Actualizado: 19/10/2017 11:37
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Balsa, Irlanda, Balseros

La balsa irlandesa

Es poco probable que los ocupantes de la balsa irlandesa fueran rescatados. Cuando la Guardia Costera lo hace, invariablemente hunde la embarcación por singular que sea

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Una balsa cubana apareció en Irlanda. Allí se le ve ahora en una playa de ancha arena en el condado de Sligo donde el agua será tan fría como se dice de la muerte.

No parece una balsa; es, tal cual se ve en la foto, como un submarino diseñado para flotar. Pero no, si uno mira bien. Es un racional diseño semi tubular preparado con el aliento urgente de la perfección y el sueño de llegar vivo a alguna parte. ¿Vivos? ¿Cuántos habrán viajado en ella? Qué tiempo dedicaron y cuanto ingenio laborioso hubo en el astillero improvisado para irse; cuántos serían en su viaje al otro mundo. A pesar de la destrucción del clima y del Atlántico (la nave pudo estar años en su travesía) aún se admira la habilidad del constructor. Cuatro tanques de fibra de vidrio a cada lado, fijados a la estructura principal mediante once aros que brindan estabilidad a la vez que flotación a la nave; trece cuadernas conforman un sólido soporte para el casco que al parecer —sorpresa— estuvo conformado de una tela. Doble, embreada, sellada, impermeabilizada, sabe Dios, sería de plástico, tal vez de algo inaudito encontrado por el ingenio del pobre constructor y que tal vez nunca en realidad dejó pasar el agua; aunque solo para que la tragedia derrotara a la valiente nave de alguna otra aterradora forma.

Cuántos fueron los viajeros. La imaginación post mortem puede calcular que cuatro. Hombres, alguna mujer, ¿iría algún niño? En la parte inferior de la estructura de metal se nota la quilla destinada junto al timón rudimentario para orientar la embarcación; una hélice parece salir de la popa; la mitad posterior del casco se ve ahora repleto de conchas —todas insultantemente blancas— indicando que durante la mayor parte de su ruta, tras perder los seis flotadores traseros, la nave derivó con la sola protuberancia de su proa sobre la superficie interminable del océano; dejando mucho tiempo para que se depositaran allí los caracoles.

Pero cuando sucedió esa larga marcha a la deriva de la proa, ya no estarían allí los pasajeros. Tal vez se agarraron por un momento a ella, cuando los tres cuartos traseros de la balsa tubular se sumergieron. Lucharían por algún tiempo, gritarían por socorro, se dieron ánimos unos a otros, confiaron en Dios. Hasta que el último se rindió y descendió pacíficamente hacia nunca. O tal vez, cuando la balsa al fin cedió, los cuerpos hacía tiempo ya inertes se deslizarían suavemente sin más lucha ni protesta hacia el abismo.

La corriente del Golfo arrastró la balsa desde el Estrecho de la Florida hasta la corriente del Atlántico Norte que la acercó en su rumbo al Ártico, hasta unos centenares de millas de la playa irlandesa de Cliffoney. El azar terminó depositándola en la arena.

Es poco probable que los ocupantes de la balsa irlandesa fueran rescatados. Cuando la Guardia Costera lo hace, invariablemente hunde la embarcación por singular que sea, impidiendo cualquier posterior navegación. Así, el viaje hacia la Florida de los cubanos se habrá convertido en un derrotero cada vez más intrincado hacia el centro del océano, desde donde jamás podrían regresar.

Aunque cuánto daría uno porque todos estos cálculos y razonamientos fueran falsos. Cuanto gusto en que mañana, desde cualquier parte del globo —porque los cubanos respiran en casi cualquiera de sus trozos— alguien reconozca la balsa en que navegó y nos explique por ejemplo que, efectivamente, el guardacostas después de rescatarlos hundió la embarcación, pero al parecer no le salió bien. El tiempo estaba muy malo, las olas altas y nadie podría haberse dado cuenta que la terca proa del bote resistía sobre el agua. Y tanto, que llegó hasta la playa de Cliffoney, condado de Sligo, Irlanda del Norte y ha sido noticia internacional.


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