Actualizado: 02/08/2021 20:25
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Protestas, Disidencia, Represión

¿Hacia una Revolución de Seda?

La disidencia organizada, nacida en 1983, fue el primer movimiento de oposición pacífica, y justamente, el único que el régimen dictatorial no ha podido derrotar y menos exterminar

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En Cuba, donde a todo aquel que criticara al sistema o decidiera tomar el rumbo del exilio se le insultaba con el mismo epíteto que los nazis endilgaban a los judíos: “gusano”, comprendimos después que ese animalito tan subestimado tenía la virtud de la laboriosidad, pues fabricaba un producto muy valioso que sólo se conocía en la antigua China, tan apreciado por los romanos, que viajaban miles y miles de millas para obtenerlo, trayectoria conocida, por tanto, como “el camino de la Seda”, y que aunque se moviera arrastrándose, adquiría luego una capacidad superior, la de levantar el vuelo convertido en un alado ser maravilloso. Pues bien, las manifestaciones del 11 de julio fueron tan suaves como la seda. No se rompieron vidrieras ni se golpeó a nadie… hasta que comenzó la bestial represión que ha dejado hasta ahora un saldo de cientos de heridos, detenidos y muertos, a pesar de la propaganda gubernamental que pretende demostrar lo contrario con ejemplos muy aislados de personas que, en respuesta, viraron dos autos patrulleros, y el de un grupo que aprovechó la manifestación para vandalizar un mercado. Fue justamente ese carácter pacífico lo que nos ha ganado el apoyo de muchas personalidades del mundo en reclamo de un derecho fundamental, desde el presidente de Estados Unidos Joe Biden hasta el Secretario General de la OEA Luis Almagro y la Comisionada de Naciones Unidas Michelle Bachelet, que defendieron el derecho del pueblo cubano a la manifestación pacífica.

Estoy convencido de que, como muchos han indicado, la fecha quedará consagrada en la historia al nivel del 10 de octubre, que fuera el inicio de la guerra contra el colonialismo español, sólo que aquella fecha auguraba una Era de violencia que se extendió mucho más allá de la inauguración de la República, mientras que ésta parece augurar, por la actitud pacífica de los manifestantes, una Era de paz. Lo que sí es seguro que esa gesta del 11 de julio marcó un antes y un después, y que Cuba no podrá seguir siendo la misma de antes. Por primera vez el pueblo se apoderó de las calles y echó abajo, de una vez por todas, el velo de la mentira de que la mayoría de la población apoyaba a ese régimen dictatorial. Es seguro que, para muchos elementos progubernamentales, esta verdad se abrió paso en sus conciencias con la rudeza de un taladro, y es de esperar que muchas voces de hijos, nietos y sobrinos de funcionarios del régimen, pidan, públicamente o no, a los parientes comprometidos con la dictadura, un cambio de sistema.

El pueblo tiene que sacar sus conclusiones de esta experiencia e incluso aprender de las experiencias de los países de Europa del Este, donde las transiciones fueron pacíficas, aunque no faltaron las arremetidas violentas de esos regímenes. Una de las más conocidas, la de Checoslovaquia, se conoció como “Revolución de Terciopelo” por su carácter no violento. Su líder, Vaclav Havel, enseñaba que una lucha cívica, mientras más pacífica fuera, más eficaz resultaba.

¿Pero cómo puede definirse lo que comenzó ese domingo 11 de julio? Guste o no, voy a decirlo claro: un proceso revolucionario, aunque la mayoría de los que repudian este régimen rechacen esta palabra, sólo porque los jerarcas del régimen siguen escudándose en una revolución que quedó varada en los años 60, traicionada por los que la convirtieron desde entonces en una nueva dictadura, algo semejante a lo que hizo Batista con el 4 de septiembre, día en que se iniciara la Revolución del 33.

Yotuel Romero, creador de la canción “Patria y Vida”, convertida en himno por los manifestantes, ha dicho que prefiere hablar de “evolución” y no de revolución. Pero evolución es, según los diccionarios, “cambio o transformación gradual de algo”. Es decir, un cambio lento, mientras que lo que Cuba necesita es un cambio profundo y radical que, por la gravedad de la situación cubana, no puede esperar por los plazos sucesivos de una evolución. Cuando escucho a muchos de los que rechazan el término “revolución”, explicar cómo quieren el cambio en Cuba, lo que describen, paradójicamente, no es otra cosa que una revolución, un término que los diccionarios suelen definir como “cambio profundo, generalmente violento, en las estructuras políticas y socioeconómicas de una comunidad nacional”. Pues eso es lo que muchos cubanos quieren, aunque otros muchos no desean que fuese violento. Pero cuando se dice “generalmente violento”, significa que no necesariamente tiene que ser así, y no obstante, puede ser radical y profundo.

Esta dictadura no es como las demás que hemos conocido en América Latina. No se puede derrotar por la violencia, porque se prepara para ser inexpugnable, con cuerpos de espionaje y contraespionaje, con comités de vigilancia en cada cuadra y con tres ejércitos en vez de uno, y además, con el control de todos los medios de difusión y todos los centros de enseñanzas para manipular la conciencia colectiva y crear en la mente de la gente la idea de la imposibilidad de derrocar a ese régimen. Todas las expediciones armadas y todos los alzamientos, fueron aniquilados.

Y, sin embargo, no se preparó para derrotar a un movimiento pacífico. La disidencia organizada, nacida en 1983, fue el primer movimiento de oposición pacífica, y justamente, el único que el régimen dictatorial no ha podido derrotar y menos exterminar. ¿Por qué? Justamente por ser pacífico. No faltaron encarcelamientos, ni golpizas, ni actos de repudios de turbas violentas, ni amenazas, ni asesinatos. Por cada uno que encarcelaba o acosaba para presionar su salida del país, aparecían diez o doce activistas nuevos. Pero la lucha de ese movimiento de denunciar ante el mundo la naturaleza brutal del régimen y de crear en la población una conciencia de derecho, no fue fácil y se prolongó durante muchos años, hasta que los frutos comenzaron a verse, al mismo tiempo que el régimen empezó a perder el monopolio de la información por el acceso de la población a la nueva tecnología de la telecomunicación. Y todo esto vino a desembocar en lo que puede llamarse un domingo de resurrección cívica.

Hemos andado por nuestro largo camino de la seda, y finalmente hemos salido de la larva y hemos levantado el vuelo. Ahora sólo nos falta confeccionar ese excelso tejido con la que vestiremos nuestra divina alborada: la Revolución de Seda.


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