Actualizado: 20/10/2021 13:39
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Noviembre, Protestas, Marcha

Hacia el 20 de noviembre

A la conquista del espacio público en Cuba

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Prólogo

Este 29 de septiembre, Yunior García Olivera, dramaturgo y artista cubano, líder visible del proyecto mediático opositor Archipiélago, publicó en la página de igual nombre del grupo:

“La marcha cívica por el cambio, convocada para el 20 de noviembre, es un derecho legítimo que debe ser conquistado. En más de 60 años jamás se ha permitido una manifestación contraria al pensamiento oficial.”

Se trata de lo que muchos expertos definen como el comienzo del fin de la dictadura más longeva del hemisferio occidental, única en su amargo carácter totalitario comunista dentro de tan amplio espacio geográfico-cultural.

Tengo mi personal testimonio del primer antecedente directo de la nueva batalla por la conquista de las calles cubanas, ocurrió en La Habana, muy cerca del pintoresco y bucólico paseo junto al mar llamado El Malecón, y por ello los sucesos del 5 de agosto de 1994 pasaron a la historia con el nombre de El Maleconazo.

Era yo miembro de lo que podría llamarse en términos deportivos una selección de selecciones de periodistas oficialistas cubanos, me alojaron en el complejo turístico Comodoro, uno de los buques insignia de la flota turística creada por El Comandante para enfrentar la aguda crisis provocada por el fin del socialismo en la Europa del Este, especialmente la desaparición de la URSS, y con ella la quiebra del parasitismo económico adherido al campo socialista.

Viví durante varios días el agudo contraste de una ciudad donde en vez de apagones habían “alumbrones”, es decir, los breves lapsos de tiempo cuando la gente tenía electricidad en sus hogares, la que jamás faltaba en los nuevos hoteles de lujo, ocupados por miles de turistas, en general ávidos por conocer un país que parecía prolongarse en el tiempo cual parque jurásico, según bien lo ha definido la brillante Yoani Sánchez.

El 5 de agosto, cumpliendo un cronograma de trabajo vigilado estrictamente por un coronel del equipo de Raúl Castro, nos encontramos alrededor de treinta periodistas en la vastedad del cuarto piso de la vistosa torre que alberga al Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (MINFAR), parte de la llamada Plaza de la Revolución, paisaje urbano heredado del dictador derrotado Fulgencio Batista por el dictador triunfante Fidel Castro. Estábamos en las oficinas del hombre No. 2 de Cuba.

Había otros invitados, recuerdo al ministro-comisario de la cultura, Abel Prieto, mi antiguo profesor de literatura en el Instituto Pedagógico, allá por 1975 en la renombrada Isla de la Juventud y, tampoco olvido al flamante Historiador de la Ciudad de la Habana, Eusebio Leal Spengler. He olvidado a otras figuras, y las que recuerdo con imprecisión, mejor no mencionarlas.

A media mañana, mientras repasábamos un filme testimonio del desastroso final de la brigada militar soviética radicada en las afueras de la capital, encargada de proteger las instalaciones de espionaje electrónico conocidas por Base de Lourdes, nos convocaron de urgencia a otro salón, un pequeño teatro, donde, sorpresa, entró de repente, walkie-talkie en mano, Raúl Castro Ruz.

El ministro por antonomasia en Cuba daba órdenes a su subalterno y primero en ostentar el grado de general de cuerpo de ejército, Abelardo Colomé Ibarra, alias Furry, ministro del Interior, fruto directo de los fusilamientos de 1989, cuya víctima principal fuera el también general Ochoa.

Estaban acordonando con tropas especiales un área desde el Parque Maceo hasta más allá del Paseo del Prado, donde cientos de personas habían salido a la calle en abierto desacato a la “tranquilidad” que por décadas era muestra orgullosa del éxito revolucionario.

El hermano del Comandante comentó que habían orquestado una sublevación popular, aprovechando que Fidel tenía previsto viajar a Colombia a una cumbre. El general de 4 estrellas dejó con la palabra en la boca a su subalterno de solo 3 y, virándose hacia nosotros, le dijo al circunspecto historiador: “No te preocupes Leal, que no vamos a permitir que te destruyan la Habana Vieja.”

Instantes después, conminados por el coronel guía de nuestro selecto equipo periodístico, abandonamos el edificio en una coaster japonesa, emblema de la Toyota, entre cristales y aire acondicionado, rumbo al neurálgico Malecón. En la esquina de Galiano, bajamos a la acera del hotel Deuville, cuyos altos paneles vidriados exhibían orificios similares a los causados por las balas, pedradas recientes de la furia popular contra la estrenada opulencia del turismo made in dollars.

Había calma, antes de llegar al lugar, un carnet del todopoderoso coronel nos abrió el paso en la intersección de San Lázaro e Infanta, ocupada por postas del ejército. Después supimos, por la TV a color que estrenábamos en las habitaciones del hotel, que Fidel Castro apareció caminando por el Paseo del Prado, junto a su séquito de guarda espaldas vestidos de civil, colaboradores y transeúntes de última hora.

Había terminado el maleconazo, unas pocas horas de desahogo popular, sin la menor consigna política de por medio, aprisionado entre las garras de las fuerzas armadas y la popularidad aún visible del barbudo de siempre en Cuba.

De tan aciaga jornada, quedó en mi mente una frase del hermanito consentido, heredero todavía viviente de la monarquía feudal instaurada en nuestro país; la ha hecho cumplir al pie de la letra: ¡Estos asuntos no pueden dejarse nacer, hay que liquidarlos NONATOS!

El próximo 20 de noviembre

Hasta hoy, apelando al más clásico estilo de la Satyagraha del Mahatma: insistencia en la verdad, el abrazo de la verdad, los organizadores de Archipiélago han solicitado oficialmente, retando a cara descubierta al poder mediante documentos firmados por decenas de ciudadanos plenamente identificados, cinco “permisos”, correspondientes a igual número de provincias del país, para marchar pacíficamente, según reconoce explícitamente la constitución comunista de 2019.

Primer protagonista será La Habana, ciudad capital y provincia con 2,2 millones de habitantes; Santiago de Cuba y Holguín le siguen, cuya población conjunta equivale a la capitalina y muy significativa, Villa Clara —los comunistas suprimieron el Santa Clara original durante el apogeo ateísta de los “sesenta al setenta” del pasado siglo—, territorio administrativo muy poblado, en el mismo centro de lo que bien debe llamarse el archipiélago cubano.

De última hora se agregó la provincia de Guantánamo, extremo este, conformando un bloque oriental conectado por sus fronteras. Se esperan nuevas solicitudes formales de permisos para marchar. De ser autorizadas, las protestas cívicas involucrarán al menos legalmente más de la mitad de los 11,2 millones de cubanos dentro del territorio nacional.

Los organizadores de las marchas han dicho que saldrán a las calles, aunque se les niegue lo que justamente consideran un derecho legítimo, amparado por la constitución vigente, y refrendado en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, de la cual Cuba es estado signatario desde su proclamación en 1948.

Los reclamos son por la liberación de los presos políticos, más de un centenar de opositores antes del estallido social del 11 de julio, sumando medio millar de encarcelados, víctimas de la cruenta represión que siguió a los sucesos del 11/J, sin parangón posible en la historia de la casi extinta revolución cubana.

El propio Yunior, un joven artista que nos recuerda al gran Vlacav Havel, otro artífice de la no violencia, ha definido en breves palabras el super objetivo de este movimiento:

“Es tiempo ya de defender nuestra pluralidad y el respeto a quienes soñamos una Cuba distinta, sin discriminación alguna.”

En síntesis, no se plantea la solución de los mil y un entuertos creados durante 62 años por la aventura negligente de Fidel Castro, sino de, me recuerda a Lech Walesa ante los negociadores del gobierno polaco durante la primera Gran Huelga de Gdansk, después de 18 días, cuando en medio de las negociaciones, SI NEGOCIARON y luego volverían a negociar, le increpara al primer ministro comunista: “¡Lo que estamos reclamando son los sindicatos libres!”

Como se sabe, pero lamentablemente olvidan algunos luchadores por la democracia y los derechos humanos en Cuba, aquellos sindicatos libres polacos, terminaron barriendo con medio siglo de dictadura comunista. En nuestra patria el imperativo es ganar la libertad del espacio público, desde 1959 secuestrado por la dictadura comunista, entre la manipulación política y la fuerza.

Desde la historia

La historia moderna de la no violencia está parcialmente contada en una serie documental bajo el título Una fuerza más poderosa, patrocinada por el International Center on Nonviolent Conflict (ICNC), York Zimmerman.inc Editores, disponible en varios idiomas, incluido el español, entre otras plataformas, buscando en Youtube.

Todo comenzó, digamos en grande, cuando Mohandas Gandhi, apodado El Mahatma, envió una carta al virrey británico de la India, Lord Irving, el 2 de marzo de 1930, exigiendo la derogación de un oneroso impuesto sobre la sal. El profeta indio advertía, desafiando al poder, que de no aceptar su demanda, iría al mar a buscar por sí mismo el preciado producto, acompañado de muchos compatriotas.

Irving valoró la inusitada proposición de ridícula, arrestó a varios de los colaboradores directos del líder nacionalista, pero y este pero es importante, DEJO LIBRE A GANDHI Y LE PERMITIO REALIZAR SU MARCHA.

La represión alcanzó limites brutales cuando apresaron posteriormente al propio Mahatma, y sus seguidores invadieron desarmados una salina del gobierno. Veamos que contó el reportero estadounidense Mr. Miller del enfrentamiento con la policía:

“Cayeron como bolos, escuché los horrorosos golpes sobre los cráneos indefensos, aquellos golpeados cayeron inconscientes o retorciéndose de dolor, con el cráneo fracturado o los hombros rotos.” (Crónica leída en el Congreso de Estados Unidos, abril de 1930)

De entonces y hasta hoy, incluido el 11 de julio cubano, la no violencia suele significar todo lo contrario para el poder retado por una mayoría popular.

En todos los casos, se trata de la confrontación entre un poder a todas luces visto como imposible de vencer oponiéndole otra fuerza similar. La fuerza más poderosa radica en lo que Gandhi sintetizó al decir que “la negativa a cooperar con la injusticia, sin violencia, es la forma de derrotarla.”

Es decir, CERO COLABORACION con las autoridades.

Sin embargo, respecto a nuestro aprisionado archipiélago tropical, resaltamos una distinción, los combatientes no violentos de la India, Sudáfrica, Polonia, Checoslovaquia, Chile, inclusive en el Estados Unidos de Martín Luther King Jr., tuvieron al menos cierto espacio donde refugiarse, por muy precario que fuera este espacio: los líderes visualizaron su accionar, contaron con algún tiempo y formas de actuar públicamente, les acompañaron, abierta o discretamente, las congregaciones religiosas parte de la cultura e idiosincrasia nacionales, y hasta desde la prisión fueron en alguna medida respetados.

La dictadura castrista, aplicando una violencia selectiva, propia de un eficaz aparato manipulador, ha suprimido todo espacio posible; ni iglesias, ni siquiera la vivienda de las personas, todos los sitios son intervenidos por el estado sin miramiento alguno. El absoluto desconocimiento de la personalidad de los opositores es la norma hasta hoy vigente del aparato represivo creado por Fidel Castro.

Carlos Alberto Montaner, dejó escritas unas reflexiones, vigentes casi medio siglo después de publicar su Informe secreto sobre la revolución cubana: (enero de 1976 y sucesivas reediciones)

“La verdad es dolorosa: el único aporte cubano al socialismo es un nuevo y eficiente sistema de patrullaje interior. Una mayor eficacia represiva.”

El emblemático comentarista cubano, leído por millones de personas, repetía en su citado libro frases como estas: “la innovación cubana era policiaca y no marxista”. “El único aspecto exportable del llamado ‘modelo cubano’ es una asfixiante estructura represiva.”

¿Significan tan lapidarias sentencias renunciar a la no violencia en Cuba?

No lo creemos, sobre todo porque el axioma básico de este método de lucha radica precisamente en que, mientras más poderosa es la represión, se impone como solución la única fuerza social más poderosa que ella, la acción masiva popular de NO COOPERACION con las autoridades.

Acudimos a los testimonios de varios de entre muchos protagonistas del método que ha sido capaz de cambiar la historia del siglo XX:

Primero, la India, 1930: “Nuestro objetivo era mostrar a todo el mundo los colmillos y las garras del gobierno en toda su fealdad y ferocidad, y en esto tuvimos un éxito más allá de todas las expectativas.”

“Los informes de la prensa sobre la brutalidad policiaca dañaron casi tanto a Gran Bretaña como la campaña de resistencia.”

En el caso cubano, aunque la prensa internacional reconocida dentro del país, opera bajo severas restricciones impuestas por el régimen, junto a la sesgada interpretación de un izquierdismo hipócrita muy frecuente, los hechos son imposibles de ocultar. Por otro lado, el protagonismo de las redes sociales significa un reto imposible de silenciar para la dictadura.

Segundo, Polonia 1981 al aplicarse la ley marcial:

“Sabía que este era mi método de lucha, no les tengo miedo, pueden encerrarme, pueden matarme, pero no pueden derrotarme. Así que la lucha continuará, durará algún tiempo, tendrá un costo alto, pero ganaremos.”

A las anteriores declaraciones de Lech Walesa, le siguen tres décadas hasta las palabras del cubano del 2020 según la revista Time, Luis Manuel Otero Alcántara, performancista, líder del Movimiento San Isidro en La Habana Vieja, apresado por última vez este 11 de julio, hoy en huelga de hambre desde la prisión de máxima seguridad de Guanajay.

LuisMa, como le conocen en el barrio marginal que le ha visto ser encadenado decenas de veces, le declaró a quien escribe:

“El régimen es cada día menos creativo, cada día usa menos la cabeza, es más violento, y eso hace que sean más torpes, van perdiendo la poca simpatía que les queda. Me meten preso por andar con la bandera, me meten preso por andar con el casco, me meten preso por cualquier bobería. Es la fuerza contra la creatividad, siempre ganará la inteligencia y la imaginación.”

Un largo camino hacia la libertad

Reproduzco el título de la célebre autobiografía de Nelson Mandela, porque de un proyecto violento, llamado Umkhonto we Sizwe, es decir, La Lanza de la Nación, pasaron 27 vueltas de la tierra alrededor del sol sufridas entre rejas, hasta las negociaciones que dieron fin al oprobioso régimen del apartheid, promovidas por un implacable movimiento de masas que hizo imposible la gobernanza en Sudáfrica.

En Polonia, después de las huelgas de Gdansk en 1980, llegaron las elecciones libres 8 años más tarde, tras siete de ellos bajo dictadura militarizada. Otros casos son igualmente conocidos, cito la ejemplar resistencia cívica de los daneses bajo la implacable bota hitleriana durante un lustro terrible y no olvido la escasamente valorada rebeldía del propio pueblo alemán contra el comunismo, impuesto por el ejército soviético.

El denominador común es el tiempo, no se trata de un golpe afortunado, de una rebelión más o menos espontánea que acabó con el poder de varias décadas en una noche.

Los cubanos, reunidos en justo reclamo solidario al ver a sus hermanos apaleados en las calles, clamaron ante la Casa Blanca por una intervención humanitaria, dígase por lo claro, únicamente posible bajo ocupación militar. La evaluación política indica que tal acción está muy lejos de producirse y, en caso extremo, sus consecuencias serían igualmente preocupantes.

Resta el camino por el que se ha avanzado hasta hoy, que pasó de la predecible reacción violenta ante la violencia del nuevo régimen, hasta encausarse en el actual movimiento masivo de protestas pacíficas, bajo la bandera de los derechos humanos, por el cambio hacia una democracia sin discriminaciones.

La diferencia del caso nuestro respecto a la historia anterior es la conquista del espacio público, suprimido en su totalidad por la maquinaria represiva del castrismo.

Como un día dijo Lech Walesa, se trata de abrir la rendija: “Si tan solo abrieran una pequeña rendija en las puertas a la libertad, yo pondría mi bota de obrero en medio y ellos no podrían cerrarla.”

En 2017, Luis Manuel Otero Alcántara, el joven mestizo de San Isidro, fue encarcelado cuando se arrastraba por las calles halando una pesada piedra rumbo al sagrado sitio de peregrinación nacional El Rincón, veneración de San Lázaro, Babalú Ayé del sincretismo religioso que asiste al alma cubana.

Le pregunté por qué lo hacía, su respuesta fue: “El tema del sacrificio en mi obra es súper importante, la libertad de Cuba se va a lograr mediante el sacrificio. Lo que yo le pedí a San Lázaro es un joven sacrificado por la cultura cubana, invocando esa espiritualidad que necesitamos porque perdimos un poco la fe.”

En la India del Mahatma, los conquistadores británicos, haciendo valer la fuerza, imponían la venta de tejidos ingleses, sin importarles la tradición nacional India. Gandhi llamó a boicotear los comercios ingleses diciendo: “Si cada hindú hila dos horas al día, la canción de la rueca se convertirá en la canción de la libertad.”

Cada pueblo ha de hacer las cosas a su manera, los cubanos ya tenemos nuestra canción de la libertad, prohibida por la dictadura, pronta a ganar un Grammy a la canción del año.

Yunior García Aguilera escribió en su proclama de Archipiélago: “El poder tiene todas las armas, nosotros tenemos una verdad atravesada en la garganta y vamos a decirla.”

Patria y Vida.


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