Actualizado: 23/02/2018 0:31
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Villena, Memorias de la Revolución, Comida

La carga

CUBAENCUENTRO continúa este nuevo año con la sección cuyo tema central es lo que se podría catalogar de “memorias de la revolución”

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El poeta comunista cubano Rubén Martínez Villena (1899-1934), con razón por muchos venerado hasta hoy tanto por su obra poética como por su ejemplo de vida puesta en favor de una causa, dice en par de versos de su pieza Mensaje lírico civil (1923): “Hace falta una carga para matar bribones,/para acabar la obra de las revoluciones”.

En la primera mitad de la década de 1970, Fidel Castro, en una de sus extensas alocuciones optó por parodiar aquellos versos del excelso poeta. Dijo entonces Castro al cerrar aquel discurso y así, de paso, calzar uno de sus alegatos interminables en favor del pueblo: “¡Rubén [Martínez Villena] desde aquí te decimos: ...esta es la carga que tú querías!”

Desde 1974, aproximadamente, se rumoraba en Cuba que el método de las dietas (estipendio) entregadas a los trabajadores que debían realizar labores lejos de sus centros de trabajo, cambiaría. Entonces se les proporcionaba los llamados Bonos de Dieta, con un valor de compra de 3,50 pesos. Como no tenían valor en metálico, quienes los portaban, por lo general, de manera indolente consumían la totalidad en cada comida, y en otros casos convertían los bonos en dinero al venderlos por debajo de 3,50, o hacían con ellos trueques por ciertos servicios y por objetos, o aun los regalaban a cualquier familiar o conocido. El despilfarro —sello del socialismo cubano— era descomunal.

En la época antes dicha, el azar revolucionario me había llevado a trabajar en el área financiera de una empresa del Ministerio de la Industria Ligera. La noticia de que los Bonos de Dieta serían abolidos y en su lugar, a cada trabajador que lo requiriese se le entregaría 3,50 pesos en efectivo por cada comida (7 pesos diarios), creó tensión entre los empleados de aquella empresa. Pero sobre todo entre los camioneros, quienes, sin duda, se beneficiarían más que los otros, puesto que sus viajes podrían durar dos o tres días, o al menos se trasladaban lejos diariamente, con derecho a dieta.

El camionero que más interés mostraba por la novedad que se avecinaba era Pastor, un hombre de baja estatura, de cuerpo cuadrado, ojos verdes que casi siempre miraban con picardía.

El día que (aunque nadie lo había dicho todo el mundo lo sabía, como suele ocurrir en Cuba) se llevó a cabo en aquella empresa la reunión final para establecer de inmediato la entrega de dietas en efectivo, yo, al salir de esta reunión, atravesé la calle en dirección al comedor.

En la acera, a unos seis metros de la puerta, estaba Pastor, con quien yo conversaba a cada rato. Me hizo un gesto como llamándome. Fui hasta él. Solo me dijo como quien inquiere: “Dime”. Le respondí: “Sí”.

El camionero Pastor llevó los brazos hacia arriba y, mirando al cielo, gritó casi: “¡Rubén, esta es la carga que tú querías!”

Di media vuelta y, dos o tres pasos después, sentí que Pastor me detenía tomándome por un brazo. Me volví hacia él y advertí en su rostro una mezcla de picardía y terror. “Fue sin querer, se me salió... Por la virgen, no me vayas a chivatear... mira que yo tengo hijos...”.


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