Actualizado: 03/07/2020 15:57
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Disidencia, Oposición, Derecha

La derecha, la unidad y Donald Trump

Donald Trump, un derechista de conveniencia, solo se aprovecha de la derecha cubana con fines electorales

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Hay un sector de la oposición, que llamaré de derechas, que crítica a centro y siniestro, pero que cuando se le replica entonces saca a colación la necesidad de la necesaria unidad opositora. A la cual, con esas “injustificables” críticas que se les dirigen, a ellos, campeones defensores suyos, se la pone en grave peligro, ahora que el régimen pasa por el peor momento de su historia.

El asunto está en que ese sector de la oposición no promueve, ni le interesa realmente, la verdadera unidad de todo el amplio arcoíris opositor. Este sector de la oposición cree haber encontrado la solución al asunto cubano, y por tanto sus llamados a la unidad solo significan: Miren, nosotros vamos a resolver esto solos, ustedes, que no tienen nada concreto entre manos, si no quieren que los acusemos de comunistas y agentes del G2, mejor se callan y se están quietos.

O sea, la derecha parte de haber encontrado la solución definitiva, y por tanto lo que promueve no es la unidad, sino el silenciamiento o la descalificación de todo otro sector o personalidad opositora que no los acepte como la nueva vanguardia del pueblo cubano, que lo guía hacia el “porvenir luminoso” de la particular, y particularista, interpretación de la democracia liberal que esta nueva derecha profesa.

El asunto está en que la solución no parece ser seguida de modo muy consecuente, ni ir por tanto en verdad a ninguna parte.

La tal derecha (que no es toda la derecha, si nos fijamos), lo que hace es aportarle a que los Estados Unidos de Donald Trump les saque las castañas democráticas del fuego castrista. A que ante un país en que los individuos han perdido por entero la confianza en la colectividad nacional, y por eso creen que este no funcionará nunca, gobierne quien gobierne, la única solución solo puede venir de una intervención americana. Por eso, por ejemplo, cada vez asume más y más una posición de desestimación del papel de la oposición interna, que en su entender traga recursos y recursos, sin posibilidad de alcanzar a mostrar un resultado práctico.

Lo que sucede es que esa derecha, que no ha leído aquel ensayo de Vaclav Havel, El poder de los sin poder, no acaba de aceptar que Donald Trump es más agua que fab (detergente). Que tras el guapetón solo hay un actor mercachifle, asustado al de repente verse presidente de la nación que hasta su elección detentaba la hegemonía global. Que Trump es solo un aislacionista más, y que bajo semejantes políticos americanos poco puede esperarse del exterior de los EEUU.

Un presidente que por demás ha permitido sin represalias que Irán le bombardee sus bases militares en Iraq; que ha dado por hecha la anexión de Crimea a Rusia, de la que nunca más se ha protestado en la Casa Blanca desde su arribo a ella, que ha dejado que Moscú incluya a Siria en su área de influencia, o Beijing se apropie a la fuerza del Mar de China Meridional. El único presidente americano, con la excepción de Carter, que habría permitido que los petroleros de una potencia de tercera vinieran a limpiarse con la Doctrina Monroe, a la que por tanto es el primer dirigente americano en renunciar en 200 años.

En política exterior Donald Trump es un aislacionista. Se sostiene sobre unas bases electorales las cuales lo que desean es que los EEUU se replieguen sobre sí mismos, que renuncien a su papel de promotor del progreso y los valores de la democracia a nivel global, para que los ingentes recursos y energías que gasta hacia lo exterior puedan ser reinvertidas en el interior. En lo personal es un mal comediante de televisión, y nada se puede esperar de él más que teatralidad, tuits y disparates para demostrar su conveniente distanciamiento de lo políticamente correcto. Es un oportunista que ha descubierto un nicho de insatisfacción en parte del electorado, y por conveniencia politiquera, no por convicción política, ha decidido explotarlo.

Donald Trump, un derechista de conveniencias, solo se aprovecha de la derecha cubana con fines electorales. Pero por sobre todo para aprovechar el poder político acumulado por los cubanos en las distintas instituciones democráticas americanas. No comparte con esa derecha verdaderos fines o cercanías ideológicas, y por eso no le entrega nada realmente concreto.

El ejemplo de la oposición venezolana, que hace ya mucho le apostó a una intervención que no acaba de llegar, ni llegará con este tigre de papel, debería haber servido de advertencia a la derecha cubana. Pero nadie escarmienta por cabeza ajena.

Dos medidas se deberían exigir a Donald Trump, si es que la derecha quiere de verdad que sus planes funcionen: sacar a la embajada de Cuba; restituir la normativa de pies secos/pies mojados (los cubanos que consigan llegar a la superficie terrestre de los EEUU serán tratados de inmediato como refugiados políticos que huyen de la dictadura cubana, y por tanto no serán devueltos).

Desengañémonos. Lo que una vez fue el pueblo cubano es hoy un amorfo agregado de individuos desconfiados unos de otros, totalmente escépticos ante las posibilidades de que un esfuerzo común rinda algún resultado positivo para ellos. Las posibilidades de que eso se tire para la calle, a derribar al régimen, son en realidad muy pocas. Pero sin embargo las de que se tire para las costas, a intentar escapar de este país que consideran maldecido, ya son mil veces mayores.

Y obsérvese que para llegar a la costa hay primero que pasar por la calle…

Recordemos que si los habaneros se tiraron para la calle en agosto en 1994 no fue directamente por la espantosa situación en que vivían, sino por la imposibilidad de coger un barco y largarse de Cuba, después de haber pasado casi un mes acariciando esa salida a este infierno sin solución.

Por tanto, si se quiere que los individuos cubanos se tiren para la calle nada más apropiado que reestablecer la norma de pies secos/pies mojados. Nada más apropiado que ilusionarlos con escapar de esta Isla osorbo. Esto obligaría al régimen a reprimir, para evitar que los EEUU cumplieran su amenaza de que ante cualquier nuevo éxodo migratorio se verían obligados a intervenir militarmente en Cuba. La situación entonces, sin un líder carismático al frente del país, con unos nuevos dirigentes sin legitimidad para emprender reformas un tanto más profundas, no podría más que descomponerse primero poco a poco, y después exponencialmente. Hasta que Cuba terminara en una situación de completa ingobernabilidad, que tarde o temprano obligaría a esa intervención.

Consecuentemente, si se quiere derribar al régimen de la manera en que la derecha propone, hay que empezar por exigirle a Trump que se lleve la embajada de la Habana, y restituya pies secos/pies mojados. Mientras no se logre esa concesión presidencial, todo lo que haga la derecha mencionada carecerá de resultados prácticos.

Pero es muy poco probable que Trump, en lo que le queda en la Casa Blanca, vaya a arriesgarse a que le suceda como a Carter, y retire la embajada, o mucho menos restituya pies secos/pies mojados. Por lo que lo siento, no me parece que aceptar el concepto de unidad de la derecha sea el camino correcto.


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