Actualizado: 07/04/2020 22:06
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Desalojos

La crueldad de los desalojos en La Conchita

Todo este atropello, este abuso de poder, fue apoyado por decenas de integrantes del Ministerio del Interior

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Recientemente, pude conocer de cerca el sufrimiento de numerosas familias desalojadas en los asentamientos de Siguapa y La Conchita, ubicados a pocos kilómetros del universalmente conocido balneario de Varadero, en la provincia de Matanzas.

Precisamente en Siguapa, situado a la vera de la vía rápida Cárdenas-Varadero, la tranquilidad reinante de las 5:00 de la mañana del 22 de mayo último fue abruptamente destruida por un operativo gigantesco con el marcado plan de demoler a golpe de grandes buldóceres y grúas las viviendas construidas con tanto esfuerzo (como ocurre con toda obra que un compatriota emprende en esta isla) por ciudadanos cubanos para dar cobijo a sus hijos, madres, hermanas, esposos.

Todo este cruel atropello, este abuso de poder, fue apoyado por decenas de integrantes del Ministerio del Interior, quienes parecían fieras ante la presa en su afán por borrar toda posible huella en el interior de una cámara o un teléfono móvil.

Nadie podía siquiera gritar o reclamar clemencia para sus pertenencias: todo fue demolido a la vista de los vecinos de la zona, imposibilitados de detener la sevicia del poder representado por aquellos militares.

Lamentablemente, la rabia destructora de lo poco que consigue preparar un cubano para que su familia no se quede a vivir a la intemperie o hacinada entre cuatro paredes, no quedó satisfecha con el golpe asestado en Siguapa.

El viernes 15 de junio, en la comunidad de La Conchita, emplazada cerca de la carretera Varadero-Matanzas, a pocos metros del punto de control o peaje, más de 17 viviendas confortables fueron reducidas a un amasijo de escombros. Rápidamente, los restos de las viviendas destruidas fueron colocados sobre camiones y depositados a más de 500 metros del lugar, con la morbosa intención de que quienes vinieran después se negaran a aceptar que en aquellos placeres polvorientos, minutos antes se erguían elegantes viviendas.

Conmovedor no es solo la escena de la primera casa demolida. Avisados sus moradores de antemano, colgaron en la fachada del inmueble un cartel donde, en letras grandes, se leía: “Te queremos Fidel, Te queremos Raúl”. Contra ella comenzó el terror. Lo más desgarrador hasta para quien no se sienta un filántropo, resultó la escena de una madre y sus hijos suplicando a la diabólica representación que no les destruyeran el tráiler que poseían al lado de la vivienda, que al menos les dejaran “la casa rodante”.

No hubo freno, no hubo piedad: el tráiler fue izado por una de las grúas, que lo precipitó a tierra desde más de diez metros de altura. Puede uno imaginarse en qué condiciones quedaron los útiles que existían en su interior.

Hubo saña. Se obró con desmedido rencor desde el poder casi omnímodo de un gobierno controlado por los mismos hombres desde enero de 1959. ¿Qué más necesitan los seres humanos amantes de la paz, el amor, la libertad, el respeto a la persona humana, para reconocer la naturaleza bárbara de quienes gobiernan en Cuba?

Poner fin a esta tiranía con fachada de ángeles solo corresponde a quienes nacimos en esta tierra, o a sus descendientes, vivamos fuera de la nación o en su suelo enlutado, me dijo una de las víctimas de La Conchita, que no quiso identificarse. Pero necesitamos de la solidaridad internacional, que se nos reconozca nuestro derecho a ser libres, a instalar en el poder a un gobierno elegido democráticamente por los cubanos, agregó.

No le contesté ni insistí en conseguir su nombre y apellidos, pero tampoco atribuí sus palabras al dolor que le embargaba por el llanto de sus tres pequeñuelos que acababan de quedar al amparo de un alma caritativa que les diera cabida en el interior de su morada. Además, para qué ahondar más en la llaga, si eso mismo se lo he escuchado repetir una y más veces a mi padre. De todos modos, eso y más podría aflorar en aquellos lares donde la maldad, el desamor y la sevicia se vistieron de largo.


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Estado en que quedó el sitio en La Conchita, donde estaba el asentamiento humano, tras el desalojo. (Foto: Sayli Navarro Álvarez)

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