Actualizado: 20/07/2019 13:00
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Cuba - EEUU

Humo y ruido

Cuando en septiembre del pasado año, la entonces responsable para Cuba del Departamento de Estado, Bisa Williams, se reunió con los disidentes en La Habana, el gobierno cubano no protestó...

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Cuando en septiembre del pasado año, la entonces responsable para Cuba del Departamento de Estado, Bisa Williams, se reunió con los disidentes en La Habana, el gobierno cubano no protestó. Se trataba de una importante funcionaria norteamericana que había viajado a la Isla para dialogar sobre el posible establecimiento del correo directo entre ambos países. Ahora, sin embargo, el encuentro con los mismos disidentes del subsecretario de Estado adjunto para Asuntos Hemisféricos, Craig Kelly, fue criticado con los más duros términos por el régimen: “conducta ofensiva”, “política subversiva”, “burda injerencia” son algunos de los calificativos utilizados en una declaración del Ministerio de Relaciones Exteriores.

¿Dónde radica la diferencia entre ambos encuentros? ¿A qué se debe que produjeran reacciones tan diversas por parte de Cuba? ¿Un problema de circunstancias, momento o hay algo más profundo en el asunto?

En primer lugar, es necesario destacar una diferencia fundamental entre las dos reuniones. Kelly ve a los disidentes durante la recepción que se le ofreció en la residencia del jefe de la Sección de Intereses de Estados Unidos en La Habana. A una recepción bastante similar ofrecida a Williams ―la funcionaria que atendía el tema cubano en el Departamento de Estado―, estos no fueron invitados.

Williams viajó a la Isla en visita oficial para discutir el tema de los servicios de correo directo, pero su visita fue más allá de ese objetivo. Celebró reuniones con el viceministro de Relaciones Exteriores de Cuba, Dagoberto Rodríguez, y con los disidentes, y también asistió al concierto que ese fin de semana promovió el músico colombiano Juanes.

La funcionaria tuvo un almuerzo con unos 15 activistas de los derechos humanos que fue, fundamentalmente, un reconocimiento simbólico por parte de Washington del trabajo de éstos. Sin embargo, se debe destacar que fue una actividad en que sólo participaron los disidentes. Al coctel diplomático en su honor sólo fueron invitados cubanos simpatizantes del gobierno. En aquel momento, el hecho se vio como un indicador de un cambio en la política de Estados Unidos hacia la Isla.

Al informar sobre el encuentro, Fernando Ravsberg, corresponsal de la BBC, reportó que “por primera vez en diez años, la disidencia cubana no fue invitada a una recepción diplomática... En su lugar, los funcionarios estadounidenses invitaron a decenas de artistas, intelectuales y académicos”.

“La mayoría de los asistentes fueron... personas que de un modo u otro están relacionadas con el gobierno. Ninguno de ellos había asistido a una de esas recepciones durante una década”, añadió Ravsberg. Las autoridades de la Sección de Intereses “no parecen estar tratando de ocultar el cambio en su política”.

“Miembros de la Seguridad del Estado advierten por lo general a funcionarios y partidarios del gobierno que eviten encuentros diplomáticos a los que hayan sido invitados disidentes”, enfatizó el diario El Nuevo Herald, en una información sobre la actividad fechada el 1 de octubre de 2009.

Con una asistencia de unos 200 cubanos, la recepción donde estaba Williams fue caracterizada por Washington como un “encuentro cultural”, para presentar a la nueva funcionaria de asuntos culturales de la Sección de Intereses, Gloria Berbena, y a su vice, Molly Koscina, ambas recién llegadas a La Habana, según un vocero del Departamento de Estado que pidió el anonimato, de acuerdo a la información del Herald.

El encuentro del pasado viernes con los disidentes fue diferente. Se trató de una invitación a la recepción con Kelly, y éstos estaban invitados desde días atrás, por lo que las autoridades de la Isla conocían de la celebración del encuentro, de acuerdo a lo publicado en el diario español El País.

En ambos casos, las explicaciones por la decisión del gobierno norteamericano de reunirse con los disidentes han sido similares.

“Nuestra reunión fue algo coherente con la decisión del gobierno de los Estados Unidos de mantener contactos con el gobierno de Cuba sin renunciar [al derecho de reunirse con] los representantes de la sociedad civil”, indicó Elizardo Sánchez, presidente de la Comisión Cubana de Derechos Humanos, al hablar sobre el almuerzo con Williams, según reportó el Herald.

Ahora un alto funcionario del Departamento de Estado desestimó la queja el gobierno cubano: “Hemos dejado muy claro que tenemos una diplomacia mundial de relacionarnos con las sociedades así como con los gobiernos... No estamos inclinados a hacer excepciones”.

Sin embargo, hay una diferencia fundamental entre una reunión reducida e íntima y otra pública. Esta diferencia marca un cambio importante en el complejo panorama de las relaciones entre Washington y La Habana.

“Todo parecía ir mejor, pero finalmente Cuba y EE. UU. regresaron a sus viejos modos de enfrentamiento y al discurso de la Guerra Fría”, escribe el corresponsal de El País en La Habana, Mauricio Vicent. Pero en este caso se podría ver incluso como una esperanza una supuesta vuelta a la época de la Guerra Fría, donde las grandes potencias rivales llegaron a acuerdos, firmaron importantes tratados y evitaron siempre caerse a cañonazos. Lo que estamos presenciando, una vez más, es el clásico chapoteo donde lo único que interesa es ganar tiempo.

Esto es una indicación que de nuevo el régimen de La Habana ha logrado llevar el diferendo a su terreno. En efecto, parecía que no iba a ocurrir así con el presidente Barack Obama, pero ha ocurrido.

Para Washington, ha surgido un problema importante, que dificulta cualquier intento de avance en los vínculos con el gobierno de Cuba: hay un norteamericano preso en la Isla sin que aún se le hayan formulado de manera oficial la totalidad de los cargos ni se haya establecido la fecha del juicio. Aquí radica la clave para comprender que al tiempo que la administración de Obama no descarta por completo el diálogo, está decidida a no mostrar una cara complaciente. Para el gobierno cubano, la presencia de los disidentes en las recepciones diplomáticas es algo inadmisible, y Washington ha aprovechado esta actitud de La Habana para mostrar que si se trata de caminar para atrás, ellos también pueden hacerlo.

Pero por otra parte la jugada quizá no sea la más sagaz. La situación ha tomado un cariz acorde a la manera habitual de proceder del régimen: la actitud de plaza sitiada y la alusión constante a la amenaza norteamericana. Esto no deja de ser un terreno favorable a Cuba.

Pero hay más. La Plaza de la Revolución le devuelve la ficha a Washington. No son ellos los que van a interrumpir las conversaciones, según queda claro en la declaración. Lo mismo se apresuró a enfatizar Ricardo Alarcón, presidente del parlamento cubano, quien dijo el sábado que Cuba “está por continuar” el diálogo con Estados Unidos, “no sólo sobre” migración, “sino sobre cualquier tema, pero sobre la base del respeto”, de acuerdo a un cable de la AFP.

La detención de Alan Gross, el subcontratista al que Cuba ha acusado de ser un “espía” de Washington que entregaba “sofisticados” medios de comunicación a los opositores, se ha situado en el centro del clásico desacuerdo entre los dos países. Algunos consideran que La Habana desea utilizarlo como ficha de cambio por sus cinco espías presos en EE. UU. Cabe esa posibilidad, pero hasta el momento le sirve al régimen como un tapón para obstaculizar el de por sí lento avance en la solución de una serie de dificultades. Aquellas que en la práctica no hay que limitar a las diferencias políticas entre las dos naciones sino ―en muchos casos― a la cercanía geográfica entre ellas, así como a los millones de ciudadanos con un origen común que viven en ambas.

Unos argumentarán que la culpa es de Washington, por enviar a Gross a Cuba. Por supuesto que otros afirmarán que hasta que no desaparezca el gobierno totalitario de la Isla, poco o nada hay que hacer para lograr un entendimiento.

Más allá de ambos extremos, por un momento había surgido la esperanza de explorar diversos atajos que permitiera una tregua más que un acercamiento. Esa tregua se ha vuelto más lejana ahora.


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