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Sociedad

Guaguas peligrosas

Antes eran escasas y venían repletas. Ahora lo mismo, pero más inseguras, con actos criminales y satanismo incluido.

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No estaba ni Río ni en México DF, sino en La Habana y a pleno sol.

En un viaje de rutina, el bibliotecario HS pensó en la muerte cuando dos furibundos jugadores de chapitas sacaron sus armas blancas. Sentado justamente a mitad de la escena, el testigo sólo atinó a cerrar los ojos para huir del filo de los cuchillos.

"Montaron en el Cerro y, en combinación con otro que subió dos paradas después, hicieron el numerito", relata el empleado que todos los días toma el ómnibus de línea número 20 para acudir a su trabajo en la Habana Vieja.

Los jugadores convirtieron el vehículo en un casino rodante. El conductor ni se inmutó, al parecer por temor a represalias. No pasaban de las dos de la tarde.

Se trata de un viejo juego, supuestamente de azar, que floreció a principios de los años noventa, en plena crisis.

El jugador debe adivinar cuál es la chapa marcada en su envés. Para ello, el dealer mueve con rapidez de aleteo las fichas de lugar sobre un pequeño tablero, al parecer aleatoriamente, pero siempre sabiendo ubicar el objeto marcado. A veces se deja ganar un par de tandas, para luego, al subir las apuestas, acaparar todo el dinero.

La farsa, entre dos o más supuestos desconocidos, es la carnada para que otros prueben fortuna. Finalmente son embaucados con la miel en los labios.

Sin embargo, puede haber un error de cálculo en el timador, y eso fue lo que hizo estallar la violencia en la ruta 20.

"El que había ganado reclamó su dinero y los delincuentes se negaban a dárselo. Entonces uno de ellos sacó un cuchillo, mientras el otro —el estafado— hizo otro tanto. Me quedé atónito. Nunca pensé que había tanta gente armada en este país y mucho menos que en las guaguas pasara eso", recuerda aún atribulado el bibliotecario.

Las apuestas llegaron hasta los 20 CUC, equivalentes a 500 pesos, casi el salario de un especialista en Medicina General Integral, que dado el costo de la vida es una mensualidad volátil.

¿Alguien iría a las cuchilladas por 20 CUC?

"Hasta por menos que eso", responde una enfermera del hospital Ameijeiras, un gigante que domina la chatedad urbanística del centro capitalino, atestado de solares y vecindarios amalgamados donde vive la mayoría de los malhechores. La casbah, le llaman los culteranos, aludiendo a los barrios laberínticos y pobres de Argel.

'Cada día más jóvenes'

El cuerpo de guardia del hospital, de cara al malecón, atiende todo tipo de lesiones y contusiones de reyertas diarias, sobre todo nocturnas y de fin de semana.

Para esta experta en reanimación, lo peor "es que cada día son más jovencitos los que llegan con heridas o fracturas" de armas blancas o de fuego. "Dicen que en La Habana ya hay hasta talleres clandestinos para fabricarlas. ¿Quién para eso?", se pregunta alarmada.

Es posible que la delincuencia esté migrando hacia los yutong, ómnibus chinos que en número superior a los doscientos entregan cierto alivio al transporte en la capital, cuyo movimiento de pasajeros decreció en nueve veces desde fines de la década de los años ochenta hasta 2006.

Decretos de última hora han endurecido las penas para los portadores de armas blancas en la vía pública.

Recién la policía montó operativos diarios en los llamados "camellos", que, dado el hacinamiento y el paso farragoso de los usuarios, han sido el paraíso de los cacos.

Los rateros se arman de cuchillos afiladísimos y pequeños, a los que no colocan empuñaduras, sino que terminan entizados en cinta adhesiva. Al no ser gruesos, caben dondequiera. Casi siempre viajan disimulados en libros y periódicos o enfundados en bolsas de nylon, un artículo que forma parte del atuendo de cualquier cubano.

Con esos filosos instrumentos estos cirujanos del robo rajan las carteras y bolsos de las víctimas sin acudir a métodos violentos. Por lo general, los hurtados se percatan del hecho demasiado tarde. A veces al llegar a sus trabajos o casas.

"Y ni se molestan en declararlo a la policía. ¿Pa' qué?", interviene un ex guardia de seguridad que ahora vive de la pesca furtiva de corales. Lo declara sin rubor.

Reconocimiento oficial

Las indisciplinas, los atracos y la violencia también llegaron a las páginas de la prensa, que siempre guarda mucho recato en publicar episodios de ese tipo.

En enero pasado, el diario oficialista Juventud Rebelde, único autorizado a tocar ciertos temas escabrosos, redactó un largo reportaje acerca del vandalismo en ómnibus metropolitanos de línea.

Dos policías que llamaron al orden en uno de los vehículos, fueron atacados de repente por quince hombres en una fría madrugada de diciembre de 2007, luego que la algarabía y el toque de rumba en los asientos hacía el viaje insoportable.

"En medio de la 'piñacera', golpearon a los policías, los agredieron con picos de botellas e incluso intentaron desarmarlos… Desde abajo, después de lanzarse precipitadamente del ómnibus, varias de las personas que habían provocado el incidente atacaron a pedradas el autobús y fracturaron varias ventanas sin importarles quién resultara herido", relató el periódico.

Los gamberros fueron posteriormente detenidos y están en espera del fallo del tribunal. Según la fuente, desde septiembre de 2007 se han efectuado una veintena de "juicios ejemplarizantes... en un intento de las autoridades por hacer ver que nadie saldrá impune si altera el orden público y con sus acciones intenta detener, consciente o de manera irresponsable, la mejora del transporte público".

Durante todo 2007, sólo en la capital, se produjeron 246 hechos vandálicos a bordo del transporte público, de los cuales 56 fueron en metrobús o "camellos", 174 en ómnibus convencionales, incluidos los flamantes yutong, y 16 en taxis.

Irma Paredes, una especialista en rehabilitación de adictos, se lamenta que ya no sale a ver teatro, su "verdadera pasión".

Una noche, de regreso a casa en el barrio de La Víbora, presenció aterrorizada como un grupo de muchachos vestidos de negro, tatuados hasta los pelos y, evidentemente, drogados, se autocortaban para "chuparse la sangre los unos a los otros" en la ruta 174.

El chofer intentó bajarlos. Fue imposible. Entretanto, no apareció ningún policía y los gritos, cantos y jerigonzas fueron la tónica del viaje satánico. Desde entonces, el telón bajó para esta diletante. Sus amigas la animan a que retome la vida cultural, pero ella responde que "es mejor cuatro paredes que cuatro velas".


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