Actualizado: 16/07/2020 12:18
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Carne, Alimentación, Coronavirus

La carne y la plaga

Al seguir la pista de la carne, es posible reconstruir la deconstrucción de un país llamado Cuba

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Un perro hambriento sólo tiene fe en la carne.
Antón Chéjov

La obsesión de los cubanos por la carne no es nueva. Cuando oímos la palabra carne, para la mayoría se trata de la carne vacuna, no la ovina, tan apreciada en Oriente Medio con la misma intensidad que la carne de cerdo es rechazada allí por sus tradiciones religiosas. Tampoco es la de pollo, a la cual el compañero Evo achacó la feminización de los hombres-machos y un raro hirsutismo en las mujeres-hembras. La carne es la carne. La Fibra, la Prohibida, de res, de vaca. En torno a ella y sus misteriosas desapariciones y trasmutaciones en incomestibles sucedáneos durante el periodo involucionario hay cientos de chistes, algunos de una hondura filosófica que envidiaría el mismísimo Sócrates.

Aire Frio, pieza teatral de Virgilio Piñera publicada por primera vez en 1959, recrea la vida republicana anterior. El personaje de Luz Marina, la protagonista, en cierto momento dice que tiene ganas de comer carne con papas. El teatrólogo Rine Leal afirmaba que era una de las mejores frases catárticas del teatro cubano para representar la miseria y la frustración. También Virgilio escribiría La carne de Rene, novela de tesis, donde esta vez la carne humana, débil y mortificada, evoca la lucha entre la materialidad carcelera y la espiritualidad trascendente.

La carne vacuna era un alimento apreciado antes de la Involución. No había que preocuparse de su ausencia ni por sus precios. Cualquier ciudadano(a) podía ir a la carnicería o casilla, y sabia pedir el corte que quería o podía pagar: de primera, de segunda, falda, carne para asar, picadillo. Había casi tantas reses como personas, y el ganado autóctono, logrado después de varios siglos de tanteos prácticos, era resistente al calor y a la sequía tropical.

Al seguir lapista de la carnefollow the meat, diría un novelista de suspenso— es posible reconstruir la deconstrucción de un país llamado Cuba. La carne de res es como un ovillo de Ariadna que nos conduce por el laberíntico mundo de la Involución cubana, pero sin salida. Uno de los encarnes del Difunto fue con las vacas. Y sobre todo con los toros, extraña propensión inconsciente por los grandes sementales. En un inflamado discurso prometió convertirnos en exportadores de carne vacuna y de quesos a… ¡Europa! Los planes especiales para cruzar razas, pastoreos novedosos, siembra masiva de pangola, y la importación de sementales como Rosafé Signet, terminaron en los sesenta con una parte considerable de la masa ganadera cubana.

Al mismo tiempo, apareció la libreta de abastecimiento-racionamiento, y las novenas: carne de res cada nueve días. Pero en la medida que avanzaba el destace de la ganadería, los nueve días fueron diez o doce, e intercalaron pollo y pescado. Recuerdo que en los setenta pidieron a los becarios renunciar a la cuota de carne en las casas pues en las escuelas nos “darían” carne. Nunca me comí un bistec de res en la beca. Carne en salsa, carne rusa —de lata—, picadillo hecho pelotas, elásticas.

Para finales de los ochenta la carne de res era en Cuba casi una desconocida por las generaciones nacidas veinte años antes. Y la mayoría de los carniceros unos potentados merecedores de una canción de los Van Van donde los calificaban, orilleramente, de bárbaros y canchas. La carne de caballo se hizo famosa cuando la res se puso difícil. Decían que era más nutritiva porque tenía más sangre. Los matarifes, sacrificadores y destazadores de reses y caballos robados, comenzaron a surgir como moscas, y se hizo preciso legislar contra ellos como si fueran homicidas.

Aun faltaría por llegar el mal llamado Periodo Especial, que, junto a la mortalidad de las vacas por inanición y sacrificio ilegal, redujeron el ganado a casi la extinción. Un evento que debe marcar un hito en la industria alimentaria por su singularidad abominable fue el picadillo texturizado, extendido, o simplemente picadillo de soya, promocionado e incluso vendido como carne de primera, mezclado con un porciento de soya. El mal olor y sabor necesitaba varios hervores y así ni los perros se lo comían.

Nunca olvidar las hamburguesas Mc Castro. Una mezcla de cárnicos que fueron adelgazando en el tiempo, vendidos con panes parecidos a los originales y también para especiales ciudadanos: los compañeros vanguardias recibían un tiquete que les daba derecho a una Mc Castro y un refresco. No era gratis, por supuesto. La hamburguesa gratis se la comían otros. En aquella época, imposible olvidarlo, un dentista apareció en la televisión nacional explicando que la dentadura humana, filogenéticamente, no estaba preparada para comer fibra. Por supuesto, enseguida palpé mis caninos e incisivos para saber si no habían desaparecido como la carne.

En los últimos diez o quince años la industria de la carne y sus derivados ha ido de mal en peor, si es eso posible. Desde el vasito de leche ha pasado más de una década. Se ha publicado sobre la importación de reses y sementales. Pero la opción dada a los cubanos es la carne de jutia, de avestruz y de cocodrilo, sin duda manjares más difíciles de criar y de comerciar que una res. Antes de que la plaga entrara a dar el estoque final a la Involución en materia alimentaria, es curioso como en la Isla la palabra carne ya no significa res sino cerdo. Es muy probable que los milenios de Cuba no solo no se hayan comido nunca un filete. No saben que quiere decir falda, churrasco, bola de pierna para asar. No hablemos de derivados como quesos y yogures de verdad.

Quizás por esa razón ha provocado en las redes sociales tanta indignación el comentario de que en Estados Unidos y en Madrid había escasez de carne de vaca. Todo sale de la queja de los procesadores, quienes advierten que al ser una industria todavía con mucha manufactura, operarios que trabajan unos cerca de otros, las medidas de distanciamiento social y el cierre de las plantas afectaría el suministro. Ese evento dispararía los precios, y tal vez necesitarían sacrificar cerdos y no desviarlos al mercado para no atiborrar los frigoríficos. Los precios no pueden bajar de manera insostenible; los ganaderos y la industria necesitan, para sobrevivir, un nivel mínimo de precios. Al escribir estas líneas, parece haberse llegado a un entendimiento con los proveedores.

Si seguimos la pista de la carne, muy malas debe estar las cosas en la Isla, los alimentos y los servicios sociales, para que los periodistas se monten en la noticia de la escasez de carne en la primera economía del mundo. Una sociedad, la norteamericana, debían decirles a los reclusos de la plantación, donde cada día se come menos carne roja, y toneladas se echan a perder en los mercados porque quien puede, y son bastantes, prefieren el salmón, el pavo y el pollo —con pechuga— debido a los efectos nocivos sobre la salud. Muy malas deben andar las cosas cuando el Órgano Oficial afirma que hay enormes colas en los mercados yanquis, no por la distancia social y que admiten pocos cada vez, sino porque ‘hay gran escasez de productos básicos”.

Hemos llegado así, siguiendo la pista de la carne, al momento en que solo un milagro, y no ganadero, puede salvar a la Involución cubana. Al límite donde, perdida toda vergüenza, quien habla en televisión o escribe en los periódicos no importa ni su propio prestigio, no de reportero, no de escritor, no de académico, sino de simple ser humano digno, que ve el desastre a su alrededor. Es increíble la crueldad y la desinformación a la que someten a su propio pueblo en tiempos en que la Internet y los celulares podrían desmentirlos en segundos. Eso debería alertar a aquellos que aún no creen capaces a algunos de hundir la Isla en el mar antes de decir que estuvieron equivocados, que el camino de la prosperidad y la paz para Cuba no es el transitado por sesenta años, y que hay que rectificar en serio, por sus propios hijos y nietos.

Como fue escrito al inicio de este artículo, los chistes sobre la carne de res son tantos que se agolpan, que se atropellan, y nos matan… de risas tristes. Uno de mis preferidos narra que la carne de res y el huevo estaban siendo perseguidos por toda La Habana. El huevo, inteligente, le dice a la carne: “vamos a escondernos, y así no nos van a encontrar”. “Escóndete tú”, responde la carne, “que a mí aquí no me conoce nadie”.

Artículo publicado en Habaneciendo.com, Blog del autor.


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