Actualizado: 24/05/2018 9:18
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Política, Derecha, Izquierda

La derecha en Cuba

El núcleo duro del castrismo, llevado contra las cuerdas, no tiene escrúpulos en reconocer que en la realidad política limita la soberanía del pueblo cubano

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No hay peor defensa que el repliegue a las posiciones a las que el enemigo desea llevarnos. La mejor defensa será siempre el ataque, desplazar al contrario de sus fortalezas y dejarlo inerme, expuesto en medio de la llanura al ataque de nuestra caballería.

En los últimos cuatro años, entre cubanos, se ha debatido mucho sobre la existencia de un centrismo político, desde el cual algunos pretenden evitar ciertos sambenitos que el castrismo ha conseguido colgarle a todo aquel que no se declare seguidor disciplinado suyo. Pero, ¿y no será más productivo y más acorde con la verdad debatir sobre el derechismo? O sea, ¿no será más realista que intentar colocarse en una posición defensiva aparte, “éticamente” limpia de las acusaciones con que el castrismo fulmina a quienes “no están con él”, el tratar de sacarlo de la colina en que se ha encastillado?

Para ello debemos comenzar por un claro deslinde.

Forma parte de la izquierda política todo aquel individuo, movimiento o partido, que defiende en primer término el que se amplíe la soberanía a toda la sociedad en cuestión; o sea, el que está porque el mayor número posible de individuos tengan el derecho y la capacidad real de decidir sobre los asuntos comunes. En segundo término, aquel que está porque todos los individuos disfruten de la más completa igualdad de oportunidades, de modo que solo las diferencias naturales influyan en el lugar del que cada uno logre hacerse en su sociedad.

La derecha, por contraposición, se caracteriza en primer lugar por su idea de que lo aconsejable es dejar la capacidad de decisión sobre los asuntos comunes en manos de una élite; en definitiva por limitar lo más posible la soberanía. Un principio suyo que, por cierto, rara vez expresa de manera explícita en la contemporaneidad. Y dado que la derecha defiende los privilegios en el momento actual, y es de humanos desear traspasar a los descendientes todo lo que al presente se disfruta, sobre todo los privilegios, es claro que tampoco está por la igualdad de oportunidades.

Es evidente que en Latinoamérica hay hoy fuerzas políticas que caen dentro de la definición de derecha arriba detallada. Las cuales mediante trucos legales, la manipulación mediática, y en última instancia la fuerza bruta, pretende conservar el histórico privilegio de las oligarquías en la toma de las decisiones. La brasileña quizás sea la más estereotípica derecha del subcontinente, lo que queda demostrado en los más recientes golpes de estado que ha protagonizado: parlamentario contra Dilma Rousseff, y legal contra Lula da Silva; o en sus devaneos descarados con los milicos y los fundamentalistas cristianos.

Pero al interior de Cuba también hay al menos una fuerza que puede ser identificada como de derecha: la castrista.

No obstante, por un fenómeno muy corriente en las relaciones entre corrientes políticas de países diferentes, esa derecha cubana ha tendido siempre a aliarse no con los sectores derechistas latinoamericanos, sino con los de la izquierda occidental.

No son algo nuevo estas extrañas alianzas transfronterizas. Recordemos que los mejores aliados de los rebeldes americanos en 1783 fueron nada menos que las retrógradas monarquías francesa y española, retrógradas si se las compara con la monarquía parlamentaria inglesa contra la que luchaban Washington y el Congreso Continental; que no pocos progresistas del Tercer Mundo prefirieron no pronunciarse contra la Alemania Hitleriana (Gandhi), que otros llegaron hasta expresar su pésame por la muerte de Hitler (Éamon de Valera), o que el movimiento bolchevique no encontraría en 1917 un mejor aliado que el Káiser Guillermo.

Tiene esto que ver con dos razones diferentes, que convergen en definitiva: En el caso de las derechas, las ideologías asumidas, exclusivistas por esencia propia, no tienen un carácter universalista, sino que representan los más bastos intereses de una élite, las cuales por lo tanto se aliarán a quién sea para protegerlos. En el de las izquierdas, aunque sus objetivos si son universalistas, sin embargo el hecho de que proponen algo nuevo, desacostumbrado, y por lo tanto bajo ataque del mayoritario pensamiento tradicionalista que predomina en toda sociedad, se verán obligadas a asumir sin muchos remilgos los aliados que puedan surgirle de más allá de sus fronteras.

En el caso de la derecha el que en lugar de principios haya intereses dota a esta de una gran flexibilidad en la conformación de sus alianzas; en el de la izquierda es la necesidad de quien es acosado desde todas partes quien obliga a no andarse con miramientos.

No se puede, por lo tanto, definir para qué mano tira en Cuba un individuo, un movimiento, o un partido, solo al tener en cuenta sus aliados más allá de las fronteras cubanas. No tiene ningún fundamento histórico pensar desde la Argentina, México o Chile, que en Cuba gobierna una izquierda solo porque esta se mantiene más próxima a la izquierda nacional que a la derecha. Solo se puede llegar a tal definición mediante el análisis de la actitud que ante la soberanía y la igualdad mantiene el individuo, movimiento o partido en cuestión.

En este sentido un análisis somero muestra lo correcto de clasificar al castrismo como una derecha: Los integrantes del gobierno actual, el cuadro administrativo y quienes proveen de justificaciones ideológicas al régimen castrista, periodistas e intelectuales “orgánicos”, forman una apretada élite política, social y hasta económica, que defiende con uñas y dientes sus privilegios. El principal el monopolio absoluto sobre la soberanía, el cual se mantiene gracias a un sistema político-electoral que reduce a cero la capacidad real de las grandes mayorías para decidir sobre los asuntos comunes.

Un sistema político-electoral ambiguo, en que por un lado se establece la soberanía popular en los artículos 3 y 131 de la Constitución, y por otro, como en el 5, que existe una vanguardia, una élite, que es la fuerza dirigente superior de la sociedad. En que el artículo 69 reconoce que la Asamblea Nacional es el órgano supremo del poder del estado, y a su vez el 93 le cede al Presidente del Consejo de Estado poderes de Monarca. En el que la Ley Electoral establece una de las formas más democráticas para nominar y elegir a unos concejales de barrio dotados de escaso poder real al interior del centralizado y piramidal estado cubano, al tiempo que a los diputados de la Asamblea Nacional se los nomina y elige mediante una mascarada.

En el que en fin, hay libertad de queja ante las autoridades, al menos según el artículo 63 de la Ley de Leyes, pero también una hipertrofiada policía política que analiza los motivos ocultos tras cada queja, y que al haber establecido relaciones demasiado próximas, de intercambio de favores, con las autoridades cuestionadas, tiende a protegerlas de las demandas con celo digno de mejor causa, hasta convertir cualquier inocente reclamo en un delito de “colaboración con el enemigo”.

Es de agregar que el núcleo duro del castrismo, llevado contra las cuerdas, y sobre todo en esos discursos más persuasivos que solo se dirigen al interior del país, no tiene escrúpulos en reconocer que en la realidad política limita la soberanía del pueblo cubano. En el discurso habitual de los más sinceros derechistas, que conformarían el bloque de extrema derecha, y el verdadero poder, se reconoce que se controla por quienes saben qué es lo mejor para todos (ellos), porque las mayorías no lo saben, ni nunca lo sabrán. Porque dejado Liborio a su libre albedrío lo primero que haría será el desembarazarse de ellos, los que saben (una pérdida concreta, una contrariedad real a sus intereses, que no puede más que molestar y preocupar), para entregar, atada de pies y manos, la Nación al Imperio (la racionalización, la justificación intelectual de por qué molesta y preocupa ese intento de limitar el privilegio del que se disfruta).

Por otra parte el castrismo, heredero de Rousseau más que de Marx, nunca ha estado por la verdadera igualdad. El castrismo presupone la necesidad de la existencia de una autoridad supra-social, cuya función sea la de recortar las anormalidades-fluctuaciones naturales que constantemente surgen en el cuerpo de todo sistema igualitario, y así ponen en peligro la igualdad impuesta desde arriba.

Es por lo tanto uno de los sistemas sociales más inequitativos, aquel que divide a la sociedad de manera radical entre igualadores e igualados, entre vanguardia y seguidores, entre dominantes y dominados. Un sistema que al no establecer saludables normas como las dictadas por la Iglesia Católica, en 1059 y por inspiración del futuro Gregorio VII, para impedir la reproducción sexual del clero “conductor del rebaño”, rápidamente evoluciona hacia un sistema estamentario en que los derechos de igualador se heredan de padres a hijos (el castrismo quizás habría estado bien, pero solo si los castristas antes hubiesen admitido castrarse).

La consecuencia es clara hoy: para casi cada destino clave, o de estatus social elevado, como los relacionados con la oficialidad del ejército, la membresía oficial en la todopoderosa Seguridad del Estado (chivato con carnet, sin embargo, es todavía accesible a cualquiera), el cuerpo diplomático, o para conseguir trabajar en un sinfín de empresas e instituciones estratégicas, es un requisito cada vez más decisivo tener antecedentes familiares de incondicionalidad revolucionaria.

El problema no es si en Cuba hay o no, al presente, un centro político, el cual supuestamente cuenta con absoluta independencia del afuera. Algo por demás imposible, aun en los EEUU, donde los intereses extranjeros manipulan mediante muchísimo dinero la política de la potencia mundial hegemónica, a través de cabilderos y hasta de tanques pensantes —muchos de ellos comprados por dinero saudí. Una independencia con cuya demostración los supuestos centristas pretenden librarse de los sambenitos que el castrismo ha conseguido lanzar sobre todos los que lo enfrentamos de manera abierta. El problema de raíz, el que debe ser atacado, es que en Cuba tenemos una derecha camaleónica, que suele dárselas de izquierda.

Una derecha incapaz de ceder, que se opone y se opondrá siempre, no importa las carantoñas que le hagamos, a lo que todos los demás queremos para Cuba.

Una derecha que histórica e histriónicamente ha sabido enlazar sus intereses a los de las izquierdas occidentales, y que ahora intenta hacer una jugada maestra: Pretende, sin romper esos lazos, acercarse también a las derechas.

Se impone cerrar filas ante esa derecha, no desgastarnos en discusiones bizantinas que lo que hacen es llevarnos al terreno teórico preparado de antemano por ella, admitiendo falsos, equívocos supuestos, que ella misma ha sabido imponernos.

Porque el asunto no es jugar según sus términos y categorías, sino según los nuestros.


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