Actualizado: 23/07/2021 23:16
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Jineteras, Prostitución, Turismo

La actividad 125

La prostitución tiene larga historia en Cuba, en particular en La Habana

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Al establecerse el listado de las 124 actividades económicas en las que no se permitirá el llamado “trabajo por cuenta propia” los creadores y redactores del mismo dejaron abierta una actividad que algunos llaman el oficio o la profesión más antigua[1]: la de la prostitución. Si aceptamos el principio jurídico de que todo lo que no está prohibido está permitido entonces la prostitución será considerada en Cuba como una actividad lícita.

La prostitución tiene larga historia en Cuba, en particular en La Habana, tenemos que remontarnos hasta el siglo XVI en la que la Flota se reunía en el puerto habanero en espera de que llegasen todos los barcos para partir juntos hacia, inicialmente Sevilla y luego a Cádiz, como una forma de protección contra piratas y corsarios, si para el 10 de agosto no había logrado prepararse el tornaviaje, se retrasaba hasta el año siguiente. En tal caso se procedía a descargar la plata para almacenarla en el Castillo de la Fuerza.

Los centenares de marinos y viajeros demandaban alimentos, diversiones, juegos, caldos destilados, y no en menor medida los placeres de la carne femenina y no creo que algunos desdeñaran la masculina. Todo ese comercio fue el origen de múltiples fortunas y el desarrollo de una agricultura de subsistencia y comercial en las proximidades de la naciente ciudad, con fines de abastecer a todos los viandantes. Al inicio en las mismas entrañas citadinas, luego por presiones eclesiásticas quedaron extramuros. Bajareques se habilitaron para el comercio carnal, para los juegos de azar como el llamado “Monte” ya que era en el monte donde se jugaba y el expendio de aguardiente y rones peleones que provenían de los trapiches e ingenios en manos de la oligarquía habanera.

Esclavas eran las que ponían su cuerpo a disposición de los atrasos y ansiedades de aburridos marinos en espera de zarpar hacia España, esas negras en muchos casos seguramente núbiles, pero en otros probablemente sin alcanzar esa edad, regocijos de pedófilos; sus amos, propietarios, las alquilaban a los encargados de esos menesteres lascivos que eran “protomatrones” o matronas que podían hasta ser esclavas coartadas que habían logrado su libertad no necesariamente en el comercio carnal.

El cese de la esclavitud en Cuba en 1886 debió haber afectado la oferta y al parecer contribuyó al inicio de la importación de meretrices de la Luisiana que llegaron a dominar este mercado en los primeros años del siglo XX, con la llegada de carne “fresca” en ocasiones damas blondas y de ojos claros —como la pequeña Berthe que fuese la casual causal del enfrentamiento y muerte del proxeneta parisino Luis Letot y su homólogo criollo Alberto Yarini[2]— influyó en cierta forma en el incremento de la sofisticación de este aberrante comercio. Algunos suponen y han dado por sentado de que el término “bayú” que es como en Cuba son, o eran, denominadas las casas de lenocinio se derivan del término “bayou” que es la denominación que se le dan en Luisiana a las zonas pantanosa en un lago o río, craso error dicha expresión ya había sido recogida en la obra de Esteban Pichardo de mediado del XIX[3].

A lo largo de la república fueron varios los intentos de un puritanismo bastante hipócrita dirigido a eliminar burdeles y los popularmente llamados “barrios de putas” que nunca llegaban a ser propiamente barrios sino más bien alguna calle que le daba nombre al “barrio”, es el caso de San Isidro que fue perdiendo importancia en la medida en que el “barrio” de Colón ganaba popularidad e incrementaba su clientela; el “barrio” de La Victoria rompió ese esquema ya que su calle central era Retiro, también conocida como Pajarito que en ocasiones era la forma de llamar a ese “barrio”.

Los asalto policiales a los “bayuses” se limitaban a apresar a las cortesanas que eran llevadas al vivac donde a lo sumo pasaban una mala noche y regresaban a sus actividades habituales a los pocos días, la prensa de la época se refocilaba en aquellos infructuosos intentos de recuperar la deteriorada moral ciudadana, pero se limitaba al escándalo que las muy avezadas putas daban frente a las cámaras fotográficas y a los reporteros de la llamada “crónica roja” que ni intentaban abordar la raíz de la prostitución, ni los intereses económicos que se encontraban detrás de la explotación de las meretrices, en que los proxenetas no eran generalmente los más beneficiados.

En los años 50 quedaban dos barrios fundamentales en La Habana los cuales ya hemos mencionado: Colón y La Victoria, el primero ya bastante venido a menos donde las hetairas mostraban sus desnudeces a través de postigos, ventanas y puertas entreabiertas, e incitaban a los caminantes a recibir sus servicios con reclamos soberbiamente soeces, generalmente los reclamos eran más agresivos y procaces en relación directa al deterioro de la mercancía ofertada, en ese barrio el coito, o en el lenguaje popular “el palo”, costaba dos pesos lo cual lo hacía muy popular incluso para la marinería yanqui que se emborrachaba en los múltiples bares de la zona y fornicaban “ad libitum”. Colón era un lugar donde las riñas y los escándalos en medio de la calle eran comunes y demandaban la presencia policial para tratar de mantener algún orden.

La Victoria era un lugar más circunspecto y tranquilo, las damas no ofrecían sus cuerpos a los viandantes, sino que esperaban más o menos bien vestidas dentro del prostíbulo, y no padecían de los exabruptos y obscena verborrea de sus colegas en Colón, incluso en la zona vivían familias que tenían que colocar letreros de aviso de “no molestar” para evitar desagradables confusiones. El prostíbulo más conocido de ese barrio era la llamada “Casa de Otto” que Jesús Díaz incorporó a la literatura en su novela Las iniciales de la tierra publicada en 1987, pero evidentemente el escritor solo conoció de oídas ese lugar ya que la descripción de este y de Otto en particular no concuerdan con la realidad.[4]

El ambiente en la Casa de Otto era tranquilo sin espavientos, los presuntos clientes se sentaban en sillas de tijeras que estaban colocadas alrededor del patio cementado que abarcaba casi todo el largo de la casa y las señoritas, es un decir, se acercaban y le preguntaban: “¿Te vas a ocupar?” Cuando más de dos o tres prostitutas le hacían la pregunta a un individuo el mismo pasaba a la categoría de “sapo” y nadie más le preguntaba hasta que la matrona se le acercaba y afectuosamente le indicaba que si solo venia a mirar debía retirarse o por lo menos consumir algo del bar. Era un ambiente relajado y se correspondía con la descripción de un burdel que hizo Stefan Zweig en El mundo de ayer.

En el barrio había tres o cuatro bares, pero los principales eran el Victoria en la esquina de Pajarito y Peñalver que le daba nombre al barrio y el Bar Kumaon[5] a medianía de la calle Sitio, entre Pajarito y Plasencia con un anuncio lumínico de casi todo un piso de alto en que un tigre avanzaba amenazadoramente. Estos no eran simples bares eran prostíbulos que en sus pisos superiores ofrecían su mercancía humana a un costo de cinco pesos, superior a los tres que se cobraba en el resto del barrio, se suponía que eran “materiales de primera” recién llegadas a este sórdido negocio.

Existían otros barrios aún más abyectos, si ello era posible: el de Pila a una cuadra del Mercado Único que era conocido simplemente como la Plaza, su clientela estaba nutrida de los camioneros, cargadores y carretilleros que se buscaban la vida en la Plaza; a pocas cuadras de allí en la calle Cristina a unos pasos de la sastrería el Zorro existía un par de prostíbulos; los de Pila y estos último cobraban por sus servicios entre un peso y 50 centavos.

Entre uno y dos pesos era el costo de los servicios en unos pocos prostíbulos alrededor de Zanja a un par de cuadras de Belascoain, además de todo los mencionados estaban las llamadas “fleteras “que rondaban los soportales de la Plaza del Vapor —ya desaparecido— los de Galiano y otras vías concurridas, eran generalmente explotadas por los llamados “chulos de café con leche” y constituían el nivel más bajo de todo este vil andamiaje, la policía las esquilmaba y amenazaban continuamente.

Existían otros burdeles fuera de las llamadas zonas de tolerancia que hemos mencionado estaban en el rango más alto de este deplorable negocio, me refiero a la Casa Marina y la de Tía Nena, ambas se especializaban en dar sus servicios al turismo sexual que ya existía en esa lejana época. Dentro del menú ofertado no solo existían mujeres sino también hombres, algunos homosexuales. Quizás el más famosos de ellos, nacional e internacionalmente, fue “Superman” que no era exactamente homosexual sino bisexual y su miembro viril les llegaba a las rodillas, algunos dicen que tenía 18 pulgadas otros dicen que 14 pero lo cierto es que era algo poco común.

“Superman” actuaba en las funciones que ofrecía el teatro Shanghái en el barrio chino, a media cuadra de Zanja, estas funciones quedaron inmortalizadas en El padrino II de Francis Ford Coppola, en este filme Fredo que era un “putañero” lleva a su hermano Michael y al senador Geary a ver una representación porno en vivo y cuando el senador pone en duda lo que está viendo Fredo le responde: “Eso no es falso. Eso es real. Por eso lo llaman Superman”.[6]

En la película se dramatiza la actuación que era, en realidad, más cruda y obscena. En la Casa de Marina este personaje ofrecía también sus servicios en los llamados “cuadros” que podían costarle al cliente hasta $100 y eran simplemente representaciones pornográficas con múltiples participantes, siempre se rumoró de algún que otro artista hollywoodense, masculino y femenino, solicitó los servicios privados de este personaje que obtenía ganancias suplementarias vendiendo fotos de lo que en él tenía algún interés.

Se decía que Marina controlaba el comercio carnal en el Reloj Club y el Mambo Club ambos en la Carretera de Rancho Boyeros, por tanto, los turistas ávidos del disfrute de las más variadas filias encontraban donde cumplimentar sus apetitos sexuales sin tan siquiera llegar a La Habana, en un ambiente menos visible y comprometido que los salones ornamentados con un estilo rococó del promiscuo prostíbulo de Hospital y Malecón.

Enero de 1959 llegó con un espíritu de un riguroso puritanismo dispuesto a acabar con los males de la república y de paso con ella misma, aunque en los primeros días los “barbudos” inundaron los bayuses y generaron broncas y escándalos, en ocasiones con algún “tiro escapado”, situación que quedó resuelta con la higiénica eliminación de las zonas de tolerancia, la única que se mantuvo en una decadencia continuada fue el barrio de la Victoria que persistió hasta mediados de 1963.

Para las prostitutas se establecieron diversos planes de rehabilitación, la mayor parte aceptó esta oportunidad de cambiar de oficio, algunas se convirtieron en choferes de los autos confiscados y convertidos en una especie de taxis colectivos conocidos popularmente como “violeteras”[7] y sus choferes eran de igual forma denominadas. Otras emprendieron variados estudios técnicos y más de una continuó estudios en la universidad. Los proxenetas tuvieron un destino menos grato, una buena parte de ellos los enviaron a trabajar a Cayo Largo del Sur, en las peores e inhumanas condiciones, se decía por esos años que algunos optaron por el suicidio.

A finales de los 70 e inicio de los 80 surge dentro del entramado de la sociedad habanera un personaje digno de la picaresca criolla, este con un, más o menos, inglés chapurreado comienza a actuar como una especia de guía o facilitador de algún turista desprevenido y entre ellos, que compiten por “controlar” al extranjero y exprimirle una propina o pago por algún servicio, se empieza a utilizar el gerundio “jineteando” que pronto se transformaría en verbo, jinetear, y luego en sustantivo: jinetero. Al jinetero comprender que el turista puede y tiene un interés en los temas del sexo, comienza a reclutar a las jóvenes que por analogía pasarían a ser las jineteras, y es este término en su forma femenina el que va a predominar desapareciendo su forma masculina primigenia.

Estas jóvenes son el producto de la sociedad socialista, hambrientas de los pequeños lujos e inocentes placeres que le están vedados, pero que pueden percibir en el turismo incipiente e incluso en los filmes que la televisoras nacionales trasmiten sin percatarse de que de cierta forma están creando apetitos insolubles en un país con una economía arruinada; la llegada de la “comunidad” que vestidas con ropas baratas pero coloridas y atractivas se convierte en un clamor irresoluble, los jeans o pitusas, como se les llamaban en Cuba, los perfumes y simplemente entrar a un hotel o a un centro nocturno, son monedas de cambio por sexo, que es lo único que ellas pueden ofrecer en este intercambio desigual.

Reaparece así una prostitución de baja estofa que es aprovechada conscientemente por un turista que encuentra este comercio grato y en extremo barato, en esto entran lo mismo núbiles que adolescentes que satisfacen placeres que antes había que ir hasta el sureste asiático a satisfacer sin grandes peligros. En las ofertas entran no solo estudiantes de secundaria sino incluso universitarias graduadas que nada tienen que hacer con un título que quizás solo le sirva para mostrarlo a un prospectivo cliente. De ahí la cínica y aberrante frase: “…nuestras prostitutas son las más cultas y las más sanas del mundo”[8]. Qué menos se podía esperar de un país con las vacas más lecheras, el zoológico más grande del mundo, los mejores médicos, los mayores índices de educación, los mejores plátanos y un largo etcétera de los logros extraordinarios de un país en plena bancarrota económica, espiritual y moral.

Así como ha aparecido el alquiler de habitaciones por hora cubriendo la desaparición de las “posadas”, también hay indicios de “casas de citas” que no podrían competir con la de Tía Nena o Marina, pero andan por buen camino y no solo ofertan féminas, también el sexo masculino y con diferentes orientaciones sexuales está disponible. No podemos esperar que se considere la prostitución como la actividad 125 en la relación de prohibiciones ya que afectaría a la clientela que inyecta moneda libremente convertible, lo mismo pueden ser italianos, que españoles, que vejetes miamenses falsamente nostálgicos, e incluso lo que aún no están en esa categoría, pero no pueden satisfacer sus apetitos por los costos, no solo económicos, en este lado del Estrecho de la Florida.


[1] En realidad, antes que la prostitución, mucho antes, existieron otras profesiones u oficios como por ejemplo: cazador, recolectores de alimentos, etc. Por otra parte aunque muchos consideran que los oficios son actividades manuales y las profesiones son más bien intelectuales y requieren de determinados estudios, y entrenamiento como si los oficios no requiriesen de una preparación o entrenamiento. Pero la RAE no establece propiamente ninguna diferencia entre uno y otro llegando a decir al definir profesión: “Empleo, facultad u oficio que alguien ejerce y por el que percibe una retribución”, este es el punto básico: actividad remunerada y aquí encaja perfectamente la prostitución.

[2] Lo que en realidad estaba en juego entre Yarini y Letot no eran los encantos de Berthe sino el control del barrio de San Isidro que era en aquellos años un “barrio de tolerancia”, o “barrio de putas”, ahora es un barrio donde se lucha contra la intolerancia del régimen dictatorial.

[3] Según Pichardo el término es de origen indígena, lo cual, con todo respeto para nuestro insigne lexicólogo, es poco probable por no decir imposible y significa: “Casa, lugar o reunión indecente, obscena o corrompida.”

[4] Según el narrador Otto “El matrón era un mulato bajo y corpulento, con las pasas planchadas, brillantes, grasientas y con un intenso olor a perfume. Tenía fama de belicoso, morfinómano e íntimo del capitán de policía”. En realidad Otto era un trasvesti delgado y blanco que gustaba de vestir como un iyabó aunque con un pañuelo rojo anudado al cuello y una foto de él representando a una bailarina de Tropicana se exhibía en la “victrola” que se encontraba al fondo de la casa, la foto era de Armand “el fotógrafo de las estrellas” que realizó un excelente trabajo ocultando la huellas de acné en la cara de Otto, el cual yo supongo que no era más que un testaferro y quizás lo único cierto es que debió tener muy buenas relaciones con el capitán de la demarcación.

[5] Al parecer su dueño era un entusiasta de la obra del cazador inglés Jim Corbett.

[6] “That ain’t no fake. That’s real. That’s why they call him Superman.” Fredo, The Godfather Part II

[7] Eran llamados así por los colores violeta y blanco con los que fueron pintados esos autos de diferentes años, marca y condiciones mecánicas.

[8] En la recopilación de discursos los emitidos en julio de 1999 que fue cuando pronunció dicha frase no aparecen sino como “Lo que dijo el Presidente de la República de Cuba” y no como es habitual “Discurso pronunciado por…” por lo que podemos suponer que él mandó a eliminar esa frase del discurso.


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