Actualizado: 12/11/2019 17:36
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Sociedad

Jugando a la disciplina

El Estado endurece los reglamentos laborales y deroga las flexibilidades dejadas por la crisis de los 90, todavía vigente.

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Anarcha B. es una técnico en informática que recorre la ciudad de este a oeste para acudir a su trabajo. La mayoría de las veces llega tarde, pero su jefe se hace el de la vista gorda.

"El transporte que teníamos se rompió, las guaguas están pésimas y las botellas [autostop] no siempre funcionan", alega la joven empleada, quien acepta la lejanía de su empresa por los diez cuc (250 pesos) que a fin de mes recibe sobre su salario.

A partir del 2 de enero del 2007 las cosas podrían cambiar para Anarcha y la compasión de su jefe tornarse en sanciones. Al menos técnicamente.

Esa fecha marcará la entrada en vigor de las resoluciones 187 y 188 del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, un cuerpo de obligaciones, regulaciones, prohibiciones y correctivos que intentará poner orden donde siempre ha sido escaso: el mercado laboral cubano, lastrado desde hace décadas por una metástasis de indisciplina, desidia y corrupción para muchos incurable.

Las nuevas disposiciones son actualmente discutidas por los trabajadores que deberán adecuarlas a las características particulares de sus empresas, servicios y oficinas, pero sus lineamientos generales quedarán incólumes.

"Por carecer de relojes para marcar las entradas y las salidas, en muchos centros se recurre a una persona que lleve el control o un listado, lo cual en el 95 por ciento de los casos no funciona por amiguismo o sociolismo", observó la profesora Victoria Menéndez en carta abierta a la revista Bohemia.

En efecto, uno de los escollos que enfrentan las resoluciones es la falta de tecnología para hacerse valer.

La crisis de los 90 dio cuenta de buena parte de los relojes marcatarjetas y es evidente que el Estado no invertirá en comprar nuevos. La alternativa fue poner tal dato en manos de los jefes de área, lo cual, como se queja la profesora Menéndez, resulta inoperante.

Pero aún antes de la debacle económica de fin de siglo, descrita oficialmente como período especial, muchos se las ingeniaban para alterar las tarjetas y, más aventurados, hasta los propios relojes.

Si tal cosa fallaba, entonces se apelaba a la aquiescencia de los superiores. No siempre se tenía éxito y eran comunes las sanciones, unas más benevolentes que otras. El paternalismo casi siempre funcionaba para las llegadas tardías, que si sumaban tres injustificadas, entonces "había que tomar medidas".

El fenómeno no es privativo de Cuba. En México, la Volkswagen tuvo que acudir en 1999 a un sistema de lectores inteligentes de códigos de barras y credenciales plásticas para poner fin a los fraudes. Esa sofisticación es impensable para nuestro país.

De la a a la n se mueven los incisos de las obligaciones, casi todas violadas a diario.

Entre ellas la de asistir puntualmente al trabajo; permanecer en su puesto y no abandonarlo sin el previo conocimiento y autorización de su jefe inmediato, cumplir el horario establecido para la alimentación y las pausas de descanso.

El anecdotario de las infracciones es alucinante. "En medio de un electrocardiograma el técnico me dejó solo en el cuarto y regresó a los 45 minutos" —cuenta un paciente aquejado de insuficiencia coronaria. "Estaba sacando un turno médico a mi hermana", se excusó el paramédico a la vuelta.

Otra de las disposiciones es observar la estricta discreción con respecto a las labores que se realiza y a los documentos e informaciones que se utilizan en el desempeño del trabajo, no divulgando su contenido sin la autorización correspondiente. El asunto no es nuevo y ya se conoce como "secretismo estatal".


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