. En 2009, con evidentes miras futuras, Raúl Castro lo sacó del trabajo partidista tras dieciséis años de experiencia como Primer Secretario del partido en provincias y lo designó ministro de Educación Superior, y posteriormente en el 2012 le hizo vicepresidente del Consejo de Ministros a cargo de Educación, Ciencia, Cultura y Deportes, cargo que ocupó hasta el pasado domingo.

La mejor demostración del carácter “democrático” de su designación estriba en que aparentemente ni el Comité Central del Partido conocía de las intenciones de Raúl Castro, por lo que hubo que celebrar a la carrera un Pleno del Comité Central temprano en la mañana del domingo, antes de las nueve de la mañana, en que comenzaría la sesión de la Asamblea Nacional del Poder Popular que debía “elegirlo” como Primer Vicepresidente del Consejo de Estado y del Consejo de Ministros.

Díaz-Canel recibió los atributos formales de segundo al mando en el Gobierno y el Estado, y de su desempeño futuro y su habilidad para navegar en las aguas tormentosas que deberá atravesar dependerán sus perspectivas reales, durante un período que al culminar, en 2018, no deberá tener entre sus filas a la generación “histórica” del totalitarismo cubano, sea por imperativos de la biología o por retiro voluntario “a lo chino”.

Raúl Castro deberá apoyar fuertemente en su tarea a Díaz-Canel para que sea aceptado como poder real y no solamente formal, lo que deberá ser relativamente sencillo de lograr entre muchos ministros y funcionarios de alto nivel. Y apoyarlo para que pueda lograr algún día, quien sabe cuando, un “aterrizaje suave” ante situaciones más complejas que deberá enfrentar en sus relaciones con otros personajes del Gobierno y el Estado.

El flamante primer vicepresidente no podrá olvidar que José Ramón Machado Ventura sigue siendo Segundo Secretario del Partido, organización que desempeña el “papel rector” en la sociedad cubana, y que en la práctica está jerárquicamente por encima del primer vicepresidente. Tampoco que, a pesar de que Machado Ventura y Abelardo Colomé (“Furry”) pusieron a disposición sus cargos de vicepresidentes del Consejo de Estado para dar cabida a “sangre joven”, el Comandante de la Revolución Ramiro Valdés no lo hizo, y no vamos ahora a especular por qué, lo que podría ser motivo de un análisis diferente a éste. Ni tampoco deberá olvidar que debe ser muy cuidadoso en sus relaciones con dos Generales de Cuerpo de Ejército (tres estrellas) y miembros del Buró Político del Partido, como son el Ministro de las Fuerzas Armadas (“Polo” Cintras Frías) y el del Interior (“Furry”), y algunos generales vicepresidentes del Consejo de Ministros, porque todos los mencionados ya eran Comandantes antes de que él hubiera nacido.

¿Qué sucedería si fallece Raúl Castro y Díaz-Canel ascendiera a Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, y a la vez Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas, en un país con tradición de gobernantes que fueron y son generales o doctores? ¿Cómo trataría con cinco generales de cuerpo (tres estrellas), una veintena de generales de división (dos estrellas) y varias decenas de generales de brigada (una estrella), todos los cuales acumulan en sus expedientes acciones combativas en diversas partes del mundo? Para quién piense que eso sería fácil en Cuba sería bueno pedirle que recuerde cómo José Martí, sin historia combativa, debió manejar las relaciones con Antonio Maceo y Máximo Gómez, la famosa reunión entre ellos tres en la finca La Mejorana, y la inmolación del Apóstol poco tiempo después.

¿Está asegurado el fracaso de Miguel Díaz-Canel en sus nuevas responsabilidades? Naturalmente que no. ¿Está garantizado su éxito? Por supuesto que tampoco. Lo que debe quedar claro es que todavía, y durante mucho tiempo, está lejos de ser el hombre fuerte cubano en un país donde las instituciones valen menos que los caudillos, y las políticas menos que las voluntades de los líderes. Todo dependerá de cómo se manejen las relaciones de poder, de la actuación de la biología sobre los “históricos” o sobre el mismo Díaz-Canel en los próximos años, de las relaciones internacionales, de su propio talento, de los imponderables, y de muchos otros factores.

¿Representa Díaz-Canel el inicio de la era post-castrista y el camino hacia la democracia cubana en estos momentos, como aseguran algunos que, en el fondo, responden a La Habana? Claro que no. Representa el camino hacia un modelo de dictadura “light” que pretende el neocastrismo: menos totalitaria, bien maquillada, y con los militares controlando la economía, pero dictadura al fin y al cabo.

Sin embargo, estas realidades, válidas con los “históricos” todavía respirando, no tienen que ser necesariamente absolutas en situaciones diferentes. ¿Entonces, sin los “históricos”, Díaz-Canel sería un Gorbachev cubano? Es irresponsable afirmar eso. ¿Es imposible que lo sea? Sería idiota afirmarlo. No tiene sentido especular sobre variables más allá de nuestro alcance.

Está claro que hoy Miguel Díaz-Canel Bermúdez está muy lejos de ser el “hombre fuerte” que rija los destinos de Cuba. Lo que no significa que no pueda llegar a serlo. Ahora es solamente “el número dos” del Gobierno y el Estado, pero no el “número dos” del poder en Cuba.

Que son cosas muy diferentes.


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