Actualizado: 18/10/2017 20:02
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La Habana, Miami, Exilio

La belleza y fealdad de La Habana

Varias visiones de un solo visitante, condensadas en una misma ciudad a través del tiempo

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Recuerdo mi regreso a La Habana desde Estados Unidos en 2005. Trajines en la aduana, maletas atrás. Tuvimos que estar dos días más en la ciudad, sin poder viajar a nuestra casa, en el interior, a recoger a nuestro pequeño hijo, que no habíamos visto en todo un mes.

La impresión que me dio la Habana en aquella ocasión fue pésima: tan calurosa (había estado casi un mes en Oregón en pleno noviembre), sucia, difícil, “real”. Me parecía que comenzaba a odiar a aquella ciudad, que tanto había admirado, y que había perdido el encanto que una vez tuvo para mí.

Viví toda mi infancia viendo a La Habana por la televisión. Sus edificios singulares me cautivaban, su malecón, la casa de Martí. Siempre soñé visitarla.

A los 15 años mi padre me llevó a la playa de Guanabo, cerca de La Habana. Pensaba que esa sería mi oportunidad de conocerla, pero no fue así. Nos quedamos en ese encantador balneario toda una semana, sin ver el Capitolio.

Fue a los 19 años que la visité por fin La Habana. Había ido con mi novia de antaño, y su padre, a acompañarla a matricular en la Universidad. Caminé, por fin, por el irresistible malecón, comí helado, en el inconquistable Coppelia, visité la casita de Martí, el imponente Capitolio (donde no faltó la foto imprescindible), y el Palacio Presidencial (hoy museo). Fue un viaje emocionante, lleno de significados imborrables.

Volvería varias veces más a La Habana por aquellos tiempos, por razones de amor y locura, y aprovecharía esos viajes para ir a algún cine de estreno, visitar la parte vieja de la ciudad y la vibrante Rampa. Parecía seductora en aquellos días la capital cubana. Disfrutaba aun de las “glorias” del subsidio comunista, con abundante y asequible comida, transporte público y múltiples atracciones deportivas y culturales. Era una metrópoli caribeña, llena de vida y atracciones, que no teníamos en el interior. En ella radicaba ,además, el poder mítico de Castro, con la imponente Plaza como símbolo, de sus discursos y aplausos interminables. La Habana era también la ciudad de donde más cerca podíamos “tocar” al “Imperialismo Yanqui”, al pasar frente a su impresionante y prohibida embajada (sección entonces), ese edificio junto al mar, que nos evocaba aquella “fruta prohibida” más allá del horizonte.

Pasó el tiempo, y con la muerte de los amores, mi águila no volaría más por aquel malecón por algún tiempo. Años después mi mejor amiga, se mudó a “La Urbe”, reclamando mi presencia en algún verano. Así surgieron nuevos pretextos para visitarla. Ya corrían los duros años del “período especial”, de los cuales aquellos gloriosos Panamericanos de La Habana 1991 habían dado su clarinada.

Ya para entonces, La Habana era otra ciudad, más pobre, deteriorada, más triste, pero siempre con un encanto inexplicable, para un provinciano como yo, sin mucho que ver en su pueblo natal.

Con la adultez, vino el matrimonio, y mi luna de miel me llevó de nuevo por las calles desmejoradas de “San Cristóbal”. Ahora, la visitaba más feliz, y por ello, la encontré más encantadora, aunque estuviese peor.

Con los años mi trabajo en la iglesia me llevaría a la Habana: ciudad de mis sueños infantiles, varias veces por diversas razones. Descubrí para entonces “otra Habana”, la que luchaba y soñaba, la que atraía artistas y emprendedores irresignables, la que se resistía a perder su encanto de siempre, por más que el tiempo y sus desdichas se empeñaran en quitárselo. Ahí estaba Eusebio Leal, con su innegable amor por la historia de la ciudad, estaban sus museos, teatros, y cines despintados, sus fortalezas militares, empeñadas en no morir, como el imperio que las hizo.

Como pastor, tuve la oportunidad de visitar La Habana, para hacer realidad el sueño de los niños humildes de las iglesias, de conocerla, y también para que mi propio hijo no tuviera que esperar tantos años para descubrirla como yo.

La nueva visión de pastor-guía turístico, que además no tiene que esperar interminables colas para moverse en un autobús, me permitió disfrutar, de un modo más tranquilo, ese otro lado encantador de la ciudad, que no se puede ver con prisa. Conocí entonces su acuario y el zoológico de 26, la falsa vitrina de EXPOCUBA y el bello jardín botánico, la holística panorámica habanera, que solo ofrece su maqueta, y el mirador de El Cristo de Casablanca.

La Habana de los años dos mil, que ya no era La Habana dantesca de los noventa, pero tampoco la resistible de los ochenta, me trasmitió el calor de las paradas de ómnibus, pero también el calor de los niños, jugando en los parques, en el Prado, o en la abarrotada Isla de los Cocos (antiguo Coney Island), que obviaban las adversidades del verano habanero, por tal de ser realidad sus fantasías

Regreso, de nuevo, al año 2005. Estoy en la Habana, después de mi viaje a la “Casa de Muñecas”. Ya nada me atrae de esta ciudad. La situación del país me hacía verla “horrible”, incómoda, mediocre, detenida en el tiempo. Y no me importaba nada de ella. Ya lo había visto todo, solo quería emigrar. Me “merecía” una vida mejor que aquella.

Pasarían, por suerte, seis largos años desde aquel momento, y mi definitiva partida en 2011. Ya para entonces se me habían bajado un poco los humos de las ilusiones. Los viajes por mi trabajo en la iglesia me ayudaron a valorar esa otra belleza, que nadie le quita a La Habana. Recuerdo algo imborrable que me pasó en uno de esos viajes. Había ido a un teatro con los niños, y al llegar, el autobús que nos llevó, paró frente a unos portales para bajarnos. Mi hijo, de unos siete años, se me adelantó solo y bajó del bus sin mí. Yo lo vi y le grite a los que se bajaron antes que lo retuvieran, pero no me oyeron. Cuando por fin me pude bajar de aquel infeliz bus, lo encontré: solo, recostado a una pared, con sus manos pegadas a ella, como para no despegarse, buscándonos con su vista. Nadie lo había visto, pero nadie le había hecho daño tampoco. Dios me lo cuidó, como cuidó a Jesús en el templo.

Al fin llegó el día de mi partida de Cuba, y mi llegada al “mundo libre”. Comencé mi vida en la “Ciudad del Sol”: Miami. Pronto descubrí que el sol también “quema” aquí., y que no hay solo “muñecas” en esta casa, sino criados y jardineros, aunque puedan gritar “¡abajo el comunismo!”.

Tuve que comenzar una nueva vida. Descubrí La Pequeña Habana, que no era tan pequeña ni tan Habana, y la otra Habana, la virtual, la de la televisión y la radio local, detenida en el año 58, o localizada en el infierno de Dante. Una Habana donde solo hay actos de repudio, epidemias y ruinas. Entonces tuve que tomar una decisión, de cara a mi libertad, que ahora valoraba más. Es cierto que La Habana estaba llena de tristezas y problemas, pero es mucho más. ¿Dónde quedaban sus niños, jugando libremente en sus parques o la gente luchando por arreglar sus casas, y viejos “almendrones”?, ¿dónde están los artistas que no la abandonan “completamente” porque se les “seca” su inspiración?‚ ¿o los que vuelven a ella, porque la extrañan?, ‚dónde están los que aman su historia y luchan por restaurar su arquitectura?, ¿dónde dejar a los que curan y enseñan, a pesar de todo?, ¿y dónde los habaneros que sonríen y se enamoran en su malecón, a pesar de sus frustraciones?…

Han pasado cinco largos años desde mi partida de Cuba. Cientos de celebridades mundiales visitan hoy la capital de Cuba, lo que provoca la indignación de muchos patriotas en el exilio. Cruceros llegan y regresan de Cuba, cargados de turistas, que parecen volver, con las mismas experiencias, buenas y malas, que recibe un visitante en cualquier lugar “imperfecto” de la tierra.

Cuba no está simplemente, “de moda”, como dicen algunos, más bien está siendo descubierta como ciudad que lucha por su destino. La Habana, suspira por vivir, aunque la demos por muerta, y está reinventándose cada día, no por la creatividad del gobierno, sino por la perseverancia de sus buenos hijos, de aquí, y de allá, que no la olvidan, o no la quieren dejar morir.

Recuerdo la dicha que sentí la primera vez que visité La Habana, la dicha que perdí un largo tiempo, por dejar de verla con los ojos de niño o de poeta, y que he recuperado para siempre, gracias a la mirada silente que produce la distancia, como el hijo que perdí, y recupere, en esa Habana, donde parece que su Cristo callado, y a veces olvidado, la bendice, a pesar de todo y de todos.


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