Actualizado: 22/09/2020 8:54
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Colas, Coronavirus, Pandemia

La cola y la plaga

Quienes nacimos poco antes o poco después de la Involución no conocemos otra realidad que no sean las colas

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La esperanza es un buen desayuno pero una mala cena.
Sir Francis Bacon

Lo que nunca esperé ver en Estados Unidos: colas. Pero no cualquier cola. Una fila larga con distancia “social” de seis pies, dos metros. Para los cubanos, especialistas en el arte de la espera, como escribiera el ensayista Rafael Rojas, la cola americana es toda una lección de orden y paciencia. Hay un cupo para entrar y para salir. No hay ensimismamiento para pagar ni para buscar en el estante el papel sanitario, cloro y desinfectantes para las manos, útiles que llegaron a desparecer. Poco a poco, los norteamericanos lo saben, la escasez circunstancial dará paso al atestamiento. Y este, con toda lógica, a la rebaja de precios. Es así de sencillo. No hay secreto. Es la economía de mercado. El capitalismo.

A la cola de la Cuba comunista le han dedicado páginas del mejor humor insular. Héctor Zumbado, que en la gloria del dios de la comedia se encuentre, hizo de las colas, entre otros males endémicos en la Isla, verdaderos ensayos tragicómicos. A diferencia de lo que sucedería en cualquier lugar del mundo antes y después de un siniestro como la covid-19, en la Isla no se necesita una desgracia para que se forme una fila sin últimos ni primeros, es decir, un molote.

Colas o molote para todo. Basta que un par de personas se paren frente a una puerta, a la entrada de algún lugar, e inmediatamente alguien pregunta quién es el último —aunque después no lo respete. No importa que han “sacado”, que van a “dar”. Preguntar quién es el último antes, la “cosa’ en concreto después. Es difícil olvidar a una niñita, familiar nuestro, quien jamás había entrado a una iglesia, y en el bautismo de alguien se levantó la primera para ponerse en la fila de la comunión sin saber de qué iba aquello. Los niños cubanos, desde muy pequeños, aprenden las estrofas el himno del hogar: vivir por la cola es vivir.

Por eso la cola americana de estos días llama la atención. Si no fuera por la perversidad que encierra, un artículo aparecido en el Órgano Oficial intenta comparar ambas filas de sufridos. El amanuense en cuestión, también nacido entre colas, se explaya con las dificultades de las tiendas norteamericanas. Llega a la osadía de escribir que las largas filas en Estados Unidos obedecen al descalabro económico del sistema; a su incapacidad de satisfacer el consumo de los más pobres.

La explicación de este parón a la dinámica del libre mercado no es por un defecto estructural, ni una de sus crisis cíclicas, contrario a lo que enseña el catecismo comunista. Las crisis, por cierto, generan oportunidades en lo social, económico y político. El sistema de mercado se remodela en cada nueva crisis: más desarrollo, crecimiento de la conciencia social, regulaciones imprescindibles para el futuro. Como diría un amigo tomando la energía como símil: la masa inercial con la cual el proyecto norteamericano comenzó a andar es muy grande, indetenible; aunque parezca en reposo, siempre se está moviendo.

Quienes nacimos poco antes o poco después de la Involución no conocemos otra realidad que no sean las colas. Somos expertos en hacerlas, y en deshacerlas también. Los orígenes y la causa de las colas en las dos orillas podrían ser las mismas: la escasez. La causa eficiente, el principio de todo, es diferente.

En la organizada fila norteña la escasez es temporal y hasta deseable. El inventario se agota, y estimula la cadena productiva, de la cual viven miles de personas. Un estante desocupado, en la economía capitalista, es motivo de alegría. Las personas, poco acostumbradas a esperar, están tranquilas, sosegadas ante el vacío. Si no consiguen lo que buscan, vendrán mañana, o irán a otra tienda, puede que más barata.

La cola insular es la cara de la miseria. La de siempre, la de sesenta años. Es esperar por lo que “sacan”, no por lo que como ser humano desean consumir. La prioridad no es siquiera la carne de res o la lecha fresca -ni el vasito de leche para el desayuno- sino el pedazo de pollo sin pechuga y el huevo hasta que alcance.

Un estante desocupado en el socialismo da ganas de llorar. Por eso los llenan de pomos del mismo producto. ¡Tanto colarse para morir en una orilla vacía! Las colas se hacen a ciegas: el individuo nunca sabe si alcanzará el producto. Por eso hay que tener un contacto, un socio, un punto en la tienda que resuelva. Un querido amigo llegó a describir el Síndrome del Helado de Chocolate del Coppelia de Matanzas: la fila para comer helado de chocolate no comenzaba hasta que no se acabara el helado de vainilla. A él, por supuesto, no le gusta la vainilla.

Como en el socialismo todo está previsto, organizado, repartido con equidad para que toque a todo el mundo, nunca hay nada. El que reparte no hace cola, y se lleva la mejor parte. Los coleros y los administradores, esa plaga autóctona del socialismo tropical, se llenan los bolsillos con la espera de la gente. Y eso no puede cambiar. La causa eficiente de la miseria y la cola es la falta de bienes. El que trabaja, no come.

En este momento, la economía mundial de mercado ha sido puesta bajo coma inducido, si cabe el término. Las funciones vitales de las grandes empresas están intactas. No quiere decir que no habrá repercusiones a corto y mediano plazos, ajustes y reconversiones. La covid-19, en cambio, al atacar a la economía socialista cubana ha infestado un moribundo en coma profundo, con funciones vitales deprimidas y sobre todo muerte cerebral —nunca mejor analogía. El sobreviviente depende casi en exclusiva de suministros desde afuera, nunca propios.

Las fotos de las colas cubanas y de los países con economía de mercado no dejan lugar a engaños: en la primera las personas se agolpan; son una masa humana sudada, tristemente agresiva. En la segunda, la gente tiene un papelito en el bolsillo. Después de llenar la despensa con lo necesario, y tal vez más, hacen fila para comprar pintura, plantas, adornos, cuadros. Es preciso engalanar el encierro. Ponerlo al gusto de cada cual. Hay tiempo de sobra para eso.

A veces uno se pregunta hasta cuando los mandamases esquilmaran, irrespetaran y odiaran a los propios cubanos. Solo en una cola cubana, molotera en medio, se pueden parafrasear los versos del poeta salvadoreño, asesinado por su propia tropa: el Socialismo será —siempre— una cola del tamaño del Sol.

Publicado en Habaneciendo.com. Blog del autor.


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