Actualizado: 19/10/2018 10:27
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La embajada que sigue «en bajada»

Acerca de políticas recientes, los más afectados se abstienen de opinar y los menos, comentan

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Ciudad de La Habana, mayo del 2017

No ha sido “cuestión de orden”, ni revisión a fondo del protocolo diplomático, que se han tomado exageradas medidas unilaterales, por parte de la administración de paso en la Casa Blanca, para el relativo cierre de su oficina en La Habana.

Digo “de paso”, porque de tal largura o brevedad dependerá la prevalencia o el irrespeto de la democracia más rudimentaria e imperfecta del planeta por el otro, no obstante, instituida y avalada con más de dos siglos de experiencias sobre el republicanismo.

Ha sido consecuencia, ahora, del “estudiado” consenso sobre los “sostenidos” ataques sónicos que afectaron a funcionarios norteamericanos, a canadienses y descendientes, tanto como quizá —un día se sabrá— los propios (y foráneos) bombarderos “de este lado” del mal, fuesen obra de místicos homúnculos o entes entrenados y contables.

Pues la cosa parece extenderse ahora hasta La China medieval/desarrollada. Y luego lo hará en la mismísima reconchinchina.

Lo cierto es que no hay servicios de embajada, tampoco existe claridad hacia donde se redireccionará la tramitación de la papelería que suele acogotar al urgido de marcharse, ni que nuevo escenario será el escogido para futuros intercambios, cerrados ya casi todos los abiertos.

Lo peor no es que haya que pasarse un mes y desgastarse hasta el último centavo en la Guyana Británica, en pos de un visado que pudo obtenerse diligentemente aquí antes que en Méjico o Colombia, ni tampoco el riesgo criminal de exponerse a una ciudad caótica como lo es Georgetown, donde siquiera existen señales de tránsito y los animales y las alimañas pululan, o los asaltos cotidianos son como en Cuba: a punta de cuchillo.

Lo peor es que se anuncia —por fin— el fin de las aclamadas 20 mil visas para inmigrantes que fueron cuota fija con qué amainar la nave caribeña durante demasiado (mal) tiempo.

Los expedientes individuales y familiares en trámite (algunos previamente aprobados y listos para el visado) que quedaron dentro del recinto tras la implosión —es decir; los citados entre el 9 de setiembre y el 31 de octubre del pasado año—, continúan en un limbo fiero, y sus propietarios varados en la Isla sin poder darles conclusión dentro ni fuera, porque no se trasladaron a parte alguna.

Todos con la documentación vencida, los dineros dilapidados, y sin trazas de solución.

Observan sus propietarios cómo los que venían detrás en la cola de los meses salvaron su hora de calvario por no concordarles en “tierra de nadie”.

Las constantes —incontestadas a veces— llamadas telefónicas al personal que debe informar desde el edificio, más las visitas abruptas de algunos que ya desecharon reglas de urbanidad, han ido en aumento en estos meses de desespero cuando no divisan ni la más remota claridad para sus impases.

Algo les remite a la película La Terminal —un Tom Hanks atrapado en la burbuja transitoria que fue coincidir con el fin de URSS, sin status constituyente al momento del ingreso aéreo—, pero con la salvedad de que a nuestros desdichados compatriotas les auxilia lo que ellos consideran ser “puras desgracias pasajeras”.

Y precisamente por existir esa mínima hendedura es que se muestran apocados frente a la pregunta que les he lanzado, sobre qué opinan de esta decisión del actuante gobierno norteamericano de reducir —drástica e indefinidamente— su personal en la oficina de Calzada y L, cuyo cierre definitivo se pueda, además, estar considerando.

Dionisio Rodrigo Vélez, jefe de núcleo de cuatro, que ya ha perdido más de dos mil dólares por el conjunto de exigencias burocráticas que deberá repetir, tenía cita consular justamente para el día siguiente en que Irma cerró puertas y resquebrajó ventanas en los edificios bien clavados del Vedado habanero.

Sin embargo, el acriticismo de Dionisio, que se muere de miedo “si los yanquis —que cree le darán el añorado asilo a su disidente familia finalmente— ven el vídeo donde se queje de su mala suerte y creciente decepción”, no asume más que la actitud estereotipada del cubano medio que prefiere callar males (propios y ajenos) a volverse objeto de escrutinio y suspicacias.

Cuando comento a Dionisio sobre la necesidad de soberanía y toma de consciencia que deberían asumir los civiles (en cualquier parte) frente a las ambidextras prerrogativas que los estados militarizados se abroguen con el fin de dañarlos, me ha mirado circunspecto y luego se ha escabullido entre pares recelosos.

Hortensia Carrasco, otra que no consiguió el permiso de “fianceé” para visitar a su pretendiente en Oklahoma —al que conoció durante el rodaje de Rápidos y Furiosos-8—, dice que “ya apelaron a los representantes notariales”, y nada: “no hay respuesta”, mientras persevera lela en su “trabazón”.

No obstante, varios jóvenes hieráticos/presentes en las afueras del recinto —súper-vigilado siempre, pero especialmente en estas épocas de acezantes fogoneos y fisgoneos bilaterales—, mas algún académico trasnochado junto a “patriotas que iban vertiendo cierto coraje”, han preferido expresarse sobre las secuelas del viejo enfrentamiento que no consigue matarles el raciocino. Porque consienten en que ‘la batalla es de mono platanero a león tusao.

A menos que “algunos de los que administran pueblos” y amañan estrategias para la reunificación y/o salida temporal de sus gobernados —a la postre divisores idénticos de familia y creadores de la mayor incertidumbre—, “dejen de estar”, y punto.

Lo mismo Trump, que los Castro-Canel. Porque estos últimos, hipócritas consuetudinarios, botaron a nacionales antes y ahora restringen la salida a algunos.

Esa es también la gran enseñanza del combate global prodemocracia que nos falta: el terrorismo que sea —bi o unipolar— puede y debe ser derrotado sin renunciar a los principios decentes y éticos que nos diferenciarán siempre de él.

Porque se aprecia en esta nueva “trumpada” otro matiz para el “revival” de la guerra frígida, que puede colmarle al rubión su renqueante cuatrienio: la sabrosura del “te quiero pero te odio, y te amo, y te odio, luego te amo” que se disputan bisturí en mano los politólogos.

¿Qué persigue la administración yanqui sellando salidas a la (im)potente (e)migración histórica hacia aquel país?

¿Qué tipo de acuerdo(s) intentaría el (des)gobierno cubano obtener si se acaban los cupos para arribos estables?

Y, por último;

¿Qué espera concretamente el pueblo cubano (loco por volarse ambas administraciones, igual de contentas con la infausta guerrita —su combustible idóneo—) cuando se despabilen las mutuas propagandas?

Respuestas que intuyo serán muy descafeinadas.


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