Actualizado: 23/09/2019 16:12
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Sátira, Comedia, Humor

Humor con desamor se paga

De las dificultades, o la imposibilidad, del humor, la ironía y la comedia en el totalitarismo cubano

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Cuando al tirano se le puede llamar
tirano el humor deja de ser necesario.
Cándido

Uno de los grandes ausentes en el mundo totalitario es el humor. La risa franca y reflexiva siempre es una sospechosa habitual en las tiranías. El desacato a la autoridad a través del humor es una muestra de suprema libertad; una necesidad de oxígeno sin la cual se asfixian otras autonomías ciudadanas. Por eso, porque el humor es crítico y al mismo tiempo corrección, es un arma muy peligrosa en el mundo de los serios, los fracasados y los abusadores.

Desde los tiempos de Aristófanes (Atenas, 444 a. C.-385 a. C.), a quien se atribuye la comedia antigua, reírse del poder era un ingrediente básico del humor. En Los Caballeros el ateniense ridiculizaba al poderoso Cleón. En los inicios de la Modernidad hay un redescubrimiento del humor contra la infalibilidad por parte del parisino Moliere (Jean-Baptiste Poquelin, 1622-1673). Encontraba el autor en la vanidad de los listos, las mentiras de los doctores, los abogados, los políticos y en los papelazos de los nuevos ricos, modelos humorísticos. Por esa misma época, el fraile Tirso de Molina en España, y el gran Lope de Vega, daban a la comedia de enredos y de capa y espadas el tono satírico de la época.

Aunque muchos han estudiado el tema, sin duda corresponde a Sigmund Freud (1856-1939) haber penetrado el oscuro mundo del inconsciente humano para explicarnos por qué el poder es fuente de humor, aun cuando la lógica aconseja no reírse de la autoridad. En El chiste y su relación con el inconsciente (1905) Freud desnuda lo que hay detrás de los chistes reflexivos. Sería demasiado extenso dar una explicación completa en tan breve espacio. A grandes rasgos, el padre del psicoanálisis planteaba que uno de los mecanismos de defensa —adaptación— humana es a través de reprimir cosas. Desde pequeños, los padres y la sociedad enseñan el temor a las represalias del poderoso y a aceptar la humillación de los que se las saben todas —maestros, doctores, políticos e intelectuales. Cuando se vive en un ambiente excesivamente rígido, cercado por reglas absurdas y castrantes, el escape de la persona humana es posible a través del humor y otros mecanismos de defensa como la sublimación y el desplazamiento[i]. El humor, escribió Freud, es la manifestación más elevada de los mecanismos de adaptación del individuo”.

El tema de la risa y el poder fue utilizado con éxito por Umberto Eco (1932-2016) en su novela El nombre de la rosa (1980). El hilo conductor de la trama policiaca medieval gira en torno a un texto que el venerable Jorge de Burgos esconde de todos por su apología al humor, a la risa pensante. “La risa es la debilidad, la corrupción, la insipidez de nuestra carne. Es la distracción del campesino, la licencia del borracho”, dice el asesino en diálogo antológico con su némesis, el franciscano Guillermo de Baskerville.

Era de esperar de un momento a otro, ante la crisis social, económica y cultural cubana, y las medidas incoherentes, ineficaces para superarlas, que florecieran los humoristas y los chistes; como contraparte, los amargados y sus amenazas veladas, y a veces sin velo alguno. La pregunta de orden es por qué en ciertas etapas el régimen ha permitido en público chistes sobre sus calamidades, inclusive ha dejado crear grupos y centros de formación de humoristas.

Hay dos explicaciones para eso, y una ya fue la esbozada arriba: el humor es una válvula de escape necesaria. Si se tiene la olla cogida por el mango, y se vigila la llave, no hay nada que temer. El control sobre los humoristas y su trabajo es directamente proporcional a la posibilidad de coartación social existente. Dado que ningún gracioso ni sus bromas tumban un gobierno tiránico, el performance humorístico es presentado como un acto de libertad de expresión, de firmeza y seguridad. También la autocensura del humorista, y hasta del público —elementos inconscientes que llegan a operar de manera autónoma—, bastan para encerrar a los subversivos alegres entre las cuatro paredes de una jaula llamada teatro.

La otra razón es más compleja. Que el ser humano ría de sus propias desgracias, que el chiste inteligente mueva sus sentimientos, no quiere decir que moverá sus conductas. Para cambiar la conducta humana, el chiste necesita cultura y mínimo juicio. Desgraciadamente, el pueblo cubano, como el de muchos otros países, parece hundido en una regresión cultural; se lee menos, menos música culta, no se disfruta la plástica clásica, hay un desconocimiento abismal de las grandes religiones y su aporte a la Humanidad[ii]. En la Isla el proceso de “inculturación en reversa” tiene el agregado de la denominada “cultura de la resistencia”, lo cual impide ver más allá de las letras rojas del Órgano Oficial, del bigote del presentador del Noticiero, de la Mesa Redonda cuadrada por largos y repetitivos veinte años[iii].

En ese sentido, los humoristas cubanos caminan sobre una cuerda floja. Tan pronto el régimen advierte que una obra puede mover los corazones —y después los pies— toma medidas físicas y sociológicas para impedir la propagación del chiste redentor. El ejemplo paradigmático fue en su tiempo Alicia en el pueblo de maravillas (Daniel Díaz Torres, 1991). Por ciertos e inexplicables temores, la película fue exhibida por muy breve tiempo, y se dice que al cine acudían miembros del Partido Comunista —citados por sus núcleos— para aplacar cualquier intento de rebelión in situ. La campaña mediática contra el filme no ha temido paralelo en la historia cinematográfica cubana.

Con Santa y Andrés (Carlos Lechuga, 2016) el régimen no quiso correr riesgos. Es otra época. No hay militantes para tanta gente, ni los medios de la Isla pueden contar con que la película no será un taquillazo. La misma suerte o peor ha sufrido la obra humorística de Eduardo del Llano con su personaje Nicanor O’Doneell. En la opinión de muchos especialistas, del Llano ha logrado a través del absurdo —el propio régimen es un desatino total— hacer el mejor humor de nuestros días, fino, inteligente, aquel que hace pensar con sonrisa en los labios y profundas reflexiones en el corazón.

Los humoristas cubanos deben ir previendo que el espacio para la broma inteligente dentro de la Isla se irá agotando. Ya han sonado las primeras alarmas: el horno no está para chistecitos[iv]. Tampoco Miami, a donde vienen casi todos con la esperanza dual de hacer reír y de paso cobrar por ello, es un sitio apropiado para recordar los dislates del régimen. A algunos miamenses kubiches no les gusta recordar ni en jarana un pasado de desgracias. El humor que enjuicia críticamente aquel manicomio cada día tiene menos seguidores por acá.

El mundo al revés: en Estados Unidos el programa Saturday Nigth Live (SNL) presenta parodias de presidentes y ejecutivos del gobierno desde los años setenta. Es también una costumbre de los presidentes tener el encuentro anual con los corresponsales de la Casa Blanca y los ejecutivos de los medios en un ambiente distendido, de relajación. Los mandatarios suelen ser ridiculizados y no pocas veces ellos mismos se prestan para bromas y sketches. La relación toxica entre Donald Trump y la media ha hecho que el inquilino de Pensilvania 1600 no haya acudido a las ultimas celebraciones.

No puedo imaginarme una cubana Noche del Sábado en Vivo con parodias al Designado y sus vicepresidentes añosos; bromas sobre las anunciadas medidas de control de precios, las subidas de los salarios, los iraníes y los chinos como antes fueron los bolos, objeto de bromas. En Cuba siempre habrá tela por donde cortar en el humor. Pero cuando veamos esos chistes en la televisión, la tijera habrá dejado de tener un solo dueño.


[i] A grandes rasgos, el “desplazamiento” redirige hacia otra persona u objeto aquellas situaciones peligrosas o conflictivas para el individuo; el ejemplo más socorrido son los sueños. En cambio, la “sublimación” es un mecanismo en el cual la vida inconsciente busca la manera de hacerse placentera y socialmente aceptable a través de la realización consiente; en clave “humorística”, los mentirosos se harán políticos, los ladrones, policías, y los hipocondriacos, médicos.

[ii] Uno de mis chistes preferidos, y que necesita cierta cultura para disfrutarlo, es aquel que pregunta por los cinco judíos que cambiaron el curso de la Humanidad. El primero, Moisés: todo es la Ley; el segundo fue Jesucristo, todo es el amor; el tercero es Marx: la plusvalía lo es todo; Freud diría después: la libido lo es todo. Por último, Albert Einstein nos dijo que todo era relativo.

[iii] Paradójicamente, la represión ha hecho que el humor cubano sea cada día más elaborado, sutil, alejado del clásico choteo, del teatro bufo con sus acostumbrados arquetipos. Jorge Maňach en ese ensayo imprescindible que es Indagación del Choteo (ofrecido como conferencia en 1928) explica que una condición de nuestra idiosincrasia criolla es ‘tirarlo todo a relajo”. Para el creador de la Universidad del Aire, “no tomar en serio nada de lo que generalmente se toma por serio” era, a la vez que un mecanismo de defensa contra la autoridad, de independencia, una falta de profundidad. “Vemos las cosas en contornos más que en relieves. Las implicaciones más hondas, los alcances más lejanos, se nos escapan casi siempre”, escribe. Hoy podemos decir que en Cuba no hay nada más serio y más profundo que el humor y los humoristas cubanos.

[iv] Con el artículo “Humor en un solo sentido” el 8 de agosto de 2019, el Órgano Oficial ha hecho, extraoficialmente, la apertura de la temporada de cacería de humoristas.


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