Actualizado: 14/12/2018 10:51
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Caballos, Carreras, Hípica

Hípica cubana, la leyenda prohibida

¿Por qué la hípica es ignorada por las programaciones del canal deportivo Tele-Rebelde y la prensa especializada?

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“Cabecilla, Betty’s Beau y Cafre en magnífica justa a seis furlones”, fue un titular aparecido en las páginas deportivas del Diario de la Marina el domingo 19 de enero de 1947. Dos días después, un cronista llamado “Salvator”[1] comentaba que Cabecilla, el ejemplar del patio, montado por el jockey Pepe Viñas había derrotado a Bett’s Beau, el más poderoso de los potros extranjeros obteniendo el premio Miramar Yacht Club.

Con la victoria, el caballista Ramón Crusellas elevaba las ganancias de su caballo a 20.188 pesos. Era “la época dorada de la hípica cubana” ―aseveró―, cuando el Dr. Indalecio Pertierra y su hermano Julio dirigían la compañía operadora del hipódromo Oriental Park.

Setentaiún años después en un lugar de Marianao recordado por Los Quemados nos detuvimos en la esquina de 100 y 63. De frente advertimos una polvorienta doble vía, al final, un palmar, y por la izquierda una techumbre azul soportada por estéreo celosías.

¿Al fondo está el hipódromo? “No ―rectificó la joven a quien le preguntamos―, eso es Transimport.”

Caminamos por pavimentos grises, poblados de baches y bordeadas por lo que queda de viviendas con sellos constructivos del siglo pasado, donde cincuenta años atrás las fanfarrias del Oriental Park se apagaron para cederle bullicio y esplendor al reggaetón y la miseria vigentes.

A nuestro paso indagamos por leyendas urbanas sobre potros y jockeys, pero errábamos el tiro en los intentos:

“Pregunte al doblar de la esquina por ‘Pepe camiseta’―recomienda un vecino―creo que fue valet del hipódromo”.

…“Oí decir, que Peraza fue jockey ―comenta otro― lo han visto por la calle 100, él es un tipo bajito que vende asientos para santeros”

Inquirimos a una mujer que recogía la tendedera en los altos de la farmacia de 61 y 108 si estaba emparentada con Abelino Gómez, un Hall de la Fama de la hípica norteamericana que vivió en esa dirección y respondió negándolo con la cabeza.

Desde la esquina apreciamos la antigua puerta del Gran Stand; una cuadra más allá, la del Stand Chico y, en la calle106 una tapia de acero nos bloquea la perspectiva hacia Transimport. Todos los accesos están custodiados por guardianes que nos prohíben echar un vistazo y hacer fotos. Al parecer, por el hipódromo aún vagan fantasmas que la paranoia contra los “vicios y rezagos del pasado” no pudieron evaporar.

Tanta contención revuelve inquietudes de doble casco: ¿por qué el Oriental Park, fue de todas instalaciones deportivas heredadas del capitalismo la única convertida en almacén? ¿Por qué la hípica es ignorada por las programaciones del canal deportivo Tele-Rebelde y la prensa especializada? ¿Por qué impiden a las nuevas generaciones el disfrute y práctica de un deporte que en Marianao―según atestiguan vecinos de Los Quemados―tuvo más auge que el béisbol?

Las hemerotecas hacen justicia

A mediados del siglo XIX ―según Salvator― en Colón y Corral Falso, hacendados rivales en los negocios celebraban carreras con puras sangres importados desde Virginia y Kentucky.

En la Habana también probaban músculos en Punta Brava y Bauta, pero no fue hasta finales de la Guerra Hispano-Cubana-Americana que fundaron el primer jockey club y se organizaron las primeras competiciones.

La hípica cobró auge y, para mejorar los ejemplares criollos, en 1899 trasladaron al centro de remonta de Guanajay al semental Tea Tray, hijo de Rayon D’Or, el campeón del Brigton Handicap 1889.

En 1902 el Cuba Jockey Club organizó en los terrenos de Buena Vista (hoy municipio Playa), un hipódromo con un óbolo de media milla. Los premios topaban los 15 pesos plata.

Para 1906, el Ing. José Villalón y otros socios americanos y cubanos, desembolsaron los recursos para que el Cuba Sporting Club construyera un hipódromo en los terrenos del reparto Ampliación del Almendares (hoy municipio Playa). El track celebró el primer clásico criollo: el premio “Julio de Cárdenas” de 5.000 pesos. La instalación desapareció en 1910.

The Oriental Park Race Track

Años después, el entonces gobernador de Nueva York, Charles Evans Hughes, promocionó una legislación que prohibía las apuestas en el deporte hípico, provocando el cierre de todos los tracks en Norteamérica, exceptuando los de Maryland y Kentucky. La prohibición obligó al empresario Harry “Curley” Brown a voltear la mirada hacia Cuba.

Curley y otros socios, tanto americanos como cubanos, enfocaron la mira en una finca de malojas en las proximidades de Loma Llaves (Marianao), que en época de lluvias se empantanaba.

El entonces alcalde de Marianao Baldomero Acosta autorizó la licitación y en los días que estalló la Primera Guerra Mundial (1914), comenzó la construcción del hipódromo Oriental Park que abrió sus puertas siete meses después, el 14 de enero de 1915 con una competición de 296 caballos. El óbolo tenía una milla terrestre u ocho furlones (1.610 metros), más un graderío para 8.000 espectadores.

Frank Steinhart, un alemán-americano, que presidía la Habana Electric Railway and Light Company y ejercía la vicepresidencia de la compañía operadora del Oriental Park, llevó los raíles tranviarios hasta las puertas del hipódromo, y, los coches Vedado-Santa-Úrsula transportaron las vacas gordas a los Quemados.

Durante más de una década las competiciones fueron netamente norteamericanas, la fanaticada vio competir ejemplares como: Iron Mask, Imperator y Last One. Jockeys como: Willie Camp, Eddy Taplin y Daniel Conelly, pero el periodo fue complicado para el staff nacional, pues fueron segregados por los norteños quienes le acusaban de espiar sus secretos hípicos.

Luego Curley vendió sus derechos a Charles Storcham (propietario de los Gigantes de Nueva York) y junto a Flynn (otro socio norteamericano) fueron demandados por el Sindicato Territorial (dueño del inmueble). Curley y compañía, tuvieron que largarse con su música a otra parte y, el mando cayó en manos de los hermanos Kaelker, hasta la caída de Machado, trance en que el deporte fue nacionalizado, finalizando el predominio norteamericano.

Esplendor

Cuando Curley comenzó a divorciarse del Oriental Park, fundaron el Club Hípico de Cuba, hecho rememorado en tarja de bronce ―desconocemos si aún existe― que incluía entre los miembros a Salvator, iniciándose una etapa entre 1925 y 1932 carente de brooks (anotadores de apuestas) y casinos, los cuales a partir de 1933 fueron impuestos por el Sindicato Territorial para su beneficio.

Luego de un intempestivo retorno de empresarios americanos y altercados entre políticos y mafiosos los destinos de la hípica cubana comenzaron a ser conducidos por el Dr. Indalecio Pertierra y su hermano Julio.

Se introdujeron innovaciones como los clásicos para productos nacionales, destacándose los Derbys (competiciones a 12 furlones [2.400 metros] exclusivas para machos de tres años), se reguló la división de reclamables (caballos en venta), se estimularon la importación de ejemplares de Chile y Argentina, más las competiciones entre Cuba y la Florida.

Potros como Cabecilla, Serapio, Cafre, Mayito, Mi Preferido y otros representaron un orgullo nacional, además de los jockeys: Fernando Fernández, José Marrero, Pepe Viña, y el gran Abelino Gómez, por solo citar algunos.

Entre los entrenadores se destacaron: Papito Torriente, Machito Alonso, Sergio Macías, Carlos Ferreti y el Dr. Alberto Inclán. Las mejores cuadras (criadores): Guanamaquilla stable (Camagüey), Las Lajas stable, Ramón Crusellas, Enrique Durand, Tiburón stable, Antonio Puñal y otras.

Los premios eran el sostén de la crianza, por ejemplo: en 1947 celebraron 157 carreras y otorgaron premios por valor de 460.000 pesos.

El día más glorioso de la hípica cubana ―afirmó Salvator― fue el 12 de enero de 1949, cuando en un encuentro Cuba-EEUU en el hipódromo Tropical Park de Miami, el ejemplar cubano Mi Favorito, montado por Abelino Gómez venció por 10 cuerpos a Promete.

Para entonces, la recría nacional no había aportado ejemplares de las tallas de “Man O’War”, “Citatión” o “Native Dancer”, (campeones grandes ligas de la época) pero podía prosperar hasta conseguirlos. Los caballos eran las estrellas del deporte y a la sombra de una ceiba en los jardines del Oriental Park, un sanctasanctórum guardaba los restos de Von Tromp, padrote de excelentes ejemplares criollos. (por fotos satelitales comprobamos que el lugar fue hormigonado).

Las carreras eran todo un espectáculo, tocaban bandas musicales y, estrellas del cine, los deportes y la política compartían con las multitudes. Los brookes recogían las apuestas antes que los caballos ocuparan la gatera (línea de arrancada) y las cifras se disparaban acorde al equilibrio de los competidores.

Salvator llamaba ‘leones’ a los apostadores más curtidos y, apoyado en su experiencia, confeccionaba cábalas en las distintas modalidades de stakes y comentaba sobre los pesos que llevarían por edades y sexo los ejemplares inscritos en los hándicap.

Un tribunal garantizaba las limpiezas de las lides, pesquisando el uso de bencedrina y otros estimulantes para dopar caballos, o ‘baterías’ para aplicarle shocks eléctricos, también utilizaban la técnica del foto-shock en las metas.

Declive

A partir de 1952 otros empresarios, entre ellos Carlos Fernández, Lowell Birrell, Mario del Cañal, Jesús de Heros y Fedesvindo Bosque, desfilaron por la gerencia del Oriental Park, pero no alcanzaron el progreso de los Pertierra.

Hubo falta de estabilidad en el deporte y la corrupción brotó con los presupuestos hipertrofiados, plantillas infladas y gastos extras que perjudicaban a los caballistas, puesto que la crianza demanda una cuantiosa inversión.

Otro factor en contra, fue el desarrollo de la aeronáutica civil que garantizaba un rápido acceso a los hipódromos de la Florida y EEUU en general.

Para 1957 el boom económico provocó que el Sindicato Territorial, jamás interesado en el deporte, en calidad de propietario del inmueble gestionara su venta, no como anfiteatro hípico, si no, por el elevado coste de sus terrenos proclives a ser urbanizados. El precio fijado fue de 2,5 millones de pesos, una cantidad irrisoria para los intereses del gobierno.

Otra de las variantes fueron los arrendamientos, pero el empresariado no se comprometería con el desarrollo de la hípica. El deporte sufrió una crisis transitoria y, “las nuevas generaciones de cubanos ―apuntaba Salvator― eran las encargadas de devolverle el esplendor perdido”.

Catástrofe

Con el desmadre revolucionario de 1959 y el deterioro de las relaciones Cuba/EEUU, se produjo un inevitable menoscabo de la hípica. Sin embargo, los proyectos populistas de viviendas demandaban un financiamiento que tanto la Lotería Nacional, como el hipódromo Oriental Park proveyeron a las construcciones de la Ciudad Camilo Cienfuegos (Habana del Este) y otros condominios multifamiliares conocidos por ‘Pastorita’ (en honor a Pastora Núñez, líder del programa).

El destino del Oriental Park quedó sentenciado cuando su administración fue asignada al Instituto Nacional de la Industria Turística (INIT) y no al Instituto Nacional de Deportes, Educación Física y Recreación (INDER). Paradójicamente fue el centro recreativo que más contribuyó al erario público, rentabilidad descalificada por el comisariado político.

Previo a la lapidaria ‘Ofensiva Revolucionaria’ y, en medio de la paranoia contra ‘los vicios y rezagos del pasado’ que criminalizó el juego, se produjo el cierre del hipódromo Oriental Park, con una última justa celebrada el 5 de febrero de 1967. Desde entonces fue transformado en almacén de automotores del Ministerio de Comercio Exterior (Transimport). Quedaba demostrado ―parafraseando el eslogan― ‘que este deporte, no era un derecho del pueblo’,

Todos los ejemplares de la caballística criolla fueron requisados, hasta en el Camagüey, donde existía un buen desarrollo de la hípica, incluso, la provincia tenía un hipódromo de 4 furlones (½ milla) y una de las mejores fincas de recrías (Guanamaquilla stable). Luego le trasladaron al Wajay, sede de la empresa dirigida por el entonces comandante y miembro del Buró Político del Partido Comunista, Guillermo García.

García se agenció la cooperación de especialistas en la materia, requiriendo los servicios del Dr. Genaro Suárez, exjuez del Oriental Park, quien confesó “no simpatizar con el proceso revolucionario”, pero era un experto tan competente, que ‘aceptaron su posición’.

Fuentes anónimas aseguran que Suárez reveló en privado, haber viajado a EEUU en innumerables ocasiones para negociar compraventas de equinos con caballistas norteños y de otros países, dichos convenios se efectuaron en restaurantes y otros establecimientos de Manhattan, Nueva York.

Suárez residió en el número 9 (edificio Colonial) de la calle 14 entre Calzada y Línea en el Vedado. Falleció a principios de los años 90. No tenía familiares ni descendientes y todas sus memorias y documentos fueron a parar al contenedor de basura.

La Empresa Nacional Flora y Fauna, como se nombra la entidad dirigida por García, a través de la subsidiaria Alcona S. A. sigue dedicándose a la comercialización de puras sangres, pero la crianza es sumamente costosa, no descartándose que ejemplares cubanos pugnen en hipódromos de EEUU y Sudamérica y obtengan premios cuantificados por testaferros.

Que un dirigente pegado al techo, con rango de ‘comandante de la revolución’; ‘héroe de la república de Cuba y del trabajo socialista’, haya sido designado manager de esta empresa, evidencia el control que el Estado precisa tener sobre la hípica, una fuente de lucro encubierta y no criminalizada por las leyes internacionales.

El triste final de la leyenda, es que el Oriental Park cerró las puertas al ‘hombre nuevo inmune a los vicios y rezagos del pasado’, para abrirle camino a un negocio oscuro manipulado por la claque dirigente.


[1] Tras leer y analizar más de un centenar de crónicas hípicas del Diario de la Marina, nos dimos a la tarea de buscar información sobre SALVATOR, desafortunadamente no lo logramos.


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